Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

«Os aseguro que si estos callarán, gritarían las piedras» (Lc 19,40)

El gozo que proviene de la fe no se puede esconder, no es para esconderla. Aquel domingo la multitud enardecida salió a las calles ya las plazas de Jerusalén convencida de que el hijo de David había llegado, y que a partir de ese momento todo sería diferente. Tenían razón, pero estaban engañados. Engañados, porque aquel reino que habían anunciado los profetas desde hacía siglos, que debía devolver la dignidad de pueblo a Israel, no era como se le esperaban; no era un reino para los poderosos y rodeado de majestad, sino todo lo contrario: era un reino para los sencillos y humildes de corazón, con un rey montado en un asno. Pero tenían razón porque Jesús era verdaderamente rey.

Entre los gritos de euforia del domingo y los gritos de odio del viernes hay poco espacio de tiempo. Todos sabemos que las glorias de este mundo son huidizas, pero no son las apariencias las que valen, lo que vale es el fondo, el contenido, el mensaje. ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, el relato de la entrada triunfal en Jerusalén seguido de inmediato en la liturgia del Domingo de Ramos del relato de la pasión y muerte de Cristo? Apenas entramos en la iglesia y la liturgia nos muestra cómo aquellos gritos de alegría, aquellos mantos extendidos por los caminos, son sustituidos por el lamento del Salmo 21: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?» Un rey aclamado, se convierte a continuación en un malhechor abandonado de todos, que muere de una manera ignominiosa.

En la realidad de Dios no todo es como parece. Las aclamaciones del domingo no son creíbles, el abandono del viernes no es tal. La verdad la tendremos al amanecer del siguiente domingo, cuando de forma discreta la tumba quedará vacía. A partir de aquí, habrá que ver con los ojos de la fe: de otra forma podremos entender lo que ha sucedido. La resurrección es la más preclara de las realidades, y al mismo tiempo el mayor de los misterios.

«Si os digo que sí, no me creerá. Si le hago preguntas, no me responderá.» (Lc 22,67-68) A la incredulidad de quienes contemplaban a un Jesús indefenso y maltratado le ha sucedido nuestra frialdad ante el sufrimiento de los demás, imagen siempre de ese Cristo sufriente que nos dice la última palabra con su resurrección. La gran lección de estos días no es la compasión ante un Cristo vejado y torturado, la gran lección de estos días es reconocer su rostro en el sin hogar, en el inmigrante rechazado, en la víctima de malos tratos, en el dependiente y en el preso o exiliado por tantos motivos.

Dios es amor, pero necesitamos dedicarle tiempo, reconocerlo en el rostro del otro.

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now