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La novedad del año (II)

Tenemos claro que algo no es bueno por ser nuevo, sino por ser un bien real para la persona. Sin embargo casi siempre olvidamos este principio a la hora de felicitar el nuevo año.

Es una bella costumbre saludarnos deseando al otro un año nuevo feliz. Sería más bello todavía si al menos fuéramos conscientes de lo que deseamos, es decir, de lo que significa felicidad, “año feliz”. Como cuando saludamos deseando “los buenos días”: ¿qué deseamos?

No es simplemente una pregunta curiosa. Nada menos que nos planteamos qué entendemos por felicidad y por bondad al desearla al amigo. Se trata de una cuestión de extraordinaria importancia, que aquí no podemos dilucidar y que en el momento del simple saludo no suele ser consciente.

No quisiéramos que las formalidades que impregnan nuestra convivencia se quedaran en eso, en meras formalidades. Ellas forman parte de “la liturgia” de nuestra vida cotidiana y, de la misma manera que la liturgia orante de la Iglesia no ha de caer en la rutina mecánica y vacía, tampoco nuestros saludos diarios tendrían que perder su sentido por el hecho de repetirse. Desgraciadamente, lo más sublime pude llegar a ser lo más banal al caer víctima de la rutina. Evitar este riesgo exige tener resueltas las preguntas fundamentales (qué es la felicidad, qué es la bondad) mediante la reflexión, la meditación, la oración, en momentos especiales de búsqueda y asimilación interior. Si las respuestas a esas preguntas llegasen a conformar nuestra intimidad, los saludos y los gestos cotidianos serían más sinceros y valiosos, transmitirían espontáneamente los valiosos deseos que llevamos dentro.

La respuesta más normal a la pregunta de qué deseas cuando saludas “feliz año”, “buen año”, es
que nos gustaría que le fueran bien las cosas a nuestro amigo, que tenga suerte en el trabajo, en la economía, en las amistades, en la salud, es decir, más o menos, que se cumplan sus sueños. Concretamente ¿qué sueños? Ya sabemos que nuestros sueños, los más comunes en general, son cualitativamente muy cortos: algunos están centrados en el yo, en el propio beneficio, como el éxito, la ganancia económica, la solución de uno u otro problema, la salud, que nos toque la lotería…; otros sueños son más altruistas, como que se acaben todas las guerras y desaparezca el sufrimiento, que todos puedan vivir dignamente, etc. Estos sueños son muy amplios en cantidad, deseamos muchas cosas para muchos. Pero son muy cortos en profundidad: por un lado, son deseos de cosas que “ocurren”, casi por casualidad, por suerte, sin tocar para nada la responsabilidad del sujeto; por otro son deseos que olvidan la naturaleza del bien o la felicidad y su fuente. Es decir, que solo pueden ser fruto de la virtud.

En consecuencia, no hay mejor felicitación, ni mejor deseo para el amigo, que decirle: “que el próximo año seas realmente virtuoso, que en el nuevo año avances en el conocimiento de la verdad y la comuniques sinceramente, que vivas de acuerdo con ella, que seas justo y solidario, que te mantengas sostenido por la esperanza, que ames más y a más gente, que sirvas generosamente, que te mantengas fiel, etc.

Ciertamente esta felicitación sonaría un poco extraña. Parecería que nos convertimos en repelentes maestros de la virtud. Pero allá en lo escondido del corazón no habría mejor felicitación, mejor regalo, mejor deseo, que ver en el amigo esta vida renovada; sería verdaderamente feliz.

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