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La gente mayor y los religiosos

El viernes, 2 de febrero, celebramos los cristianos una fiesta entrañable y popular, la Candelaria. Muchos recuerdan el reparto de candelas en las misas de nuestras parroquias y los sacerdotes explicaban el significado de la luz que proyectaban cuando se encendían. Vinculaban este signo a las velas de la corona de Adviento y, sobre todo, al cirio pascual cuya luz alumbraba a toda la asamblea participando en la noche de la Pascua: la referencia a Cristo, luz del mundo, era obligada y central para la vida cristiana. Iluminados por Cristo podíamos caminar con seguridad buscando cómo hacer el bien que Él nos marcaba y cómo evitar el mal que nos alertaba.

Es la fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el templo. Acompañado de María y José hacía pública ostentación de su consagración a la misión que le había encomendado su Padre. En el templo se encontró con dos ancianos, Simeón y Ana, que le reconocieron y agradecieron a Dios haber contemplado el rostro del Niño y haber culminado las expectativas de sus vidas.

Los miembros de la Vida Consagrada y los ancianos se alegran y conmemoran su fiesta anual porque los primeros se sienten identificados con el acto del Señor y los segundos quieren hacer suyas las palabras de los ancianos Ana y Simeón ante Jesús en la entrada del templo.

En nuestra diócesis contamos con comunidades y grupos de ambas realidades pastorales que pretender dar a conocer a toda la sociedad su vivencia coherente con los consejos evangélicos y a dar gracias por una vida llena de la presencia de Dios y que discurre con muchas alegrías y con algunas dificultades. El trabajo, la familia, el compromiso eclesial, las relaciones humanas, la participación ciudadana son motivos suficientes para agradecer el regalo de la existencia. Un regalo que, con las propias cualidades y limitaciones personales, se pone a disposición de todos para ayudar a construir una sociedad más justa y solidaria. Los católicos, movidos por la fe en el Señor, estamos urgidos a mejorar nuestro mundo y a ofrecer el mensaje de bondad y de paz que nace del evangelio. Compromiso social y oferta de salvación son las dos partes de una misma realidad en la que hemos nacido, crecido y participado con el resto de amigos y conocidos. Los indiferentes o quienes no profesan nuestra fe pueden o deben pedirnos siempre un testimonio coherente y, al mismo tiempo, mostrar respeto y alegría por compartir con nosotros la solución a los problemas que plantea a diario la sociedad en todos los órdenes, el educativo, el sanitario el deportivo o el cultural.

Con ese talante suelen actuar los miembros de las comunidades de religiosos diseminados por toda la geografía diocesana. También los grupos de Vida Creixent, movimiento apostólico de la Iglesia católica que, tras una larga vida, mantienen la fe y trabajan por transmitirla a su familia. Es de justicia que celebren su fiesta y que todos reconozcamos su contribución a la convivencia y a la cercanía de los distintos grupos sociales. Son portadores de experiencia, de sabiduría y de relación comunitaria que beneficia al conjunto de la sociedad. Manifiestan “algo” distintivo suyo que mueve su vida llenándola de sentido y también de entusiasmo: es la fe en Jesucristo que algunos han concretado en su marcha a misiones, otros a la educación o a la atención a los más desposeídos o marginados, otros con sus muchos años a depositar en el corazón de hijos y nietos el amor de Dios que han recibido desde la infancia.

Unos y otros han ayudado a la elaboración del actual Plan Pastoral (2020-2024) con el desarrollo de unas actitudes personales que convenía cultivar como la contemplación y la escucha, la fidelidad a los compromisos, la humildad y la sencillez en el hablar y en el escuchar, estilo de vida comunitario y participativo, aplicar siempre el servicio, la disponibilidad y ser responsable.

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