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El año nuevo de León XIV: «El mundo no se salva afilando las espadas, sino esforzándose por perdonar y acoger a todos»

En la Jornada Mundial de la Paz, ha insistido la necesidad de «construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia»

El 2026 ha comenzado para León XIV con la Eucaristía en la fiesta de Santa María, Madre de Dios, en la que ha recordado, como ya ha hecho varias veces en este tiempo de Navidad, que Dios viene «desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna».

¿Y por qué? Pues dice el Papa que para enseñarnos que «el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo».

También ha vuelto a poner a María como ejemplo para nuestra vida cristiana. Porque en ella, ha explicado, se encuentran dos realidades: la de Dios que renuncia a todo privilegio de su divinidad y la de la persona que con confianza abraza su voluntad, «rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande: la libertad».

Y ha concluido: «Acerquémonos al pesebre, en la fe, como al lugar de la paz “desarmada y desarmante” por excelencia, lugar de la bendición, donde hacer memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir, como los humildes testigos de la gruta, «alabando y glorificando a Dios» (Lc 2,20) por todo lo que hemos visto y oído. Que este sea nuestro compromiso, nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana».

Tras la celebración eucarística, el Pontífice, desde la ventana del palacio apostólico, dirigió el rezo del ángelus con una petición central: la paz. Ya lo avanzó antes de comenzar la oración mariana, justo en la Jornada Mundial de la Paz: «Oremos todos juntos por la paz; sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor».

Tras recordar que esta jornada se celebra desde 1968 por iniciativa de san Pablo XIV, ha subrayado la necesidad de una paz desarmada y desarmante —verdadero leitmotiv del pontificado—, «que proviene de Dios, don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad».

«Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos desde hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia», ha concluido.

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