El papa Francisco ha repetido muchas veces que estamos viviendo en una tercera guerra mundial por etapas y entregas. Es más, repite una y otra vez que estamos asistiendo a una tierra en llamas. Los que más sufren son los mas vulnerables, los más pobres, los que viven en todas las intemperies y periferias. Nuestro mundo sufre mucho. Cuanto más se aleja de Dios, más abocados nos encontramos a todo tipo de conflictos y tensiones nacionales internacionales. Sigue siendo actual la intuición de Lubac, está claro que se puede construir un mundo sin Dios y a la experiencia me remito. Lo que también está comprobado es que es muy peligroso porque sabemos cómo empezamos, pero no sabemos cómo podemos terminar.
Tres son los mensajes que en estos días navideños me gustaría hacer llegar a todos, especialmente a las familias, donde se juegan a veces grandes batallas y a las que quiero expresar mi afecto y bendición.
- Familia que reza unida permanece unida construyendo la paz. Necesitamos de saber que es en nuestro interior, en nuestro corazón, donde se inicia la paz y se vencen con la ayuda del Señor nuestras guerras mundiales. Es necesaria la union de cada corazón humano con Cristo, si queremos que la paz sea una realidad concreta en nuestra vida. Quien tiene paz, pacifica, y quien esta en guerra interior, crea más conflictos que le sobrepasan.
- Es en la familia donde se nos quiere, no por lo que tenemos, sino por lo que somos. Esta es la clave de toda paz duradera. Sin una familia acogedora, en la que se dé la escucha y se viva en la ternura del Corazón de Cristo, no es posible la paz. La paz con pactos e intercambios de egoísmos tiene los días contados. En la familia cristiana, al describir las maravillas de los que Dios ha puesto en nuestro camino, estrenamos el gozo y la alegría de compartir y nos abrimos a la paz, porque nos ponemos siempre en el lugar del otro.
- No habrá paz en la familia humana sin dialogo. Ante las guerras de Oriente Medio, Tierra Santa, Ucrania, Sudán… nos sentimos derrotados, incapaces de dar respuesta porque asistimos a guerras que nos desbordan. Rezamos pidiendo la paz que no llega. Preguntamos a los amigos, familiares, hermanos todos, qué es lo que ocurre para que se eternicen las guerras y se cobren tantas víctimas, de manera que ya asistimos a las noticias y casi nos dejan indiferentes. No se nos atraganta la comida ante el drama de las guerras y la constatación de que la paz cada vez la encontramos más lejos de la humanidad de las familias, de los niños, de las personas vulnerables.
Necesitamos recuperar la esperanza. Con la paz no se pierde nada, con la guerra perdemos todo y nos perdemos todos. Con el papa Francisco queremos no quedarnos callados, porque «cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común, empezando por esas acciones que, aunque sólo sea indirectamente, alimentan los conflictos que están azotando la humanidad» (Mensaje para la Jornada de la Paz 2025). Con él recordamos que si quieres la paz, defiende la vida. Además, en este año santo, el Santo Padre nos ha recordado que «el evento jubilar nos invita a emprender diversos cambios, para afrontar la actual condición de injusticia y desigualdad».
Con Santa Maria, Reina de la paz, Madre de las familias, animo y pido a todos en esta etapa sinodal que ya hemos comenzado en nuestra archidiócesis de Toledo que la oración y el grito por la paz no se vayan nunca de nuestras intenciones y celebraciones. También porque nos jugamos mucho, que la familia sea también el principal objetivo en nuestro sínodo diocesano, porque sin la evangelización de la familia y sin que la familia sea en evangelizadora, probablemente no tengamos ni catequesis de niños, ni adolescentes, ni jovenes, ni adultos, ni abuelos… Es la pastoral del presente para vivir con esperanza el futuro desde el Amor de Dios.







