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Ponencia final del Encuentro de Laicos sobre el Primer Anuncio

INTRODUCCIÓN  

La jornada del domingo está formada por tres momentos importantes: ponencia final (donde se integran del modo más oportuno las aportaciones del sábado), Eucaristía y acto de envío. Desde el momento en el que el Encuentro se concibe como un todo, la sesión del domingo enlaza con la del viernes, que ha servido para situarnos y plantear la tarea que se nos encomienda durante el fin de semana y tiene como punto de partida las aportaciones/resonancias de los participantes en las distintas paradas. Todo el fin de semana es un Reconocer-Interpretar-Elegir: el viernes hemos visto el momento en el que estamos, a la vez que los retos que se nos presentan y las oportunidades que se nos ofrecen con respecto al primer anuncio; el sábado hemos profundizado en la reflexión con experiencias concretas que nos han interpelado sobre nuestra realidad particular; y el domingo nos disponemos a poner en práctica lo que hemos visto y oído. 

La ponencia final tiene, por tanto, como objetivo recoger lo vivido durante el fin de semana, tomar conciencia de la presencia de Dios, animarnos a todos a seguir haciendo camino. Deberemos continuar impulsando procesos en torno al primer anuncio en nuestras distintas realidades eclesiales de procedencia y ayudar a experimentar la alegría de seguir caminando juntos.

La ponencia es puente entre la síntesis del camino recorrido presentada el viernes y el envío que tendrá lugar tras la Eucaristía. Quiere ilusionar, animar, crear comunión e infundir fuerzas para continuar el camino. 

No se trata de una ponencia al uso, sino de una presentación dialogada –trialogada, en realidad–, en la que los ponentes interaccionan entre sí y, en algún momento, con el resto de participantes. Al integrar en ella los ecos de las paradas, visibilizamos la riqueza de lo que estamos haciendo en nuestras distintas realidades eclesiales, pero también lo mucho  que nos queda por hacer. En definitiva, nos ayuda a visualizar dónde estamos y hacia dónde queremos ir, porque vemos que es el camino que nos marca el Espíritu.

En el escenario podemos ver dos símbolos relevantes: el icono que ha ocupado un lugar central durante la presentación orante del viernes y una imagen visual que nos señalaba cada una de las paradas del sábado. Añadiremos una tercera, fundamental, a lo largo de la ponencia: la imagen de María, nuestra Madre, que nos acoge y alienta, como hizo con los apóstoles en Pentecostés. 

La ponencia da comienzo tras la oración inicial de la mañana y, a continuación, tendrán lugar la Eucaristía y el acto de envío. No se trata de tres momentos separados, sino de un único momento. El hilo conductor es la Palabra: la oración, conectada con la ponencia, y los mensajes del Papa Francisco. La Eucaristía final ha de verse como una inmensa acción de gracias.  

En la ponencia utilizaremos dos textos del Evangelio como referencia: la llamada a los discípulos al inicio de su vida pública (Mc. 1, 16-20) y el mandato misionero al final (Mt. 28, 18-20): hemos sido llamados a este Encuentro y volvemos enviados. 

El hilo conductor es el discurso del santo padre Francisco a los participantes en un importante congreso organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, hace justo un año, en el que algunos de los presentes, en representación de la Iglesia que peregrina en España, tuvimos ocasión de participar.

Contamos con tres ponentes muy especiales: Jesús Úbeda, Jorge Botana y Eva Fernández, simbolizando las tres vocaciones que integran el Pueblo de Dios, pero también el trabajo conjunto que estamos haciendo desde dos departamentos distintos de la Conferencia Episcopal Española en torno al primer anuncio. Ellos dan voz a una ponencia redactada en equipo, a muchas manos. En realidad, tantas manos como personas están participando en este proceso. 

I.- UNA PÁGINA EN BLANCO QUE ESTAMOS ESCRIBIENDO PARA REALIZAR EL SUEÑO DE DIOS 

«Este Pueblo de Dios en salida vive en una historia concreta, que nadie ha elegido, sino que le viene dada, como una página en blanco donde escribir. Está llamado a dejar atrás sus comodidades y dar el paso hacia el otro, intentando dar razón de la esperanza (cf. 1 P 3,15), no con respuestas prefabricadas, sino encarnadas y contextualizadas para hacer comprensible y asequible la Verdad que como cristianos nos mueve y nos hace felices».

