El Papa ha apuntado los reflectores a los nuevos retos, por sus efectos corrosivos en la sociedad, sobre todo, en la mente y la conducta de adolescentes y jóvenes
Entre tantos rasgos que perfilan la personalidad del nuevo Papa figuran los de científico, jurista y hombre de nuestro tiempo, buen conocedor de los problemas que afectan a cada una de las zonas del mundo. Robert Prevost fue licenciado en Matemáticas antes de máster en Teología y doctor en Derecho Canónico. A ese bagaje intelectual y científico se une el uso habitual, desde hace años, de los ordenadores, teléfonos inteligentes y redes sociales omnipresentes en nuestra sociedad. Es el primer Papa que lleva tiempo utilizando WhatsApp. Sabe perfectamente en qué medida y en qué grupos de edad los teléfonos móviles han sustituido a los padres, los púlpitos e incluso las cátedras en la transmisión de la fe y los valores. O el ritmo al que videojuegos y redes sustituyen a los libros.
Ese conocimiento del mundo digital le llevó a tomar el nombre de León XIV «porque León XIII, con la Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo», según explicó a los cardenales.
Poco después señalaba a los embajadores acreditados ante la Santa Sede la necesidad de «afrontar con mayor vigor los desafíos de nuestro tiempo, como las migraciones, el uso ético de la inteligencia artificial y la protección de nuestra amada tierra». Les advertía que «allí donde las palabras asumen connotaciones ambiguas y ambivalentes, y el mundo virtual, con su percepción distorsionada de la realidad, prevalece sin control, es difícil construir relaciones auténticas».
Los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia son muchos. El Papa no va a descuidar los antiguos, pero ha apuntado los reflectores a los nuevos, por sus efectos corrosivos en la sociedad, sobre todo, en la mente y la conducta de adolescentes y jóvenes, los más vulnerables en un mundo digital donde poderosas empresas hacen fortunas con las adicciones a los videojuegos —a veces consistentes en matar a otros hasta que quede solo un jugador vivo—, las apuestas online, la pornografía y la obsesión por la imagen. A estas se añaden las conversaciones adictivas con las inteligencias artificiales «amorosas», que ya abundan en las redes, algunas sentimentales y otras sexualmente explícitas.
En un profundo discurso a la Fundación Centesimus Annus pro Pontifice, León XIV ha señalado que «en el contexto de la revolución digital en marcha, debemos redescubrir, enfatizar y cultivar nuestro deber de formar a las personas en pensamiento crítico, superando las tentaciones de no hacerlo que a veces se dan en círculos eclesiales». Y advertía que «hay tan poco diálogo a nuestro alrededor porque muchas veces lo sustituye el griterío, con frecuencia en forma de fake news y argumentos irracionales propuestos por unas pocas voces poderosas».
Los padres de adolescentes y jóvenes, que a veces sobreprotegen frente a peligros externos, descubren que sus hijos dejan de prestarles atención o exhiben ideas cada vez más raras porque no han sabido protegerles frente a los peligros de las pantallas. Las grandes empresas tecnológicas, que ahora tienen más peso político y menos límites en EE. UU., no solo roban la atención de los chicos, sino que propagan la ideología de los supermillonarios que dominan el sector. El brote de xenofobia, racismo, masculinidad tóxica o misoginia entre los más jóvenes no es casual. Como tampoco el contagio del credo TESCREAL —engloba varias ideologías, entre ellas, el transhumanismo— y el entusiasmo por las criptomonedas, network states y utopías libertarias en un curioso neopaganismo tecno.
Los problemas que los padres notan en casa los detectan igualmente catequistas, párrocos e instituciones educativas. Cada vez resulta más difícil transmitir la fe o el espíritu cristiano de fraternidad y servicio en un mundo de influencers.
El Papa conoce bien este cuadro, y por eso se ha referido a la revolución tecnológica, la inteligencia artificial y el «cambio de época» que anunciaba su predecesor. León XIV se prepara a responder a estos «nuevos desafíos», con las armas de la oración, la razón, la alfabetización digital de padres y educadores, y la misión.








