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La Jornada Mundial del Enfermo

Queridos hermanos:

Este domingo día 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, celebraremos la Jornada Mundial del Enfermo cuya campaña, este año, tiene por lema «Dar esperanza en la tristeza». Con estas palabras centra la atención en la conexión directa que se establece entre la salud, la tristeza y la esperanza, tres niveles de experimentar la enfermedad por parte de la persona humana.

Por experiencia sabemos que tendemos a un estado de ánimo bajo, decaído, cuando sentimos dolor y sufrimiento físico. Igual que “somatizamos” las emociones con manifestaciones corporales, también nos afecta emocionalmente el estado de nuestro cuerpo. Pero además de cuerpo y mente, el ser humano es alma, espíritu. No somos seres desalmados sino espíritus encarnados, nuestro cuerpo está animado. Y en nuestro espíritu, muchas veces el dolor y la angustia provocan desesperanza. La desesperanza es el sufrimiento del alma, así como la tristeza es la pena psíquica. Un médico nos aliviará el dolor corporal y un psicólogo nos podrá ayudar a gestionar el dolor psíquico, pero infundir esperanza requiere otro tipo de medicina.

A la enfermedad se suma la dificultad para encajarla, para asumirla, porque experimentar nuestra limitación, nuestra debilidad y caducidad nos angustia, nos entristece, nos deprime, pero también nos quita las ganas de vivir, hace que se tambaleen nuestras certezas, nuestras convicciones más profundas.

Tarde o temprano nos visitan el dolor y la enfermedad, en carne propia o en familiares y amigos que sufren en su cuerpo y en su alma. No está en nuestras manos evitarlo ni para nosotros mismos ni para los demás. Sabemos lo difícil que resulta pronunciar una palabra de aliento y esperanza ante quien se siente solo y deprimido.

La esperanza, como la fe, se transmite más por contagio, por simpatía. La cercanía, la presencia, el acompañamiento, una caricia, una palabra cálida… y se produce el milagro.

¡Cuánto vale la sonrisa de un enfermo postrado en el lecho del dolor! ¡Qué milagro que en medio del sufrimiento nos regale un gesto amable! No es bienestar ni alegría lo que transmite. Es el alma lo que transparenta la cara cuando regala al visitante, al familiar, al médico… una sonrisa. Esa sonrisa encierra un “gracias”, un “estoy fuerte”, “mi alma está sana”.

Hay un relato corto que siempre me ha llamado la atención porque revela el modo de actuar de Dios en Jesús con nosotros y nos deja un ejemplo para hacer lo mismo los unos con los otros.

«En el reino de los cielos, dice el Señor, pasa como ocurrió un día que un niño se hizo daño. Acudió su madre, trató de explicarle algo para consolarlo, pero el niño no hizo caso y, sin escucharla si quiera, continuó llorando amargamente. Las explicaciones de la afligida mamá de nada le servían. Pero continuó a su vera y aunque el niño lloró con más intensidad no se apartó de su lado. Por fin no pudo resistir más su incapacidad para ayudarlo y ella también se puso a llorar. El niño poco a poco se fue calmando, miró a su mamá primero extrañado, luego preocupado, le tendió su manita y hasta sonrió, pues había olvidado su dolor. Pronto madre e hijo se abrazaron felices.

En mi reino, dice el Señor, a menudo no puedo dar explicaciones, a mí no me entienden, y por eso, en los absurdos accidentes, en las crueles enfermedades, en los trágicos asesinatos, en cualquier dolor y muerte, yo el Señor, lloro con los que son víctimas del mal, sufro pasión en silencio, soy crucificado y muero yo también, hasta que llegue el consuelo y se abran los ojos internos del espíritu y se vea en la eternidad todo el amor y el bien que les rodean.

¿Van a perder la fe mis hermanos pequeños porque ahora no entiendan mis explicaciones» (P. J. Ynaraja, Nuevas parábolas, Salamanca 199).

El Mensaje del Papa para esta XXXII Jornada Mundial del Enfermo lleva por título: «No conviene que el hombre esté solo». Cuidar al enfermo cuidando las relaciones. Al leerlo, pensaba cómo los hospitales proveen para que haya siempre un acompañante y facilitan las visitas a pesar de que puedan obstaculizar a la labor médica, porque saben que es importante para la cura, que el enfermo no se encuentre solo sino en un ambiente familiar.

Quisiera concluir con un “gracias” de corazón a todos os sanitarios de nuestros hospitales y centros de salud por la labor humana que realizan. Y también recordemos hoy a la Delegación de Pastoral de la Salud de nuestra diócesis, a los voluntarios y familiares que acompañan a los enfermos en los hospitales o en las casas, a la Hospitalidad de Lourdes… Para todos ellos el mensaje de este día es: Siempre se puede cuidar a las personas aunque no se puedan curar las enfermedades.

Con mi bendición,

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