En estos días estamos teniendo muy presentes los distintos mensajes del Papa Francisco. En particular, el que nos dirigió a los participantes en el Congreso de Laicos. Queremos fijarnos ahora en estas palabras, porque constituyen el punto de partida de todo el trabajo realizado en estos dos años en torno al primer anuncio y, más ampliamente, de todo lo vivido tras el  Congreso: «Este Pueblo de Dios en salida vive en una historia concreta, que nadie ha elegido, sino que le viene dada, como una página en blanco donde escribir. Está llamado a dejar atrás sus comodidades y dar el paso hacia el otro, intentando dar razón de la esperanza (cf. 1 P 3,15), no con respuestas prefabricadas, sino encarnadas y contextualizadas para hacer comprensible y asequible la Verdad que como cristianos nos mueve y nos hace felices».

Esa es la página en blanco que comenzamos a soñar con el Congreso de 2020 y con las ideas iniciales sobre primer anuncio que tuvieron lugar en los diferentes grupos de reflexión; que hemos empezado a escribir, tanto a nivel nacional como en nuestras diócesis, asociaciones y movimientos, durante el bienio dedicado a este itinerario; y que continuaremos desarrollando, en relación con los otros tres itinerarios, en nuestras comunidades, cuando volvamos a ellas con energías, fuerzas y esperanzas renovadas. 

Hemos reflexionado mucho sobre qué es primer anuncio, una acción fundamental, inherente al bautismo, que tiene por objeto proclamar el Kerigma y propiciar así un encuentro vivo con Jesucristo en aquellos que no lo conocen. Hemos comenzado a interiorizar la importancia de que cada uno de nosotros, como bautizados, veamos en el primer anuncio una prioridad, asumiendo el coraje y la alegría de encarnar el Evangelio en medio de las realidades cotidianas donde cada uno de nosotros está presente. Hemos descubierto, como nos anticipaba el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, que cada uno de nosotros es una misión (EG 273)

Este descubrimiento trae consigo un efecto multiplicador. A nivel personal reorienta nuestra vida de fe; una fe que no es solo para nosotros mismos, sino, sobre todo, para los demás.  Porque no podemos olvidar que el primer anuncio es un acto de confianza y una acción de caridad, en un doble nivel: de Dios hacia nosotros, que nos ama y nos confía una misión importante; y de nosotros hacia quienes están a nuestro lado, cuyas vidas Dios nos ha confiado, con quienes compartimos un inmenso tesoro que llevamos en vasijas de barro. 

Sabemos que este proceso de interiorización no es fácil. Cómo anunciar a los hombres y mujeres de hoy la vida, el proyecto de fraternidad y el misterio de Jesucristo, hijo de Dios, en este mundo y en este tiempo es un desafío enorme, individual y comunitariamente. Pero, si lo pensamos bien, es el desafío al que se han tenido que enfrentar las distintas generaciones de cristianos a lo largo de la Historia de la Iglesia. Es más, asumir la misión de anunciar a Jesucristo nos conecta con ella y, más aún, con la misión para la que fue fundada. Si decimos, con palabras del Concilio, que la Iglesia es el proyecto de salvación de Dios para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con nuestra labor evangelizadora, que parte de la comunidad y vuelve a ella, estamos encarnando la sucesión de discípulos misioneros, estamos siendo protagonistas de la historia de la Iglesia. En definitiva, estamos realizando el encargo de nuestro Maestro: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). 

Suena fuerte, ¿verdad? Y, ciertamente, lo es. Cada generación de creyentes tiene la tarea de actualizar la misión de la Iglesia, no en el sentido de hacerla nueva –porque esa misión vino determinada por el mismo Jesucristo y es siempre la misma– sino de hacerla propia, en las circunstancias concretas del tiempo presente. Se trata de que seamos capaces de descubrir los signos de los tiempos, o mejor aún los signos de Dios, la presencia de Dios a nuestro alrededor.

Y todo esto, en definitiva, como nos dice el Papa, para hacer asequible y cercana a las gentes de hoy la verdad que como cristianos nos mueve y hace felices. El viernes, durante nuestra presentación orante, hicimos memoria agradecida del camino que estamos recorriendo, una lectura compartida de esa página en blanco que hemos comenzado a escribir entre todos. Hoy domingo, tras el ejercicio de diálogo y discernimiento de las distintas paradas de ayer sábado, queremos ofrecer una serie de claves que han de seguir iluminando nuestro camino. 

