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La fiesta de los 40 días

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

Con la imposición de la ceniza, el próximo miércoles, comenzamos un nuevo tiempo de Cuaresma. Como preparación para la Pascua, la Iglesia quiere despertarnos de nuestro aturdimiento, que nos sumerge en el materialismo y el egoísmo, y nos hace olvidar el amor a Dios y al prójimo, que es lo que de verdad importa. Para realizar este camino cuaresmal, la Iglesia nos propone tres medios que conocemos bien. El primero es la oración. En la Encíclica Spe Salvi, el Papa Benedicto XVI decía que la oración es el crisol en el que nuestras expectativas y aspiraciones son expuestas a la luz de la Palabra de Dios, se sumergen en el diálogo con Aquel que es la verdad y salen purificadas de mentiras ocultas y componendas con diversas formas de egoísmo (cfr. n. 33). La oración nos previene de muchos engaños. Solo quien reza puede caminar en la verdad.

La oración está muy vinculada a la limosna. Sin la oración, el yo se encierra en sí mismo, mientras que la oración garantiza nuestra apertura a los demás. Quien escucha a Dios se siente movido a escuchar a los demás, y a estar atento a sus necesidades. En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa León XIV nos invita a escuchar el grito de los pobres, del mismo modo que Dios escuchó el clamor de su pueblo, cuando estaba esclavo en Egipto (cfr. Ex 3,7). En cierta ocasión, Santa Teresa de Calcuta contó que se había emocionado al recibir en el hogar de moribundos de Kalighat, en la India, a un matrimonio que iba acompañado de su hija pequeña, de nueve años, que le llevaba un regalo. Se trataba de un tarro de cristal lleno de azúcar. Los padres explicaron que su hija, durante meses, había estado sin tomar azúcar, y lo había guardado para llevárselo a los pobres de la Madre Teresa. Aquella niña había entendido bien el significado de la limosna, que, como vemos, está relacionada con el ayuno.

Cuando le preguntaban a la Madre Teresa de Calcuta cuánto había que dar a los pobres, ella decía que había que dar “hasta que duela”, y “con una gran sonrisa”. Es decir, no basta con dar lo que nos sobra. Hay que estar dispuestos a privarse de algo que necesitamos. Como nos recuerda el Papa León XIV en su mensaje para la Cuaresma, el ayuno es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Hay que experimentar el hambre, para que se convierta en oración y en responsabilidad hacia el prójimo. El Papa nos advierte de un cierto tipo de ayuno que orgullece el corazón y que no es evangélico. Puede ser que practiquemos el ayuno para autoafirmarnos a nosotros mismos, exhibiendo nuestra capacidad de autodominio. En el ayuno, como en la oración y en la limosna, el yo no puede estar en el centro. El centro debe ocuparlo Dios y el prójimo.

El ayuno cuaresmal es mucho más que una cura de adelgazamiento, que puede estar centrada en el propio yo, y en alcanzar una buena figura. Hay que ayunar no para impresionar a la gente, sino sin que la gente lo note: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,16-18).

El amor puede hacer del ayuno una fiesta. Asumiendo el hambre y la miseria de este mundo, queremos despertarnos de la somnolencia que nos produce el hastío de bienes materiales. El Papa nos invita a una forma de abstinencia muy concreta: abstenerse de palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Nos dice en su Mensaje para la Cuaresma: “empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad”.

Entremos en el desierto cuaresmal con este propósito. Que la “Fiesta de los Cuarenta días” de este año sea la fiesta de la caridad fraterna. Sigamos el consejo de San Pablo: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,29-32).

A todos os deseo una feliz y santa Cuaresma. Recibid mi saludo y mi bendición.

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