Hay noticias que golpean especialmente. Al principio de la semana se hablaba de un millar de muertos civiles en Siria. Otra vez. Y la vida sigue como si nada. Otra vez. Hasta que llega el impacto en forma de voz quebrada. Resulta que todos los que mueren masacrados tienen cara. Como Fadi Azar, fraile franciscano en Lattakia, que a pesar de todo, responde amablemente al teléfono y acepta entrar en televisión para contar en un pobre español que sí, que les están matando junto a los alauitas. Que no tienen de nada, que están cansados. Que se quieren ir. Otra vez.
Pero hay una cosa que golpea aún más fuerte. Que no pierden la fe. Otra vez. Es más, que la acrecientan. Otra vez. Inevitablemente me acuerdo de los santos que murieron en otra orilla del Mediterráneo no muy lejana, en una playa de Libia, hace ya 10 años. Un sacerdote copto me envía un vídeo de Tik tok en el que una de las viudas de aquellos mártires exclama lo siguiente: «Estamos muy orgullosos de ser cristianos. Lo que ha pasado nos hace a todos nosotros, como cristianos, muy orgullosos de nuestra fe. El Señor fue crucificado, azotado y torturado por nosotros. Es nuestra responsabilidad como cristianos mantener nuestra fe».
Me conmueve especialmente la historia de Mathew Ayariga. Me topé con ella mientras buscaba nombre para mi hijo. Era el único no egipcio -era ghanés- no copto, ni siquiera cristiano. Eran compañeros de trabajo en una fábrica. Pero en el momento del martirio, pudiendo salvarse, Ayariga se condenó al afirmar «yo estoy con ellos, soy cristiano como ellos y querría morir en nombre de Cristo». Le pido al padre Filopatir Kamil, este sacerdote copto, que me cuente todo lo que sepa de él. No saben mucho de su historia, pero sí que se convirtió en el momento de la muerte por «la fortaleza, la paz y la serenidad con la que sus amigos mártires ofrecen su vida a Cristo». Habían convivido en la cárcel libia los último 45 días de su vida. Conoció a Cristo en la última hora. Y prefirió el martirio. Porque Cristo vence. Otra vez.