Es importante tener presente que no son claves preparadas por quienes las estamos presentando; tampoco por el equipo que ha trabajado en esta ponencia. Son claves que hemos visto entre todos, a lo largo del proceso y, en particular, en las paradas. Por eso, esta ponencia es vuestra. 

Una de esas claves, que nos había pasado desapercibida hasta este momento y que resulta de aplicación con carácter transversal a todo lo que vamos a decir en esta ponencia, es la perspectiva desde la que miramos el primer anuncio

El primer anuncio no es una tarea, no es una obligación, no es una acción; a través del primer anuncio vamos a un encuentro con alguien que nos espera; alguien con minúscula y Alguien con mayúscula. El primer anuncio no es sólo para el otro, es también para nosotros mismos. Es el lugar concreto donde Cristo quiere construir mi vida, donde quiere hacerme suyo. Si nos saltamos eso, nos saltamos a Cristo. En definitiva, en el primer anuncio nos jugamos nuestra santidad personal. 

Grabemos esta idea en nuestros corazones y vayamos escuchando todo lo que vamos a compartir desde esta clave, porque con ella el primer anuncio adquiere una dimensión diferente.

II.- LA IMPORTANCIA DEL PROCESO Y DE LAS PARADAS EN EL CAMINO: CLAVES PARA NUESTRA ACCIÓN PASTORAL Y PARA NUESTRA PROPIA VIDA Y LA DE NUESTRAS COMUNIDADES DE REFERENCIA  

1.- Sinodalidad y discernimiento

“La sinodalidad encuentra su origen y su fin último en la misión, nace de la misión y está orientada a la misión”. 

El proceso que emprendimos con el Congreso de Laicos, ya desde su misma preparación, partió de una doble clave principal que nos ha ido iluminando y ayudando a dar pasos: sinodalidad y discernimiento. De un lado, nada está decidido, sino que hemos de hacerlo nosotros, ante las circunstancias de cada momento, discerniendo, dejándonos iluminar por el Espíritu; de otro, lo construimos juntos, sinodalmente, en comunión, unidos en la diversidad. Sinodalidad y discernimiento son claves del postcongreso y lo han de seguir siendo en el camino que está por venir. 

Si lo pensamos bien, resulta verdaderamente impresionante. Cuando comenzamos a pensar en el Congreso de Laicos, soñábamos con un modo distinto de hacer las cosas, más sinodal, menos personalista, menos clerical. Y descubrimos, cuando apenas sabíamos qué significaban las palabras sinodalidad y discernimiento, que ambas van de la mano y son herramienta eficaz para activar procesos que nos ayuden a hacer realidad el sueño de Dios para el momento presente. Hoy, cuatro años después, hemos hecho experiencia de ambas y sabemos que en ellas está la clave para seguir avanzando. 

El Papa Francisco, que nos ha acompañado y nos sigue acompañando en este camino  con sus mensajes, nos ha regalado un sínodo para toda la Iglesia universal, que sigue continúa avanzando y que conecta directamente con el proceso que hemos abierto en la Iglesia que peregrina en España. No en vano, nos lanzaba una pregunta a la cual estamos tratando de dar respuesta: ¿Cómo ser una Iglesia sinodal en misión?(documento de Directrices para los trabajos de la Asamblea de 2024).

Es lo que estamos discerniendo. El discernimiento no es una moda, ni sólo una metodología, sino, sobre todo, una actitud interior y una práctica concreta que buscan descubrir a nivel personal y comunitario el plan de Dios, su voluntad, su llamada a ser discípulos misioneros.  Nos ayuda a ver el primer anuncio no como una carga u obligación, sino como una misión. Para anunciar a Jesucristo se necesita una fuerte motivación, aunque ninguna es suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (EG 261).  

Al mismo tiempo, somos conscientes de que el Espíritu sopla de múltiples formas y en espacios muy variados. Junto con los intensos trabajos que hemos llevado a cabo desde la Comisión de Laicos, Familia y Vida, desde la Comisión de Evangelización, Catequesis y Catecumenado de la Conferencia Episcopal se está promoviendo, de forma eficaz, un proceso ilusionante con el objeto de crear las estructuras adecuadas que permitan potenciar el primer anuncio y convertirlo, verdaderamente, en el centro de nuestra acción pastoral. 

