Ayer por la mañana, mientras estábamos todos pendientes de la chimenea de la Capilla Sixtina, pude hablar unos minutos por teléfono con Fernando Redondo, el delegado de migraciones de la Conferencia Episcopal Española. Él también estaba pendiente de la chimenea vaticana, pero, a diferencia de mí, lo hacía con muchas dificultades porque no estaba delante del ordenador en su oficina, como yo, sino en Senegal, sin cobertura y muy mala señal de internet.
Su voz se entrecortaba y no conseguí entender ninguna frase completa de lo que me decía, porque la señal iba y venía. Y además tenía prisa porque en ese momento empezaba una de las reuniones del Encuentro del Proyecto de Hospitalidad Atlántica, motivo de su viaje al país africano.
Hasta ayer yo no había oído hablar de este proyecto, en el que están implicadas 26 diócesis, entre ellas varias diócesis españolas, y otras de distintos países de África, Cáritas, Manos Unidas e incluso el Vaticano a través del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano integral. Consiste en una red de todas las instituciones eclesiales presentes en los países por los que pasa la llamada ruta atlántica, una de las más utilizadas por los migrantes que quieren llegar a Europa desde el África subsahariana, y también de las más peligrosas. Elaboran guías informativas para que los que quieren emprender el camino sepan a lo que se enfrentan y qué se van a encontrar en su destino, si es que consiguen alcanzarlo; facilitan espacios de acogida seguros durante el tránsito y apoyan y promueven proyectos locales de desarrollo para evitar que los que no tienen nada tengan que abandonar su tierra.
Mientras escribía sobre ello, me hacía gracia pensar en todo lo que se ha dicho estos días de sede vacante sobre las diferentes corrientes dentro de la Iglesia, que si había un bloque de cardenales progresista y otro conservador… y es que ¡qué lejos está la Iglesia de cualquier lógica ideológica o política! Diversa porque humana -¡cuanta humanidad mostró en el balcón el papa León XIV!-, es una. Porque tanto las reuniones del colegio cardenalicio para elegir al sucesor de Pedro, como el encuentro que se está celebrando en Senegal, con mucho menos eco, para evitar la muerte de miles y miles de inmigrantes, son Iglesia que, como dijo ayer el Papa en sus primeras palabras, «busca siempre trabajar sin miedo para proclamar el Evangelio». Es decir, a gritar al mundo que «el mal no prevalecerá».





