En nuestra sociedad se ha perdido en muchas ocasiones la confianza en los vendedores, en los comerciantes; la publicidad a veces es engañosa, no trata de presentar el mejor producto sino de vender lo que se produce y el carácter efímero de muchas cosas, la caducidad o la falta de calidad no tienen importancia. Otras veces, el «producto» es muy bueno, el mejor, pero los «comerciales» somos torpes.
Estamos convencidos de que la buena nueva, de que el Evangelio, de que el mensaje de Cristo es la mayor de las novedades también hoy, y de que el seguimiento de Cristo cambia la vida de las personas, y por tanto hacer llegar el mensaje de Cristo, evangelizar es una tarea prioritaria de la Iglesia en su conjunto y de cada cristiano en particular.
La semilla es buena, es la mejor semilla, pero a veces no la plantamos en el mejor sitio, en el mejor momento y sobre todo no la cuidamos para que crezca y se desarrolle como es debido. Hemos pasado de una sociedad en la que cada niño nacido era bautizado a otra donde la expresión «cuando sea mayor ya tomará él mismo la decisión» se impone en el mejor de los casos. La familia como unidad básica de transmisión de la fe pierde peso, y lo hace muchas veces a pasos gigantes. La fe no puede posponerse si de verdad creemos que es lo mejor para el mundo.
Son cada vez más los adultos, jóvenes y no tan jóvenes, que se plantean preguntas y se acercan a la Iglesia. Cuando alguien se acerca es necesario que encuentre una actitud de acogida. Parece que muchas veces estamos más pendientes de nuestras diferencias que de lo que nos une: Cristo. La fe puede vivirse desde múltiples carismas, desde diversas espiritualidades; pero debemos tener presente lo que nos une: Cristo.
Tan sólo viviendo nuestra fe desde el gozo, la unidad y de manera profunda y firme, seremos capaces de mostrarla de una manera atractiva a quienes se acercan a Cristo desde la duda y con voluntad de buscar respuestas; y Cristo es siempre la mejor respuesta.
Entonces puede haber muchas, terrenos donde plantarlas también, sembradores hay muchos. Nosotros tenemos la mejor semilla, el Evangelio, tenemos un mundo sediento de Cristo, necesitamos por tanto tratar de ser buenos sembradores.
Nos lo decía el papa Francisco: «la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe “festear”. Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, que también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.» ( Evangelii Gaudium , 24).







