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La Cuaresma

Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles hemos comenzado la Cuaresma. La Iglesia nos invita a recorrer durante cuarenta días un camino que nos prepare a la celebración gozosa de la Pascua de la Resurrección del Señor. La Palabra de Dios nos invita y exhorta en este tiempo a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida convertida, reconciliada y renovada. Este tiempo santo nos ofrece a todos los bautizados la oportunidad de renovar nuestra fe, de avivar la vida nueva del bautismo y de acrecentar nuestro amor a Dios y a los hermanos. La Cuaresma es un tiempo ‘fuerte’, un momento decisivo que puede favorecer en cada uno de nosotros el cambio, la conversión.

En la imposición de la ceniza y a lo largo de este tiempo de gracia, escuchamos una fuerte llamada de Jesús mismo a la conversión. “Convertíos y creed en el Evangelio”, nos dice (Mc 1,15). La ceniza nos recuerda que somos mortales, frágiles y pecadores. El recuerdo de nuestra caducidad y la llamada a la conversión están íntimamente unidas: en esta vida breve hay que ir consumiendo el hombre viejo mediante la conversión a Dios, la fe en el Evangelio y las buenas obras para alcanzar la vida del hombre nuevo en la Pascua definitiva.

Todos los cristianos, nuestra Iglesia y nuestras comunidades necesitamos cambiar para mejor. Necesitamos convertirnos cada día a Dios para que Él ocupe el centro de nuestra vida y misión. No podemos contentarnos con una vida cristiana y eclesial mediocre. Estamos llamados a vivir unidos a Dios y a crecer en la amistad con el Señor.

Convertirse es volver la mirada y el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para convertirnos debemos escuchar la voz de Dios (Sal 94, 8), sobre todo, en la oración. Dios quiere ser nuestro guía hacia la tierra prometida. Él nos indica el camino para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra plenitud y nuestra salvación. Dios no deja de hablarnos y de salir a nuestro encuentro, de darnos el abrazo del perdón.

Para este tiempo cuaresmal, junto a la oración, el Señor nos propone el ayuno. Hemos de ayunar no sólo de alimentos materiales, sino también de todo aquello que bloquea o dificulta nuestra apertura a Dios y al hermano necesitado, o que favorece los vicios, las pasiones, las ataduras a las cosas y el egoísmo; en definitiva, de todo aquello que nos esclaviza y nos impide ser verdaderamente libres. Jesús nos propone además el ejercicio de la limosna, que se expresa en las obras de caridad hacia a los más necesitados.

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