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Liderazgo católico

Santiago Portas es director de Instituciones Religiosas y Tercer Sector del Banco Sabadell. Autor de 70 veces 7. Liderar desde el perdón, la verdad y la reconciliación

¿Para qué ejerzo la autoridad que se me ha confiado? No me refiero al modo en que la ejerzo, ni con qué herramientas, sino para qué. El Evangelio responde con claridad: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). Es una frase inspiradora que nos invita a redefinir qué entendemos por liderazgo. La Palabra introduce una lógica que invierte el orden habitual: primero, el servicio; después, la autoridad. Primero, la responsabilidad por otros; después, el reconocimiento.

Hablar de vocación de servicio en el mundo profesional se asocia a veces, con ingenuidad, con falta de ambición o con una renuncia implícita a la exigencia. Sin embargo, la experiencia demuestra todo lo contrario. Los líderes más sólidos no nacen del deseo de ocupar un lugar, sino de la disposición de hacerse cargo de las personas, las decisiones y las consecuencias.

Servir es orientar el poder hacia el crecimiento del otro. Supone entender que el cargo no es un privilegio, es una tarea confiada y que, por tanto, ejercer autoridad no es imponer, sino responder. 

El ejercicio comienza siempre en el interior, como una actitud que se cultiva. Esta se manifiesta en gestos discretos: el tiempo dedicado a la escucha, la atención al que no tiene visibilidad, corregir sin humillar y sostener a otros cuando el error o el cansancio aparecen. Un líder que sirve busca que los demás crezcan incluso cuando él no está.

En este sentido, el tiempo se convierte en la primera medida de amor y liderazgo. La vocación de servicio se concreta, pues, en estar de verdad y no solo funcionalmente. Mirar a los ojos, mostrar interés por la persona y no buscar solo el rendimiento.

A su vez, la vocación de servicio no rebaja la exigencia; la eleva. Precisamente porque el líder cuida los estándares y protege la misión sin negociar con la dignidad humana. Porque servir exige humildad, ser un líder que reconozca su cauce en lugar de colocarse en el centro. Debe ser consciente de que sus talentos, posición e influencia le han sido confiados para un bien mayor que él mismo. Y es esa conciencia la que lo libera de la soberbia de creerse indispensable y la inseguridad de demostrar constantemente su valía.

En las organizaciones actuales, marcadas por la velocidad, la presión y la exposición constante, este modo de liderar parece contracultural. No obstante, es precisamente esta perspectiva humanista la que permite construir culturas sostenibles donde el liderazgo genere confianza. Porque donde hay confianza, aparece la lealtad, el compromiso y la responsabilidad. Los líderes toman entonces una imagen inspiradora y no exigente.

Además, esta vocación se pone a prueba en lo pequeño. En cómo se habla del ausente, en cómo se trata a quien no puede devolver nada, en cómo se gestiona el poder cuando nadie mira. Ahí se revela si el liderazgo es una misión o un proyecto personal. En un entorno que incita a la autosuficiencia y al control, la vocación al servicio nos recuerda que el liderazgo auténtico no consiste en subir más alto, sino en saber inclinarse con mayor responsabilidad.

Porque, al final, el verdadero liderazgo no se mide por cuántos obedecen, sino por cuántos crecen gracias a nuestra presencia. Este crecimiento solo es posible cuando la autoridad nace del servicio y no del miedo. 

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