La Línea 105 Xtantos hace parada en Málaga para mostrar a un grupo de personas que no marcaban la X en el IRPF el impacto de la Iglesia en la sociedad
sabías que existía
Tras el éxito cosechado en su experiencia piloto de Valladolid, la Línea 105 Xtantos ha alcanzado la próxima parada. En la presente edición, ha recorrido Málaga para demostrar que la gratuidad de un gesto tan sencillo como marcar una casilla de la Iglesia en el IRPF puede tener un impacto directo y muy profundo en la vida de nuestros propios vecinos. Un año más, la Iglesia española vuelve a acercar su trabajo a muchos ciudadanos que no marcaban la X por no saber el impacto que esta asignación —libre, voluntaria y sin coste adicional para el contribuyente— tiene diariamente en el bienestar y la dignidad de millones de personas en nuestro país.
Según la Memoria de Actividades de la Iglesia, en 2024 casi cuatro millones de personas en España recibieron esta ayuda, un trabajo silencioso que, a veces, puede pasar desapercibido para quien no esté familiarizado con él. Más allá de lo abrumador de las cifras, la campaña de la Secretaría para el Sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal —«Línea 105 Xtantos. Próxima parada»— se centra en mostrar de primera mano el efecto que esta asignación tiene en nuestros pueblos y ciudades concretas, en la vida de muchas de esas personas, con las que compartimos asiento en el transporte público.
La campaña del autobús urbano Línea 105 —en referencia al número de casilla en la declaración de la renta— visitó durante el mes de febrero algunos de los proyectos de la Iglesia que están dando enormes frutos sobre la realidad concreta de las personas en la ciudad de Málaga. ECCLESIA los acompañó en este viaje al corazón de la actividad eclesial más cercana. Personas como Damián Bermúdez o Raquel Hernández, Juan Benítez, Raúl Tostón o Myriam Camacho, de todas las edades, ocupaciones variadas, creyentes, ateos y agnósticos se apuntaron a la iniciativa para recorrer los barrios de la capital andaluza, comprobando de primera mano cómo los voluntarios y profesionales de la Iglesia están dando su vida para mejorar la de los más necesitados. La «falta de información», «no tener claro a qué se dedica el dinero», creer —erróneamente— que «ya se paga suficiente dinero como para tener que pagar más», «no creer en Dios», dejarlo «en manos del asesor fiscal» o «no habérselo planteado nunca» fueron algunos de los motivos esgrimidos por los participantes para no marcar —hasta ese momento— la casilla de la Iglesia.
Esta invitación a ser testigos de una actividad social de frontera y primera línea reveló tras las cifras numerosos rostros y nombres propios. A través de una ruta que ha visitado un centro de mayores en Santa María de la Amargura; un hogar de acogida para madres jóvenes y vulnerables en una comunidad de religiosas filipenses; la parroquia de San Pablo, para conocer la intensa labor social y espiritual de Cáritas y las cofradías; o el Programa de Transición a la Vida Adulta y Laboral en el Colegio Diocesano Cardenal Herrera Oria, los viajeros pudieron comprobar de primera mano y sin que nadie se lo contara la forma como la Iglesia es uno de los motores latentes de la comunidad, operando a menudo de forma callada y discreta, pero con una eficacia que sostiene el tejido social donde más se necesita.
Centro de mayores
Así las cosas, la primera parada del recorrido puso la mirada sobre una realidad que, aunque a veces invisible y silenciada, marca el pulso de nuestra sociedad: la soledad de nuestros ancianos. El autobús de la Línea 105 se detuvo el pasado 10 de febrero en el barrio de la Amargura para ser testigos de la labor que se desarrolla en el Centro de Mayores de la parroquia de Santa María de la Amargura.
