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Peregrinos y sembradores de esperanza

El próximo 2 de febrero, la Iglesia celebra la XXIX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En pleno Jubileo Ordinario celebrado bajo el signo de la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5, 5), todos los cristianos, pero especialmente las personas consagradas, estamos llamados a convertirnos en <<peregrinos y sembradores de esperanza>>, tal como reza el lema escogido para esta Jornada.

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada nos recuerdan el doble objetivo que propuso s. Juan Pablo II al instituir esta celebración. El primero: que el Pueblo cristiano valore cada vez más el testimonio de las personas consagradas. Efectivamente, en ellas encontramos un verdadero ejemplo de esperanza, de una esperanza que no defrauda, puesto que no se para en las riquezas, ni en el apego afectivo humano, ni en el culto a la voluntad cerrada y autosuficiente, sino que se basa en la promesa del Señor y peregrina a su encuentro pleno en la ciudad celeste. Por otra parte, la Jornada pretende también que las personas consagradas se configuren cada vez más con Cristo y renueven su total consagración al Señor.

Estos hombres y mujeres están llamados a vivir en vigilante y paciente espera del Señor, evitando caer en la somnolencia, la decepción y la resignación. Para ello, se esfuerzan en vencer las tentaciones de la cantidad y la eficiencia, pues la esperanza no se funda en los números, ni en las obras, sino en Dios; también en no fiarse de las propias fuerzas para no caer en el derrotismo.

Estos hombres y mujeres han de redescubrir también la necesidad de sembrar esperanza en un contexto como el actual en el que la injusticia parece no descansar, se cuestiona la hospitalidad con el migrante, los pobres dan urticaria a muchos, se trata a las personas como si fueran mercancía, la economía busca fundamentalmente la rentabilidad… Pues bien, en este terreno, aparentemente sembrado de sal, la persona consagrada ha de esparcir semillas de esperanza; señalamos dos: la misión profética y las nuevas relaciones.

Atentos a la voz del reciente Sínodo que afirma que la vida consagrada esta llamada a interpelar a la Iglesia y a la sociedad con su voz profética (cf. n. 65), los consagrados, superando también la tentación de permanecer callados, sienten el deber de denunciar la injusticia y la exclusión, poniéndose de parte de los pobres y de los débiles. También siembran la semilla de la esperanza de unas nuevas relaciones. El mismo Sínodo alude al desafío social y eclesial que supone el individualismo cultural y el aislamiento de las personas, víctimas de la tentación de encerrarse en sí mismas o en su grupo más cercano. Frente a las relaciones malheridas se ha de apostar por el cuidado mutuo, la interdependencia y la corresponsabilidad por el bien común (cf. n. 48).

Conscientes de su vocación, los consagrados descubren y transmiten la mística de vivir juntos, de encontrarse y apoyarse, de hacer realidad una auténtica experiencia de fraternidad, puesto que, “salir de sí mismo para unirse a otros hace siempre bien” (Papa Francisco). Estas relaciones nuevas nacen del encuentro con Cristo y se prolongan en unas relaciones fraternas entre sí, con los pastores, con los laicos y, sobre todo, con los más pobres y excluidos.

Para concluir, deseo recordar a todos los diocesanos que nuestra Iglesia particular adelanta al sábado, día 1 de febrero, a las 12 del mediodía, en la SAI Catedral de Astorga, el Jubileo de la Vida Consagrada. Para los consagrados será una buena ocasión para renovar su entrega al Señor y, para los demás, la oportunidad de dar gracias a Dios por su testimonio y de encomendarlos al Señor, de forma que reanimen con su peregrinar y con su siembra nuestra esperanza. Que así sea.

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