Y es que no podemos olvidar que, aunque cada uno de nosotros es una misión y todos los bautizados estamos llamados a la evangelización, lograr este objetivo también requiere personas y estructuras que lo animen e impulsen. Pero, sobre todo, resulta imprescindible integrar el primer anuncio en la pastoral ordinaria. Ello exige cambiar mentalidades en lo personal, lo pastoral y lo estructural. Es lo que están tratando de construir desde el Área de Primer Anuncio de esta Comisión y lo valoramos y apreciamos mucho. 

Fijémonos bien: en uno y otro caso, no se trata de iniciativas diseñadas jerárquicamente, sino de procesos impulsados colectivamente, desde el Consejo Asesor de Laicos y desde el Área de Primer Anuncio, donde estamos presentes miembros de todo el Pueblo de Dios de las diferentes diócesis, asociaciones y movimientos y desde los cuales estamos siendo capaces de generar sinergias, atentos a la luz del Espíritu, para confluir en el fin primordial de la Iglesia, que es la evangelización. 

Todos nosotros estamos invitados a discernir comunitariamente si nuestras acciones de primer anuncio responden a la llamada que nos hace el Espíritu. Éste nos invita no tanto a centrarnos en los números o a generar simplemente experiencias, sino a que trabajemos para que las personas que reciben el Anuncio se incorporen a una comunidad donde puedan seguir un proceso de iniciación cristiana y finalmente convertirse en discípulos misioneros que salgan a las periferias, tanto existenciales como materiales. Por ello, también tenemos la responsabilidad de discernir, en cada comunidad, qué metodologías se adaptan mejor a nuestras realidades y a nuestros hermanos. En definitiva, discernir nos ayuda a armonizar las diversas experiencias de primer anuncio, que son patrimonio de la Iglesia, en cada realidad concreta, buscando la complementariedad. No en vano, como señala el Papa Francisco, el anuncio, «a veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta» (EG 128).  

Sabemos que el Espíritu es el mismo, que nosotros somos la misma Iglesia, que nuestra misión es compartida. Estamos caminando juntos, de la mano del Señor. 

2.- Un camino, abierto, que seguir construyendo…

Desde el comienzo he dicho que sueño con una Iglesia misionera. Sueño una Iglesia misionera. Y me viene a la mente una imagen del Apocalipsis, cuando Jesús dice: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien […] me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos» (Ap 3,20). Pero hoy el drama de la Iglesia es que Jesús sigue llamando a la puerta, pero desde el interior, ¡para que lo dejemos salir! Muchas veces se termina siendo una Iglesia “prisionera”, que no deja salir al Señor, que lo tiene como “algo propio”, mientras el Señor ha venido para la misión y nos quiere misioneros”

Estamos caminando juntos y sabemos cuál es la meta. Pero no buscamos un itinerario único para alcanzarla, una línea recta y uniforme por la que todos debamos transitar. Eso sería encasillar al Espíritu y encerrar al Señor en cuatro paredes construidas a nuestra conveniencia. 

Por ello, en esta ponencia final no vamos a ofrecer un proyecto de conjunto cerrado. No existen recetas mágicas ni únicas para anunciar a Jesucristo, aunque a veces tenemos la tentación de buscarlas o pedirlas. Además, cada realidad eclesial y cada realidad cotidiana tienen sus propias características y circunstancias, y cada persona es maravillosamente diferente. Y, desde luego, cada una tiene su propio proceso, su historia personal de encuentro con Cristo, y hemos de respetarlo y acogerlo. En definitiva, todos estamos llamados a la misión, pero es cada persona, a la luz del Espíritu, quien la realiza en un momento y lugar concretos. Esa es su tarea y su responsabilidad.

Las palabras del Papa nos interpelan para dejar salir al Señor, para no ser “carceleros” de su mensaje de salvación. Nos animan a salir para llevarlo a las personas allí donde están, a ir a su encuentro sin esperar a que vengan a nosotros.

