El Papa ha dedicado la catequesis de la audiencia general a la Constitución sobre la sagrada liturgia, siguiendo la profundización en serie de los textos del Concilio Vaticano II
En la mañana de hoy, el papa León XIV ha dado inicio a un nuevo e importante ciclo de catequesis, la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, siguiendo el hilo de la necesaria profundización en el legado del Concilio Vaticano II, en tanto raíz de la identidad eclesial contemporánea.
Ante una Plaza de San Pedro colmada de peregrinos de diversas nacionalidades, el Santo Padre ha subrayado que la intención original de los padres conciliares a la hora de elaborar tan importante documento trascendía la mera organización de ceremonias externas. Y ha explicado con claridad que, al redactar este texto fundamental, «quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo». En esta visión renovada, la liturgia se erige como el corazón palpitante donde la Iglesia recibe su propia vida, pues es precisamente allí donde «se ejerce la obra de nuestra redención», transformando a los fieles en un pueblo verdaderamente santo y enfocado hacia Dios.
Así las cosas, y para evitar cualquier interpretación superficial, León XIV precisó que el término «misterio» no debe entenderse como algo oscuro o inalcanzable, sino como el «designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo». Este misterio cristiano encuentra su máxima expresión en el acontecimiento pascual —la pasión, muerte y resurrección del Señor—, el cual «precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente». De este modo, cada vez que la comunidad se reúne en nombre de Jesús, los fieles quedan inmersos de forma real y mística en su obra redentora.
La catequesis, de este modo, se ha detenido con especial detalle en la naturaleza de la presencia de Jesucristo, a quien el Papa define como «principio interior del misterio de la Iglesia», pues, con el poder del Espíritu, el Señor sigue actuando hoy, ejerciendo su sacerdocio único a través de diversos canales. El Pontífice ha recordado asimismo que Cristo habita en la Palabra proclamada, en los sacramentos y en los ministros, destacando con énfasis que se encuentra «en grado sumo, en la Eucaristía». Citando la milenaria sabiduría de san Agustín, ha recordado que la Iglesia, al celebrar este sacramento, «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe», transformándose así en una verdadera morada de Dios en el Espíritu.
La dimensión ritual de la Iglesia ha sido presentada no como una formalidad vacía, sino como una expresión de fe viva bajo el principio de lex orandi, lex credendi. Cada gesto, silencio, oración y espacio en la celebración tiene un propósito: representar y dar forma al pueblo convocado por el Padre como Cuerpo de Cristo. Citando la enseñanza de san Juan Pablo II, León XIV ha afirmado con solemnidad que «cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración», donde la ritualidad plasma la identidad más profunda de los creyentes.
Y ha recuperado una de las definiciones más emblemáticas del Concilio, al llamar a la liturgia «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza». Si bien ha reconocido que la acción de la Iglesia no se limita solo a lo cultural —incluyendo también la predicación y el servicio a los más pobres—, ha subrayado que todas estas actividades «convergen hacia esta cumbre». De manera inversa, es la liturgia la que sostiene a los fieles, dándoles el vigor necesario para su misión en el mundo, al sumergirlos constantemente en la Pascua del Señor.
Un punto central, así las cosas, ha sido la llamada a la coherencia de vida, pues el Papa ha insistido en que la participación debe ser tanto «interior» como «exterior». Esta vivencia está llamada a desarrollarse en la cotidianidad a través de una «dinámica ética y espiritual», de modo que la liturgia celebrada «se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración». De este modo, la Iglesia se convierte en una comunidad abierta que, habitada por el Espíritu Santo, es un signo de unidad para toda la humanidad, recordando que «todos están invitados al banquete de bodas del Cordero».
Al concluir la audiencia, el Pontífice ha lanzado una exhortación final cargada de profundidad: «Dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia». Dirigiéndose específicamente a los peregrinos de lengua española, ha pedido al Espíritu Santo que les ayude a que toda su existencia sea una constante «acción de gracias». Con una última bendición y un agradecimiento sencillo, el Papa se ha despedido de la multitud, emplazando a los fieles a continuar este camino de descubrimiento en las próximas catequesis.








