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La palabra dada

¿Cuál es el valor de la palabra dada? En algunos momentos de la historia y en algunas tierras, la palabra dada era un signo suficiente de absoluta certeza. Si uno había dado una palabra acerca de algo y esta no se cumplía, se ponía en juego el propio honor. Uno puede sentir cierta nostalgia de esto. Hoy vemos cómo muchas veces la palabra dada no vale mucho y se retuerce la confianza dando a entender que se quiso decir otra cosa. No sé si somos totalmente conscientes de la importancia de la verdad para la cohesión de nuestra sociedad y del deterioro social que supone la desconfianza que genera la falta de ella. Entendemos aquí por verdad la sencilla correspondencia entre la palabra dicha y la voluntad que se quiere expresar. Este es el núcleo de toda alianza duradera.

Bajando a la vida cotidiana, es posible que alguno piense que no es para tanto, que en realidad es casi imposible vivir siempre una absoluta coherencia. Es cierto, pero no toda falta de correspondencia entre palabra y acción tiene el mismo valor. En los evangelios Jesús también se enfrenta con la falta de coherencia a la alianza que ve a su alrededor. Encontramos, por ejemplo, una parábola de Jesús que trata este tema a través de un doble caso. Se nos habla de un padre que tiene dos hijos a los que pide que vayan a trabajar a su viña. El primero dice que no quiere ir, pero luego se arrepiente y aparece; el segundo dice que irá, pero luego no aparece. Ambos faltan a la verdad de su palabra inicial, pero claramente percibimos que no significan lo mismo.

Hay dos elementos que diferencian ambas posturas. El primer aspecto, más evidente, es el orden de las cosas. El segundo hijo parece que sí quiere ir (o, al menos, así lo expresa), pero luego se ve retenido por otras cosas y no aparece; el primer hijo, en cambio, expresa con claridad que no quiere ir, pero luego sí va. Esto muestra, en primer lugar, que la acción tiene preferencia sobre las palabras, es decir, que en una alianza el amor está antes en las obras que en las palabras. Tomando del refranero español, «obras son amores, que no buenas razones». Al final lo más importante para mantener viva una relación es qué hacemos en favor de la otra persona.

El segundo aspecto, unido al primero, es el arrepentimiento. Esta palabra es central en la parábola de Jesús, hasta el punto de que se repite de nuevo en la conclusión, aplicada directamente a quienes Jesús se dirige, los líderes religiosos del pueblo. Ellos, como el segundo hijo, no se arrepintieron ni cambiaron de vida tras escuchar a Juan el Bautista. El verbo griego utilizado en el evangelio es un término muy poco frecuente, que podría ser traducido como el sentido del remordimiento, el dolor y las lágrimas por la mentira que se instala en la propia vida. De hecho, de entre los evangelistas, sólo lo utiliza san Mateo. Lo hace en dos pasajes: uno es este y el otro es uno referido a Judas, que al ver que Jesús había sido arrestado, sintió remordimiento por su traición. Podemos ver, así, que no basta con sentir el dolor por el mal cometido, ya que el final de este arrepentimiento es muy distinto en un caso y en el otro: los publicanos y las prostitutas se arrepienten al oír al Bautista y cambian de vida, mientras que Judas no puede soportar el dolor del remordimiento y se quita la vida.

No siempre podemos ser fieles a la palabra dada. Pero lo que Jesús condena en el caso de los líderes religiosos del pueblo no es el error en sí, sino que ni siquiera perciban y se duelan de su mentira. Por eso, personas que aparentemente llevan vidas más alejadas de Dios, como los publicanos y las prostitutas, van más adelante en la acogida del Reino de Dios. Esta es la verdadera llamada: no una exigencia de coherencia imposible, sino la valentía de mirar nuestra fragilidad cara a cara y permitir que Dios nos transforme de verdad.

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