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Lex orandi, lex credendi, lex vivendi

L

Este antiguo aforismo expresa la íntima relación que existe entre lo que celebramos, la fe que creemos y la vida que esa misma fe y oración litúrgica anima y expresa. Es muy importante, por eso, fijarnos en cómo es nuestra manera de vivir y aplicar la oración pública, la vida sacramental y, singularmente, nuestra manera de celebrar la Eucaristía, pues así expresaremos realmente el corazón de nuestra fe.

La Eucaristía ni es un acto individual que exprese nuestra singular piedad —valiosa, por supuesto— ni tampoco del pequeño grupo que celebra, sino que es una celebración de la Iglesia. Hemos de constituirnos como Asamblea que se dispone a ser Cuerpo de Cristo, adorar la presencia del Señor, a comulgarle y a sabernos enviados para ser también cuerpo entregado en medio del mundo.

Observemos algunos detalles de la Eucaristía. Por ejemplo, cómo conjugamos silencio y canto, silencio y participación. A la hora de ahondar en el misterio de la Eucaristía para que se convierta en una expresión de lo que creemos, hemos de mejorar mucho el cuidado del silencio. El silencio en el templo antes de comenzar la Eucaristía, durante la celebración de la misma y también al final de la Eucaristía para poder acoger, en acción de gracias, lo que hemos celebrado. El silencio que ha de entrar en diálogo con el canto; el inicial nos ayuda a formar asamblea, a sabernos convocados y reunidos en el nombre del Señor, un pueblo que canta unido. Qué importancia tiene que el coro viva el ministerio de ayudar al pueblo de Dios a orar y a cantar. Algunas veces el coro canta y el pueblo de Dios en silencio ora, pero la mayor parte de las veces el coro ha de ayudar a que la asamblea cante. También en los cánticos hemos de cuidar que cuando interpretamos alguna de las partes comunes de la Eucaristía que tienen una letra propia, respetemos la letra. No es el Gloria cualquier canción en la que aparezca la palabra gloria, sino el texto litúrgico del Gloria ‘in excelsis Deo’. No es el Santo cualquier melodía en la que aparezcan algunas de las palabras del Santo, sino el texto que la liturgia nos ofrece. También hemos de adecuar la música —letra y ritmo— con lo que en cada momento se celebra, porque es verdad que la Eucaristía es fiesta, pero también es el drama de la cruz.

La fructuosa participación en la liturgia pide que aparezcan diversos ministerios, los que leen, los que cantan, los que ayudan en el altar, los que realizan la colecta, pero todos los demás también participamos, por ejemplo, con el gesto, estando de pie en el momento inicial, cuando escuchamos en el Evangelio o nos dirigimos en oración al Señor; poniéndonos de rodillas o expresando con un gesto una profunda adoración para acoger la presencia real del Señor en la Eucaristía, sentándonos para acoger la Palabra de Dios o el comentario que el que preside realiza. La participación en otros gestos, como, por ejemplo, presentar las ofrendas. El pan y el vino son fruto del don de Dios y del trabajo de los hombres. Por eso, es significativo que el pan y el vino, incluso en la Eucaristía cotidiana, pero especialmente el Domingo, sea traído desde la Asamblea, sin necesidad de más ofrendas, quizá sin necesidad de ningún comentario. El pan, el vino, la colecta para las necesidades de la Iglesia y la ayuda a los pobres expresan que queremos poner nuestra vida en el altar para que el Señor la transforme junto a lo que presentamos. Participación silenciosa o activa con la palabra y con el canto, con el gesto que adora, que escucha, que se dispone a caer en la cuenta de que la Eucaristía se celebra viniendo del camino y disponiéndonos para volver al camino de la peregrinación y entregar lo que allí hemos recibido.

Hay algunos momentos de especial importancia en la Eucaristía que, además, ayudan educativamente a los que se acercan esporádicamente o por primera vez. ¿Cómo vivimos la Plegaria Eucarística? ¿Cómo acogemos la presencia real del Señor en la Eucaristía? ¿Cómo nos acercamos a comulgar? Caemos en la cuenta de que aquel a quien recibimos en un pequeño trozo de pan, apenas sin sabor, es realmente Jesucristo, que en su Cuerpo glorioso y resucitado ha hecho tan suyo el pan que es Él mismo el Pan de vida, el Cuerpo que se nos entrega para nuestro bien.

