Queridos hermanos:
Para los cristianos, el adviento no es simplemente una cuenta atrás para la Navidad, sino un camino de conversión. Este año, además, estamos celebrando el Jubileo de la Encarnación bajo el lema “Peregrinos de esperanza” y el adviento se convierte en la última oportunidad para aprovechar la indulgencia de este Año Santo que concluirá el próximo 28 de diciembre con una celebración especial tanto en la Catedral de Coria como en la Concatedral de Cáceres. El Jubileo es un tiempo propicio para redescubrir el amor de Dios que no defrauda, manifestado en la venida de Jesús al mundo, en el que se funda nuestra esperanza.
Las personas no podemos vivir sin esperanza. Es lo último que se pierde. Sin ella, nuestra vida sería insoportable, una condena en vida. Nuestra conversión en Adviento consiste en saber en quién ponemos nuestra esperanza. En ocasiones nuestra espera no va más allá de este mundo de realidades efímeras y frágiles. Una esperanza cerrada a la trascendencia y al más allá pretende encontrar el paraíso perdido en esta tierra mediante el disfrute de las cosas materiales, los avances que ofrece la ciencia y el bienestar siempre mayor que ofrece la técnica. Pero ni todo el oro del mundo es capaz de satisfacer el corazón del ser humano, su sed de eternidad y de infinito.
La esperanza no es un puro sentimiento o un convencimiento subjetivo de que todo saldrá bien, a pesar de las dificultades. Si nos hacemos esa ilusión cerrando los ojos a la vida real, a su finitud, a su limitación, somos unos ilusos y nos engañamos a nosotros mismos. Tener esperanza no consiste en estar pendientes únicamente de satisfacer nuestros deseos sin aceptar lo que nos depara la vida, y sin preocuparnos por los sufrimientos y problemas propios y ajenos
Tampoco es la esperanza un hábito o una actitud de los fuertes, que se base en la capacidad personal de resistir y perseverar para conseguir algo en la vida, en la confianza en uno mismo y en sus fortalezas. Todos somos finitos, débiles y falibles. No somos roca firme en la que se pueda apoyar nuestra mejor esperanza.
La verdadera esperanza, en realidad, es un don que viene de fuera, de lo alto, que nos permite afrontar con realismo las dificultades de la vida y sobrellevar con misericordia nuestras caídas y las de los demás. La esperanza como don es la certeza de que alguien nos sostiene más allá de nuestro pecado e impotencia. La esperanza cristiana se basa en las promesas de Dios que superan nuestros deseos y se extienden hasta la resurrección, que van más allá de nuestras propias posibilidades. Es una esperanza cierta porque esas promesas ya se han cumplido anticipadamente en Cristo resucitado.
A veces decimos que hay cristianos que viven como si Dios no existiera, pero hay muchos más que vivimos como si Jesús no hubiera venido, como si estuviésemos en el Antiguo Testamento y no se hubiera manifestado ya el Amor de Dios en su plenitud.
La diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es la misma que hay entre la espera y la esperanza. La espera se basa en nuestras propias fuerzas y posibilidades, y está abocada al fracaso; la esperanza se basa en la certeza de que alguien que nos ama nos espera al final de camino. Esta esperanza no se deja deslumbrar ni aturdir por los reclamos de este mundo.
Querido hermanos, en Adviento nos preparamos para la celebración de la Navidad sabiendo que el Señor ha resucitado y nosotros hemos resucitado con él en esperanza. Su salvación es la meta de la vida y está ya presente y actuando en el mundo.







