Al comienzo del año, la Iglesia nos invita de modo especial a orar por la unidad de los cristianos. No se trata de una iniciativa secundaria ni de una preocupación marginal, sino de escuchar juntos el grito de Jesús en la Última Cena: «Padre, que todos sean uno». Esta súplica brota del corazón mismo de Cristo y expresa su deseo más profundo para sus discípulos.
La división entre los cristianos, la falta de comunión y la ruptura de la unidad a lo largo de la historia constituyen una herida dolorosa en el Cuerpo de Cristo. Como recuerda con frecuencia la Conferencia Episcopal Española, esta división debilita el testimonio evangelizador de la Iglesia y dificulta que el mundo crea en la fidelidad de la Iglesia a su fundador, Jesucristo. Unidos somos creíbles; divididos, nuestro anuncio pierde fuerza ante una humanidad que busca sentido, verdad y esperanza.
Sabemos que lo esencial del cristianismo es Cristo. Como afirmaba Romano Guardini, el cristianismo no es en primer lugar una idea o un sistema moral, sino una Persona viva. Es el Corazón de Cristo el que nos ha revelado el amor del Padre y es su Espíritu el que nos impulsa a la santidad, a la comunión y a la misión.
El verdadero ecumenismo no nace de estrategias humanas, sino de la conversión del corazón, de la oración perseverante y del deseo sincero de vivir según el Evangelio.
- El servicio al ecumenismo en la archidiócesis de Toledo. El servicio de Juan Manuel Uceta ha sido clave en el desarrollo del ecumenismo en la archidiócesis de Toledo. Su entrega generosa, su fidelidad a la Iglesia y su profundo amor a Cristo han ayudado a tender puentes de encuentro y diálogo
He vivido con Juan Manuel su pasión por el ecumenismo, su modo sencillo y evangélico de dialogar con todas las Iglesias históricas y con nuestros hermanos separados. Me consta su disponibilidad constante para ofrecer, acompañar y orar por la unidad y la comunión, con el único deseo de que el mundo crea.
Este servicio discreto, pero fecundo, refleja bien lo que la Iglesia en España propone: un ecumenismo vivido desde la caridad, la verdad y la paciencia, sin renunciar a la identidad católica, pero abiertos siempre al encuentro fraterno.
- Caminar juntos con Cristo en el diálogo y la comunión. Nuestra experiencia reciente de grupos sinodales, caminando juntos, nos recuerda que la Iglesia es ante todo un pueblo que peregrina unido, escuchando al Espíritu Santo. Este caminar juntos nos debe llevar siempre a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.
El Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos nos enseña que el verdadero ecumenismo parte de unas convicciones fundamentales, sin las cuales no podemos llamarnos cristianos: creer en la Santísima Trinidad, creer en la divinidad de Jesucristo y creer que Jesús fundó la Iglesia. Desde esta fe común, dialogamos con respeto y esperanza, no para diluir la verdad, sino para crecer en comunión, sanando heridas históricas y aprendiendo unos de otros. El diálogo ecuménico es siempre un acto de amor a Cristo y a su Iglesia.
En un mundo herido, caído y sediento de Dios, los cristianos estamos llamados a dar juntos testimonio del Evangelio, mostrando que la unidad no es uniformidad, sino comunión en la diversidad reconciliada.
- Una llamada a todas las comunidades cristianas. Al concluir este domingo el Octavario de Oración por los Cristianos, invito a todos seguir perseverando en la oración personal y comunitaria, la escucha de la Palabra de Dios y los gestos concretos de fraternidad. Como nos recuerda la Conferencia Episcopal Española, orar por la unidad es ya un primer paso hacia ella, porque nos sitúa humildemente ante Dios, reconociendo que la unidad es un don que hemos de pedir y acoger.
Que María, Madre de la Iglesia, interceda por nosotros, para que sepamos vivir este tiempo con un corazón abierto, humilde y obediente al Espíritu, y así podamos avanzar hacia la unidad querida por Cristo.







