El Papa ha celebrado la vigilia por el Jubileo de la Consolación en la que han participado personas y asociaciones de víctimas, enfermos o gente que sufre por distintas causas
El Santo Padre ha pedido a la Iglesia que sea signo de consolación para quienes han sufrido la violencia y ha pedido, de nuevo, por la paz en el mundo. En el corazón de una sociedad que padece el «dolor colectivo de poblaciones enteras» y las heridas de la violencia personal, el Papa León XIV ha recordado que el dolor, lejos de ser el final, puede transformarse en una fuerza vital.
El Pontífice ha iniciado su homilía con la invitación del profeta Isaías: «Consolad, consolad a mi pueblo». Ha recordado que este llamado nos compromete a compartir la consolación de Dios con «tantos hermanos y hermanas que viven situaciones de debilidad, de tristeza, de dolor». Agradeciendo los testimonios previos de Lucia di Mauro y Diane Foley, el Papa ha asegurado que «se puede transformar todo el dolor con la gracia de Jesucristo».
Abordando el misterio del sufrimiento, el Papa ha hablado de las lágrimas como «un lenguaje que expresa sentimientos profundos del corazón herido». Lejos de ser un signo de debilidad, las lágrimas son, para él, «liberación y purificación de los ojos, del sentir, del pensar». Ha recordado las palabras de su predecesor, el Papa Francisco, sobre las lágrimas de María Magdalena, sugiriendo que a veces «los anteojos para ver a Jesús son las lágrimas»
El Pontífice ha animado a los fieles a no tener miedo a cuestionar a Dios en medio del dolor, citando las Confesiones de San Agustín, donde el santo busca el origen del mal. En lugar de encerrarnos en preguntas que nos aíslan, el Papa ha exhortado a que, como en los Salmos, nuestro clamor sea una «protesta, lamento, invocación de esa justicia y de esa paz que Dios nos ha prometido». La fe, incluso cuando nos parece «vaga y fluctuante», es el puente que nos une a Cristo.
Uno de los puntos más conmovedores de la homilía ha sido el mensaje dirigido a quienes han sufrido la violencia del abuso. El Papa León XIV les ha asegurado la cercanía de la Iglesia y la Virgen María, repitiéndoles las palabras de la Madre: «Yo soy tu madre», y las del Señor: «Tú eres mi hijo, tú eres mi hija». Ha pedido a la Iglesia que aprenda a «escuchar vuestras heridas» y a «caminar juntos».
El Santo Padre ha destacado la redención como un acto de misericordia que vence la violencia: «La violencia no puede ser cancelada, pero el perdón concedido a quienes la generaron es una anticipación sobre la tierra del Reino de Dios». Ha recordado que el misterio de la muerte y resurrección de Jesús es la victoria del bien sobre el mal, y que la esperanza que nace de la comunión no defrauda.
Un llamamiento por la paz
Con la imagen del Agnus Dei, como símbolo de la victoria de Cristo, el Papa ha dirigido su mirada hacia el «dolor colectivo de poblaciones enteras que, aplastadas por el peso de la violencia, el hambre y la guerra, imploran paz». Es un «grito inmenso» que compromete a la Iglesia a rezar y actuar.
El Pontífice ha instado a los responsables de las Naciones a escuchar «de modo particular el grito de tantos niños inocentes, para garantizarles un futuro que los proteja y los consuele». Su mensaje ha concluido con un llamado a la acción y a la esperanza: «La verdadera consolación que debemos ser capaces de transmitir es la de mostrar que la paz es posible, y que germina en cada uno de nosotros si no la sofocamos». La fe en que Dios no dejará de enviar corazones y manos que lleven ayuda y consuelo es la fuerza que permite a la Iglesia invocar con verdad: «¡Venga tu Reino!».








