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La maravilla de comunicar

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell:

Continúo este camino dominical de profundización en el Concilio Vaticano II. Hoy quisiera presentaros el decreto Inter mirifica sobre los medios de comunicación social. Puede parecer un documento “de época”, nacido cuando la televisión y la radio marcaban el ritmo de la vida pública. Sin embargo, su intuición es sorprendentemente actual: la comunicación es un campo decisivo donde se forma la conciencia, se educa el corazón y se construye —o se destruye— la convivencia.

El Concilio contempla los medios con realismo y esperanza. Los llama «maravillosos inventos» de la técnica humana, capaces de unir pueblos, difundir cultura, aliviar la soledad, hacer llegar una palabra de consuelo y abrir caminos hacia la verdad. Pero al mismo tiempo reconoce que, si se utilizan mal, pueden convertirse en instrumentos de manipulación, superficialidad, división y violencia. Por eso Inter mirifica nos invita a mirar este mundo con discernimiento moral: no toda imagen edifica, no toda palabra es inocente.

El decreto recuerda un principio fundamental: la comunicación debe estar al servicio de la verdad y del bien común. En una sociedad saturada de mensajes, la verdad, si no se la ama, se vuelve frágil. Y cuando se alimenta el odio, la burla, la mentira o el desprecio hacia el débil, el bien común se resiente. Por eso el Concilio habla de responsabilidad: la de quien produce contenidos, la de quien los difunde y también la de quien los consume. Porque cada clic, cada vez que compartimos algo, cada comentario, contribuye a crear un clima humano: o de luz, o de oscuridad.

Inter mirifica subraya también el derecho y el deber de la Iglesia de anunciar el Evangelio utilizando estos medios. No como quien busca influencia o poder mundanos, sino como quien desea que la Palabra llegue allí donde las puertas están cerradas. La Iglesia evangeliza cuando comunica con verdad, belleza y respeto; cuando, sin incurrir en gritos ni propagandas, habla al corazón con un lenguaje comprensible; cuando ofrece espacios de encuentro y de sentido. Y también evangeliza cuando forma a los fieles en el uso responsable de los medios.

Teniendo en cuenta los tiempos actuales, en los que las redes sociales multiplican las voces de cada uno, permitidme, a la luz de este decreto, haceros una llamada. Son puntos muy concretos para nuestra vida diocesana:

El primero: cuidar el corazón en aquello que miramos y escuchamos. No todo alimenta, y no todo lo que distrae hace bien. Eduquemos el criterio; protejamos a los más pequeños; aprendamos a apagar la pantalla cuando se pierde la paz interior.

El segundo: hablar con caridad. La comunicación cristiana no humilla, no difama, no ridiculiza, no divide. Un cristiano no puede bendecir a Dios y maldecir al hermano con la misma boca, ni sembrar sospecha con la misma mano con la que comulga. La verdad sin caridad se vuelve dureza; la caridad sin verdad crea confusión. Hace falta caridad y verdad.

El tercero: utilizar los medios para hacer el bien. Cuántas veces una palabra a tiempo, un mensaje de ánimo, una iniciativa solidaria difundida con sencillez, una catequesis bien preparada, una homilía accesible, pueden acercar a alguien a Dios o sostener a quien se siente solo. No menospreciemos este campo: es una verdadera «plaza pública» donde el Evangelio puede resonar con humildad.

Y permitidme añadir todavía una exhortación final: que la comunicación no nos robe el silencio. La fe crece en el corazón que escucha. Si vivimos siempre conectados, corremos el riesgo de no escuchar ni a Dios ni al hermano. Aprendamos a reservar cada día espacios para la oración, para la lectura reposada, para la conversación sin prisas.

Eso también es educar la comunicación: devolverle su verdad humana.

Que el Señor nos conceda vivir este ámbito con sabiduría, para que nuestros ojos vean aquello que edifica, nuestros labios digan aquello que consuela y nuestras manos compartan aquello que da esperanza.

Con la bendición y el afecto de vuestro obispo y servidor,

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