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Los mayores

En mi ministerio episcopal he tenido y tengo la oportunidad de encontrarme con personas mayores en las parroquias, en  las residencias de ancianos y en sus casas. En esta breve Carta Pastoral quiero hacer algunas reflexiones sobre las personas mayores.

La Iglesia valora y aprecia a las personas mayores, porque, a la luz de la Palabra de Dios en la Biblia, son “testigos de la tradición de fe” (cfr. Ps 44, 2; Ex 12, 26-27); “maestros de vida” (cfr. Eclo 6, 34; 8, 11-12) y agentes de caridad.

El Magisterio de la Iglesia quiere que se promueva una mayor comprensión y mejoramiento de la tercera edad, profundizando en la misión y el papel imprescindible de los mayores. Las personas mayores han de ser consideradas como un tesoro de la sociedad. Son los mayores los custodios de la memoria colectiva, tienen la perspectiva del pasado y del futuro en un presente que puede estar lleno de eternidad y serenidad. Ellos pueden poner  a disposición de todas las generaciones el tesoro de su tiempo, capacidad y experiencias, mostrando así los auténticos valores frente a las meras apariencias. Y, aunque corren el peligro de sentirse inútiles en ambientes que exaltan la productividad y la rentabilidad economicista, su presencia debe mostrar que el valor económico no es el único ni el más importante.

Se ha de valorar al ser humano, por encima de los valores ficticios que la sociedad moderna impone cada vez más: la eficacia, la productividad, la economía. El hombre y la mujer valen más por lo que son  que por lo que hacen. La vida es en sí misma un gran valor en cualquiera de sus etapas, y la tercera edad un supremo regalo. La serenidad del mayor otorga al mundo vida y salud, concebida ésta como armonía física, mental, social y espiritual.

Los mayores pueden aportar a la vida esta sensatez de corazón. La vida tiene su gramática que hay que aprender. Por ella y con ella, distinguimos lo sustantivo de lo adjetivo, lo esencial de los accidental y aprendemos a conjugar los verbos de la vida. Es necesario ese corazón sensato para hombres y mujeres en la familia, en la sociedad y en la Iglesia. La sensatez es imprescindible para quien quiere alcanzar la calidad de la persona y para quien es guía humano y espiritual de los hijos, de los educandos, de los fieles.

El salmo 89 de la Biblia nos ofrece una excelente meditación sapiencial sobre los mayores: “Señor, tú has sido nuestro refugio / de generación en generación./[…] Enséñanos a calcular nuestros años, / para que adquiramos un corazón sensato./ […]Por la mañana sácianos de tu misericordia, / y toda nuestra vida será alegría y júbilo./ Que tus siervos vean tu acción / y tus hijos tu gloria”.

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