Este espacio, fundado en 2008, es mucho más que un edificio eclesial: es un auténtico refugio contra lo que los expertos denominan «epidemia de soledad», que afecta de manera punzante a nuestros ancianos. En la actualidad, el centro acoge a 200 usuarios —en su gran mayoría, mujeres viudas— y su éxito de convocatoria ha desbordado los límites del barrio, «gracias al boca a boca que recorre toda la ciudad», según nos reconocen. Para estas personas, este punto de reunión, escucha y acompañamiento es el ancla que les permite mantenerse conectadas a la vida. Como explica Belli, la coordinadora, este espacio supone para muchos de sus usuarios la única motivación diaria para arreglarse y salir de casa, rompiendo el aislamiento que el silencio de sus hogares impone. El testimonio de Belli es desgarrador por su sencillez: «Realmente conmueve escuchar a estas personas cómo agradecen un rato de charla, cuando confiesan que, al cerrar la puerta de su casa cuando vuelven para comer, ya no volverán a hablar con nadie hasta el día siguiente».
Dentro de los salones de Santa María de la Amargura, la actividad es frenética y llena de vida, con una oferta de actividades que suma hasta 22 talleres gratuitos semanales. Desde estimulación de la memoria hasta clases de pintura, pasando por baile, coro o castañuelas, cada actividad busca mantener el cuerpo y la mente en movimiento. Pero lo que realmente sostiene esta estructura es el factor humano: 25 voluntarios de la Iglesia que deciden regalar su tiempo y saberes para tejer lazos de cohesión entre la parroquia y el barrio.
La atención no se limita a lo meramente lúdico; existe un seguimiento constante por el cual, si alguien falta a su cita diaria, se activa de inmediato una red para verificar su estado de ánimo y/o su salud. Esta labor se fundamenta en una visión cristiana de la vida, tal y como recuerda el vicario José Miguel Porras, quien insiste en que el centro combate la idea utilitarista de que una persona pierde valor si no produce económicamente. Para Porras, el centro encarna la verdad de que «la dignidad de la persona humana no radica en lo que pueda producir, sino en ser hijo de Dios, a imagen y semejanza suya». Y así lo sienten aquí sus usuarios. Incluso para aquellos que ya no pueden salir de sus casas, la parroquia extiende sus brazos a través de la Pastoral de la Salud y el proyecto Abriendo Ventanas. Este ofrece acompañamiento en gestiones como ir al banco o hacer papeles, y da relevo y respiro a quienes se encargan de cuidar a un familiar con dependencia.
Acogida para mujeres
Dejando atrás el barrio de la Amargura, la Línea 105 continuó su avance hacia una realidad de acogida radical en el Hogar San Carlos. En este enclave, los visitantes descubrieron una comunidad de convivencia singular: cuatro religiosas filipenses, con edades comprendidas entre los 75 y los 90 años, cuidan y comparten su vida con cuatro madres jóvenes y sus hijos pequeños. Se trata de un proyecto financiado íntegramente por Cáritas, y que no recibe ningún tipo de subvención pública. Por tanto, la casilla 105 es, literalmente, el soporte vital de esta casa.
Isabel Téllez, de Cáritas, explica a ECCLESIA que las mujeres que llegan aquí lo hacen con vínculos familiares rotos, muchas veces tras procesos migratorios extremos o situaciones «literalmente de abandono». En el Hogar San Carlos, el alojamiento es solo el principio, pues el objetivo final es «el renacimiento de la mujer a través de un plan de intervención integral para su autonomía». Cada madre sigue un ritmo de formación laboral y talleres de crianza respetuosa para sanar el vínculo con sus hijos, además de un plan de ahorro con los ingresos que ellas mismas generan durante su estancia.
La madre Celina, superiora de la comunidad filipense, define su misión con una humildad que resume décadas de entrega: «Nuestra labor es, simplemente, estar, acompañar y cuidar». Para estas religiosas, su papel es el de ser un «Evangelio viviente» para las jóvenes y sus retoños: «Esta casa tiene que ser un espacio donde se experimente que Dios ama a cada una como la niña de sus ojos, donde el Señor nos abrace a todas y nos restaure en nuestra dignidad».
