El metropolitano del Patriarcado Ecuménico; el arzobispo de la Iglesia Apostólica Armenia; y el obispo Anthony Ball, de la Comunión Anglicana, asistieron a la clausura del Papa de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos
El papa León XIV presidió ayer la celebración de las Segundas Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros, como conmemoración de la conversión del apóstol de los gentiles y broche de oro a la LIX Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Como no podía ser de otra manera, el acto contó con la presencia respetuosa y afectuosa de destacados líderes de diversas tradiciones cristianas.
Durante su homilía, el Pontífice reflexionó sobre la figura de Saulo de Tarso, quien pasó de ser un feroz perseguidor de la Iglesia a definirse y ser reconocido como «el último de los apóstoles», destacando que el encuentro con el Resucitado no solo cambió su nombre, sino que le otorgó una nueva visión para edificar el Cuerpo de Cristo. En este sentido, recordó que la misión de todo cristiano hoy es anunciar al Señor e invitar al mundo a confiar en Él.
Retomando las palabras de su propio inicio de ministerio, el Papa insistió en que la tarea común es decir al mundo: «¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela!». Sin embargo, advirtió que, aunque las divisiones no apagan la luz de Jesús, sí hacen «más opaco aquel rostro que debe reflejarla sobre el mundo».
Uno de los momentos más vibrantes de su reflexión fue el llamamiento a reconocer la unidad que ya existe entre todos los bautizados. Para ello, y basándose en la Carta a los Efesios, el Santo Padre enfatizó que compartimos un solo Señor, una sola fe y un solo Bautismo. Y al hilo de su argumentación, proclamó con vehemencia: «¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo, manifestémoslo!».
El Papa, así las cosas, vinculó estrechamente ecumenismo y sinodalidad, citando a su predecesor Francisco al afirmar que «el camino sinodal de la Iglesia católica es y debe ser ecuménico». Y mirando hacia un futuro a medio plazo, propuso que el bismilésimo aniversario de la Redención, en 2033, sea un horizonte para profundizar en estas prácticas compartidas.
En otro orden de cosas, la liturgia de este año tuvo un especial aroma armenio, ya que los materiales de oración fueron preparados por las Iglesias de dicho país, primera nación cristiana. León XIV también recordó el testimonio de san Nerses Shnorhali, quien en el siglo XII ya comprendía que la unidad no es una «ventaja estratégica», sino una necesidad para la predicación del Evangelio. Finalmente, el Santo Padre elevó una oración para que las semillas del Evangelio sigan produciendo frutos de «unidad, justicia y santidad» en Europa, abogando especialmente por la paz entre todas las naciones del mundo.
Entre los asistentes destacados se encontraban el metropolitano Polykarpos, del Patriarcado Ecuménico; el arzobispo Khajag Barsamian, de la Iglesia Apostólica Armenia; y el obispo Anthony Ball, de la Comunión Anglicana, evidenciando el respaldo ecuménico a este histórico encuentro.








