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La luz que verdaderamente ilumina

Queridos hermanos:

Estos días la noticia es el encendido de luces en nuestras ciudades y pueblos. Así se preparan para celebrar la Navidad. El día 22 de noviembre en Madrid a las 19:30 se encendieron más de 13 millones de luces led en 240 puntos de la ciudad que permanecerán encendidas hasta el día 6 de enero. En Cáceres ha sido este viernes día 28 de noviembre a las 19:30 cuando se han encendido más de un millón de luces led, un árbol de 20 metros y elementos 3d por toda la ciudad, que permanecerán hasta el día 7 de enero. En Coria, este próximo 1 de diciembre comienza la campaña de Navidad con más de 250.000 luces que permanecerán encendidas igualmente hasta el 7 de enero de 2026.

También en las iglesias comenzamos el Adviento encendiendo luces con la corona de adviento, compuesta por cuatro velas que marcan el camino hacia la Navidad.

Ciertamente la luz es un elemento muy importante en estas fiestas. Desde antiguo, los profetas anunciaron el nacimiento del Mesías como una luz en la oscuridad de este mundo y de su historia. Los Magos de Oriente siguieron la luz de una estrella en el horizonte que los condujo al pesebre donde encontraron al Hijo de Dios.

Para ver las estrellas tiene que ser de noche. De día no se ven. Por eso los magos tenían que viajar por la noche y dormir de día. De día, la luz del sol es tan fuerte que no deja ver las estrellas. Su luz lo invado todo por igual, y si miramos al sol, nos deslumbra. Además, el sol, como la luna, es móvil, se mueve, cambia de posición y nos confunde. En cambio, la luz de las estrellas, más allá del sol, viene de lo alto, que se ve mejor en la noche oscura, y marca el camino seguro para el navegante.

Efectivamente, hay luces que ciegan y engañan, que no dejan ver la realidad tal como es, que obnubilan nuestras mentes. Como cuando uno está viendo la televisión, mirando fijamente la tablet o el teléfono, y, enfrascado en la realidad virtual, no atiende a lo que tiene alrededor. Está absorto, distraído, ensimismado por la luz fascinante de la pantalla. Es una luz que acapara la atención, que atrapa, pero no ilumina el camino a seguir. Ya puede estar ardiendo el mundo que uno no quita la vista de esa luz que requiere atención total.

Algo similar pasa cuando estamos pendientes de todos nuestros deseos, deslumbrados por las luces de este mundo. No vemos la luz de las estrellas, la luz de Dios que brilla más allá, en la oscuridad de la noche y, de este modo, vivimos cegados sin percatarnos: pensamos solo en nosotros mismos sin tener en cuenta la realidad que nos rodea. No vemos a los otros, aunque estén a nuestro lado. No vemos el mal y el sufrimiento que hay a nuestro alrededor cuando estamos pendientes del bienestar, la comodidad, los caprichos. Solo cuando levantamos la cabeza de esas luces cegadores, cuando nos pasa algo que nos saca de nuestro confort, cuando necesitamos de los demás, nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor. Si tenemos que ir al hospital, vemos cuántas personas sufren enfermedades; solo si visitamos una residencia de mayores, comprobamos la cantidad de gente que da cariño y pide compañía; solo si visitamos la cárcel, nos percatamos de lo importante que es la libertad… Tendríamos que quedar ciegos, aunque sea por un instante, para poder descubrir la importancia de esa luz que ilumina y no deslumbra.

La luz de la Navidad es Jesús niño recostado en un pesebre, desnudo, entre pajas. A su resplandor se nos abren los ojos para ver las necesidades de los demás, para no pasar indiferentes ante las injusticias y para no pensar solo en nosotros mismos. El ángel dijo a los pastores: “Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Si hubiera nacido en su casa rodeado de toda comodidad, no lo hubieran anunciado. El ángel dice a los pastores que ese niño los necesita, que le lleven lo que puedan para ayudarle porque tiene frío, hambre, y está indefenso. Les señala el camino a donde dirigirse.

La luz de Navidad se parece más a la de una vela que a la de una bombilla led. La bombilla convierte la noche en día, deslumbra y no marca la dirección. Cuando caminamos a la luz de una vela, vemos solo un metro a nuestro alrededor. La vela va iluminando el camino a medida que avanzamos, y nos hace ir paso a paso descubriendo y fijándonos en quien tenemos al lado.

Lo primero que hace la Virgen María iluminada por la luz de la Navidad es prestar atención a las necesidades de su pariente Isabel. El anuncio de la Navidad le abrió los ojos para ver que su prima, en cinta en su ancianidad, necesitaba su ayuda. Y a la luz del anuncio se puso en camino.

Dios quiera que las luces de Navidad no nos cieguen. Que no miremos encandilados solo las bombillas de colores y figuras llamativas, sino que veamos lo que ellas iluminan: al Niño que nace indefenso y se hace carne en todos los marginados y desheredados de nuestro mundo. Preparémonos para que en Navidad no haya ningún menor desprotegido, ningún anciano solo, ningún enfermo sin cuidados, ninguna persona sin techo y ningún afligido sin mano amiga.

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