El viaje prosiguió en la parroquia de San Pablo, un faro de hospitalidad incondicional. Tras haber sufrido las crisis de las últimas décadas, el barrio demanda una labor que el párroco José Manuel Llamas lidera con una convicción clara: la Iglesia debe ser un lugar de cercanía donde la gente se sienta escuchada. Los visitantes pudieron observar cómo los salones parroquiales se abren para dar clases de español a migrantes, fomentando una convivencia natural bajo el principio de que, como dice Llamas, «si no acogemos a cada persona tal y como es, ¿para qué estamos?».
En San Pablo, además, la piedad popular no es un acto aislado de culto, sino un servicio activo. Las cofradías de la Salud y el Cristo de la Esperanza mostraron a los visitantes cómo trabajan bajo la certeza de que su patrimonio más valioso es el humano. Así, el párroco reconoce a ECCLESIA que «la gente viene aquí con sus alegrías, pero también, y sobre todo, con sus tormentas y penas». «Y estar ahí, escuchar y acompañar ese dolor es algo importante», apostilla. Esta escucha se complementa con la labor de Cáritas, que huye del asistencialismo puro para centrarse en el acompañamiento constante, ayudando a las familias a gestionar sus recursos y recuperar su autonomía. La motivación de don José Manuel ante tal entrega se resume en una frase que caló hondo en los participantes: «Hago esto porque creo en Cristo y quiero parecerme cada día más a él».
Evangelio en la educación
La última etapa de esta ruta malagueña concluyó en el Colegio Diocesano Cardenal Herrera Oria. Allí, la educación se conforma como un ejercicio de justicia social a través del Programa de Transición a la Vida Adulta y Laboral, un proyecto que, según el director del centro, Míchel Velasco, es la «expresión concreta del Evangelio en el ámbito educativo». Este programa está diseñado específicamente para alumnos vulnerables que, por sus diversas y muy especiales circunstancias vitales, requieren itinerarios personalizados para su inserción social y prelaboral.
Durante tres o cuatro años, estos jóvenes reciben un acompañamiento profundo y riguroso, centrado en talleres funcionales que priorizan sus capacidades por encima de sus limitaciones. El colegio no solo trabaja con los alumnos, sino que también abraza a sus familias como parte esencial del proceso, creando un clima de cercanía y entrega que los visitantes pudieron palpar en primera persona. Velasco subraya que mantener este tipo de proyectos requiere un esfuerzo económico significativo por parte de la Iglesia y de la generosidad de los contribuyentes, pero que los frutos compensan cualquier sacrificio. Para él, cada pequeño avance de un alumno es un éxito de toda la comunidad educativa y una confirmación de que la Iglesia sigue ofreciendo oportunidades reales a quienes más lo necesitan.
El combustible de las historias
Al final de este intenso y emocionante viaje, los participantes de la Línea 105 no solo regresaron a sus casas con la información que habían venido a buscar, sino con la certeza de que la asignación tributaria a la Iglesia es el combustible que permite que todas las historias de restauración y futuro que conocieron sigan escribiéndose en el corazón de su propia ciudad. Raúl, por ejemplo, se mostró «impactado, porque no era consciente de lo que la Iglesia ayuda a las personas que lo necesitan», promoviendo «el amor y la ayuda con todos, pertenezcan o no a la Iglesia». Por su parte, Raquel se mostró muy de acuerdo con el lema de la campaña: «La Iglesia está cerca de ti, aunque no siempre la veas». Juan vivió «cosas en lugares de mi ciudad que ni sabía que existían; hacen una labor encomiable» y Myriam lo describió como «un conjunto de gente bonita que hace cosas bonitas para la comunidad». Todos ellos, con sus circunstancias y creencias, han pasado de no marcar la X a comprometerse con el Xtantos. «Si todos tuviéramos la oportunidad de viajar en la Línea 105, seríamos más objetivos con la Iglesia», sentencia Damián.
Lejos de ser una experiencia cerrada, esta Línea 105 de Málaga sirve de llamada a visitar la Iglesia en cualquier rincón de España, pues la institución abre sus puertas deseosa de mostrar su ingente labor a todas aquellas personas que quieran conocer estas realidades y proyectos de ayuda a un prójimo que no es un abstracto, sino al que ponemos rostro y podemos conocer.








