El Pontífice preside una multitudinaria vigilia de oración con jóvenes en la plaza de Lima: «Podéis cambiar la historia. Hacedlo con amor»
A las 16:30 horas se han abierto las puertas de los accesos al paseo de la Castellana, y miles de jóvenes han inundado el centro de Madrid para encontrarse con el papa León XIV. El acto ha comenzado un poco más tarde, a las 18:30 horas, con las actuaciones de cantantes y grupos de la talla de Siloé, Depol, Besmaya o Hey Kid. El sol y el calor no han sido impedimento para que los jóvenes hayan disfrutado, bailado y cantado a viva voz.
A las 19:45 horas ha dado comienzo el rezo del Santo Rosario ante la Virgen de la Almudena, que ha estado presente en el escenario durante todo el acto. Varios jóvenes han compartido entonces sus testimonios de fe, hablando de alegrías, caídas, heridas y salvación.
Pero el momento cumbre de la noche ha sido, sin duda, la llegada del Santo Padre, que se ha paseado en el papamóvil para encontrarse con todos los rostros que le esperaban ansiosos en la calle de Madrid. Para entonces, más de medio millón de personas abarrotaban una de las arterias centrales de Madrid.
Cuando ha llegado por fin al escenario, el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, le ha dado la bienvenida y le ha recibido hablando del cielo de Madrid. Le ha afirmado que la Iglesia quiere «mirar al cielo, mirar alto y alzar la mirada para reconocer en usted a quien nos confirma en la fe». Le ha presentado, además, a los jóvenes que le esperaban, jóvenes «que llegan con la sed de quien busca a Cristo», jóvenes que «buscan sentido».
Han sido esos jóvenes los que, posteriormente, han comenzado preguntando al Santo Padre sobre sus referentes espirituales, además de san Agustín, y sobre sus años en Perú. León XIV ha destacado tres figuras, tres santos que le han marcado de manera especial. Por un lado, San Juan Crisóstomo, de quien le impresionó «sus espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de vida, y su valentía para hablar ante el emperador, diciendo siempre la verdad». Por otro lado, Santo Tomás de Villanueva, agustino y español, de quien ha destacado su «ardiente caridad» que le «ha alentado en los momentos de prueba». Y por último, Santo Toribio de Mogrovejo, a quien ha señalado como «un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres».
Sobre su misión en Perú ha recordado especialmente «el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza». Ha afirmado que el encuentro con las alegrías y las heridas de la gente le hizo crecer en su propio camino y ser transformado por el Evangelio que anunciaba.
El segundo turno de preguntas de los jóvenes ha girado en torno a los procesos de búsqueda, las dudas que surgen en el camino, y la capacidad de reconocer la voz de Dios. León XIV, al respecto, ha señalado la importancia de hacer silencio en medio de tanto ruido. «En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece», ha afirmado. En segundo lugar, les ha asegurado que Dios conoce la voz de cada uno, les escucha, y les responderá siempre. Por último, ha guiado su mirada a las Escrituras, «ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación».
En cuanto al acompañamiento de los demás, les ha recordado que ninguno nació siendo maestro, y que siempre somos discípulos a los ojos del Señor. Por eso, les ha animado a compartir el camino y dar testimonio.
Finalmente, los jóvenes se han cuestionado el compromiso que deben tener con la sociedad y la misión que les pide la Iglesia. «Los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa», ha sido la respuesta del Santo Padre. Les ha recordado que el amor de Cristo es un amor que libera de cualquier moda o atadura, y les ha animado a ser protagonistas del cambio. El Santo Padre se ha mostrado, además, ilusionado al ver la capacidad que tienen los jóvenes de testimoniar a Cristo en todos los ámbitos.
Les ha invitado a ser sal y luz de la tierra. «El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder», ha señalado.
Por último, ha querido confiarles una misión: «¡Sed humanos!: hombres y
mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. […] Sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad. Esta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!».








