Más de 50.000 personas abarrotaron el estadio Velodrome de Marsella, donde el papa Francisco presidió la Eucaristía de este viaje de poco más de 24 horas, un momento que aprovechó para lanzar un mensaje a Francia y a Europa.
«Nuestra vida, la vida de la Iglesia, Francia, Europa, necesitan esto: la gracia de un salto, de un nuevo salto de fe, de caridad y de esperanza. Necesitamos recuperar la pasión y el entusiasmo: redescubrir el gusto del compromiso por la fraternidad, de seguir corriendo el riesgo del amor en las familias y hacia los más débiles, y de reencontrar en el Evangelio una gracia que transforma y embellece la vida», ha afirmado en la homilía.
En este sentido, ha dicho que los cristianos tienen que encontrar a dios con la oración y a los hermanos con el amor. Es decir, «cristianos que saltan, vibran, acogen el fuego del Espíritu para después dejarse arder por las preguntas de hoy, por los desafíos del Mediterráneo, por el grito de los pobres, por las santas utopías de fraternidad y paz que esperan ser realizadas».
Asimismo, ha denunciado «las exasperaciones del individualismo, los egoísmos y las cerrazones que producen soledades y sufrimientos», desafíos que tienen que afrontar las ciudades y países europeos como Francia.
«Aprendamos de Jesús a conmovernos por quienes viven a nuestro lado, aprendamos de Él que, ante las multitudes cansadas y exhaustas, siente compasión y se conmueve, se estremece de misericordia ante la carne herida de aquel que encuentra», ha añadido.
Y ha recordado: «Frente al misterio de la vida personal y a los desafíos de la sociedad, el que cree da un salto, tiene una pasión, un sueño que cultivar, un interés que impulsa a comprometerse en primera persona. Sabe que el Señor está presente en todo, llama, invita a testimoniar el Evangelio para edificar con afabilidad un mundo nuevo, a través de los dones y los carismas recibidos».