Algunos hermanos apenas comulgan y podríamos decirles: ¿Cómo vas a sostener tu vida de fe si no te alimentas, si no recibes al Señor? Otros hermanos, quizás, puedan comulgar de manera frívola, sin disponer el corazón, sin acercarse con espíritu de respeto y de adoración. Por eso, cuidemos el momento de la comunión, examinando nuestra conciencia, sabiendo que ninguno somos dignos de que el Señor venga a nuestra casa, pero que una palabra suya bastará para sanarnos. Hay ocasiones en la que esta palabra suya que necesitamos escuchar es “yo te absuelvo, yo te perdono de tus pecados”. Una palabra que escuchamos en el Sacramento de la Confesión, que está íntimamente unido a la Eucaristía.

Cuidemos también la manera de acercarnos a comulgar. Muchas veces en la fila de los comulgantes no se cuida este respeto, este asombro ante lo que vamos a vivir. La manera de comulgar, si comulgamos en la mano, ofreciendo nuestra mano en forma de cruz, como una pequeña cuna a la que el Señor viene, y comulgar respetuosamente ante el propio celebrante, ante el propio Señor, pues Él mismo se da a Sí mismo, diciéndonos: “Cuerpo de Cristo”; y nosotros respondiendo: “Amén”. Quienes comulgan en la boca, queriendo expresar así el respeto eucarístico, que puedan hacerlo en todas nuestras celebraciones. También este espíritu de adoración algunos hermanos lo expresan inclinándose antes de comulgar, otros arrodillándose, todos adorando.  Recordemos este gesto de adoración previo a la comunión y facilitemos que cada fiel cristiano pueda expresar con su propio cuerpo la manera en la que el asombro eucarístico se manifiesta en él: en la inclinación, en ponerse de rodillas en el comulgatorio, en comulgar en la mano, en recibir al Señor en la boca. No hay partes del cuerpo más dignas que otras, no se expresa mayor respeto en la comunión por comulgar en la boca que por comulgar en la mano. El respeto está en el corazón en estado de gracia para recibir al Señor y en el espíritu de adoración, que vive el corazón y, de una u otra manera, manifiesta nuestro cuerpo.

La Eucaristía está llena de actos y gestos importantes: la Palabra que es proclamada y por nosotros escuchada, la invocación al Espíritu Santo que viene sobre el pan y el vino y sobre nuestra Asamblea, el Padre Nuestro, que orando juntos nos dispone a acrecentar nuestra comunión y a edificar la fraternidad en la misión a la que somos enviados. Los pequeños detalles: el canto, el acercamiento de las ofrendas, el lavabo, los gestos de escucha, de peregrinación, de adoración, la manera en la que participamos de una u otra forma.

También es importante cómo nos disponemos en el vestido a la hora de celebrar la Eucaristía. El sacerdote, con el alba y con la casulla. No es buena disculpa decir: como hace mucho calor, en este tiempo no me pongo casulla. También el pueblo santo de Dios ha de cuidar cómo viene vestido a la Eucaristía, desde la antigua tradición de vestirse de fiesta o de Domingo para celebrar el Día del Señor. Vamos a celebrar la Pascua del Señor, por eso ha de cuidarse el decoro en el vestir, el respeto al Señor y también el respeto a los hermanos en la manera en la que vamos vestidos. Vestirse para la Eucaristía expresa también esa preparación remota, como el ayuno eucarístico que una hora antes de celebrar la Eucaristía prepara el corazón para recibir al Señor.

Amigos, que este tiempo de verano sea ocasión de profundizar en la ‘lex orandi’, cómo vivimos y celebramos la Eucaristía, así se expresa lo que creemos y ayudamos a los que se están iniciando en la vida cristiana a caer en la cuenta de cuál es nuestra fe, porque ven en nuestros gestos, en nuestra manera de preparar, de vivir, de celebrar y de acompañar la Eucaristía, lo que significa formar parte de la comunidad cristiana. También lo que creemos y lo que celebramos impulsa nuestra manera de vivir la comunión, la vida de ser cuerpo entregado en el caminar de nuestra existencia.

Cuidemos la celebración de la Eucaristía en lo importante y en los detalles para expresar así que somos un pueblo creyente que quiere vivir de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, Sacramento de nuestra fe.

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