El Pontífice denuncia ante el Consejo Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos la paradoja de un mundo con capacidad productiva récord donde el hambre se subordina a intereses geopolíticos y las armas fluyen sin trabas.
El Papa León XIV ha visitado esta mañana la sede central del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Roma para abordar de forma directa las causas estructurales de la desnutrición global. Ante los miembros del Consejo Ejecutivo, autoridades de las Naciones Unidas y el cuerpo diplomático, el Santo Padre ha pronunciado un discurso en el que ha diseccionado la crisis del sistema multilateral y el desequilibrio de las prioridades políticas y morales del orden internacional actual.
Para el Pontífice, la comunidad global ya no se enfrenta únicamente a emergencias coyunturales, sino a un escenario estructuralmente defectuoso. «Hoy en día, las crisis han evolucionado de ser eventos aislados a realidades persistentes, marcadas por conflictos prolongados, inseguridad alimentaria crónica, volatilidad económica y crecientes vulnerabilidades climáticas», ha advertido, lanzando una pregunta a los líderes mundiales: «¿Qué configuración del orden mundial es capaz de producir, reproducir y, a veces, incluso normalizar tales condiciones?». Según León XIV, el debate internacional ya no debe limitarse a cómo intervenir ante la emergencia, más bien debe extenderse a «comprender por qué el sistema genera constantemente los mismos problemas que luego se ve obligado a corregir».
La crisis del multilateralismo
El Papa ha señalado que la fragmentación del orden internacional nace de un debilitamiento de las instituciones globales que debían velar por el bien común, un fenómeno que ya detalló en Magnifica Humanitas. Al carecer de un horizonte ético compartido que sostenga una cooperación genuina, el mundo ha transitado desde el multilateralismo hacia «un multipolarismo desordenado y conflictivo con un sentimiento predominante de desconfianza». Este clima de recelo empuja a los Estados a desviar sus recursos hacia la seguridad nacional y la estabilidad interna, ignorando el estrecho vínculo que une estos factores con la cooperación internacional.
Esta deriva política genera una contradicción sangrante: el mundo cuenta con una capacidad de producción jamás vista, pero las zonas de exclusión no dejan de expandirse. El Pontífice ha denunciado que las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo agravan la marginación. Aunque sobre el papel se reconoce la necesidad de alentar el alivio del sufrimiento, en la práctica los asuntos humanitarios quedan relegados a un segundo plano. Es en esa brecha donde se produce lo que el Papa ha denominado la «burocratización de la solidaridad» y la «silenciosa mercantilización de la vida humana».
Por otra parte, las consecuencias del hambre, ha recordado el Santo Padre, van mucho más allá de la urgencia nutricional, ya que erosionan la cohesión social, disparan el riesgo de nuevos conflictos armados y alimentan los flujos de migración forzada, perpetuando ciclos de fragilidad que terminan por sacudir a toda la comunidad internacional.
Reducir la burocracia
Frente a este panorama, el Papa ha reivindicado que la acción humanitaria no es un elemento ajeno o secundario al orden internacional, sino el reflejo de la responsabilidad de la comunidad global para fortalecer la solidaridad y reconocer «la dignidad inherente dada por Dios a cada persona humana». En este sentido, ha ensalzado al PMA como una «expresión concreta de la solidaridad internacional» capaz de evitar que las crisis deriven en un colapso irreversible allí donde las redes comunitarias se desintegran.
De esta manera, León XIV ha hecho un llamamiento a los gobiernos de todo el mundo para que incrementen los recursos dedicados a combatir el hambre y eliminen los obstáculos que frenan la llegada de la asistencia. El Pontífice ha insistido en la necesidad de desmantelar las trabas administrativas: «La implementación efectiva de este llamamiento requiere reducir la burocracia innecesaria, de modo que la transparencia y la rendición de cuentas sirvan a las personas en lugar de impedir la asistencia». En aquellos territorios donde los gobiernos carecen de control o el acceso está severamente restringido, el Papa ha destacado el papel de la Iglesia católica —a través de parroquias, diócesis y agencias como Cáritas— para llegar a las poblaciones que resultan inaccesibles para los actores internacionales.
La credibilidad del orden internacional
El Santo Padre ha elogiado que el PMA no limite sus esfuerzos a la respuesta de emergencia inmediata, sino que invierta en proyectos a largo plazo como los programas de alimentación escolar que, según ha asegurado, fortalecen la resiliencia social y la educación desde una visión integral del desarrollo humano.
Finalmente, León XIV ha advertido de que la respuesta ante el desafío del hambre determinará el futuro de las instituciones globales. «Lo que está en juego no es solo la eficacia de una agencia, sino también la credibilidad misma de la cooperación internacional», ha señalado. Sin embargo, este nuevo camino exige «la determinación de simplificar lo que se ha vuelto excesivamente complejo, priorizar lo esencial y garantizar que ninguna persona sea olvidada». La política internacional, ha concluido, se mide precisamente por su fidelidad a la dignidad infinita de cada ser humano, una verdad inalterable en la que se fundamenta el futuro de la comunidad mundial.