Nuestra función hoy es exponer las claves que han estado presentes durante el fin de semana –y, más ampliamente, en el bienio en el que hemos profundizado en el primer anuncio– para poder concretar después en cada lugar, tomando en consideración las circunstancias específicas de la comunidad de procedencia, cómo seguir el camino para ser Iglesia en Salida, para anunciar el Kerigma. Las preguntas, retos, luces y sombras que se han planteado durante el Encuentro son la puerta que abre a la continuidad del proceso.

En definitiva, partiendo de lo que nos señala el Papa sobre la necesidad de excluir respuestas prefabricadas, buscamos proponer, no pautar; alentar a cumplir con la misión que cada uno ha recibido de su realidad eclesial, no darnos un itinerario completamente marcado que ejecutar con rigurosa meticulosidad. Vamos a tratar de poner nombre y dar voz a lo que todos los aquí presentes y las comunidades desde las que hemos sido enviados –y a las que volveremos al acabar, no lo olvidemos– estamos haciendo en respuesta a la llamada a la misión. En definitiva, construir un puente para conectar este espacio común que ha sido el Encuentro con cada una de nuestras comunidades. 

3.- …desde unas claves compartidas

“esta es la intuición que siempre debemos custodiar: la Iglesia es el santo Pueblo fiel de Dios, no populismo ni elitismo, es el santo Pueblo fiel de Dios. Esto no se aprende teóricamente, se entiende viviéndolo (…). Compartir la misión acerca a los pastores y a los laicos, les da un propósito común, manifiesta la complementariedad de los diversos carismas y, por eso, suscita en todos el deseo de caminar juntos

Deseamos caminar juntos con un propósito común: compartir y vivir la misión. Es evidente que no hay recetas universalmente válidas ni fórmulas mágicas, pero sí palabras clave que nos marcan el camino de forma cada vez más clara y concreta: Espíritu Santo, conversión personal y comunitaria, vida de oración, llamada, servicio, comunidad, corresponsabilidad, renovación pastoral, madurez laical, acogida, escucha, discernimiento, acompañamiento, parroquia, testimonio, alegría, envío, esperanza, para hoy, para todos…. 

Efectivamente, a ese caminar juntos nos ayudan una serie de claves que hemos ido descubriendo en este tiempo. Muchas están recogidas en la Guía de trabajo del poscongreso (“Hacia un renovado Pentecostés”, CELFyV 2020), en la que, tal y como asumimos en su momento, hemos de ver una especie de brújula que nos marca el camino. Otras las hemos incorporado después al instrumento de trabajo de nuestro encuentro Pueblo de Dios unido en la misión (XLIV Jornadas de Apostolado Seglar, octubre 2023) y en el Documento Marco del Área de Primer Anuncio de la Comisión para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado. Algunas las hemos descubierto en las paradas este fin de semana; otras no están aún porque llegarán al continuar avanzando en el proceso. 

Nos gustaría resaltar en este momento algunos acentos y elementos que consideramos relevantes, porque resuenan con especial fuerza en nosotros. 

La condición primordial para poder anunciar a Jesucristo es tener experiencia de Él, haberse encontrado con el Señor, que llama y actúa. Sin una vivencia interior y profunda, la fe no puede exteriorizarse; en definitiva, para anunciar a Jesucristo hemos de estar llenos de Jesucristo. De hecho, como nos han señalado nuestros obispos en el  Instrumento de trabajo pastoral sobre persona, familia y sociedad “El Dios fiel mantiene su alianza”, la ausencia de este encuentro vivo con Jesucristo es una de las causas del fracaso de la transmisión de la fe que estamos viviendo (n. 52).

Y es que sólo puede compartirse lo que se tiene: si existe ese encuentro personal y renovado con Cristo podremos presentar y comunicar una persona viva, que llena de sentido nuestra propia existencia. Y esto se permea también en nuestra actitud que debe ser propositiva, empática, transmisora de autenticidad; se comunica por atracción, porque como dice el Papa Francisco, “El bien siempre tiende a comunicarse” (EG 9).

Este anuncio exige fidelidad al Evangelio, conocer y encarnar el contenido del kerigma. También crear espacios y promover estructuras que faciliten ese encuentro con Cristo vivo y resucitado. 

El anuncio ha de ser personal, realizado con palabras pero siempre desde la cercanía, la amistad y el testimonio de vida, en lo cotidiano. El Primer Anuncio empieza en nuestro metro cuadrado más cercano: familia, compañeros de trabajo, vecinos; todas las personas que pasan a nuestro lado, sin distinción, ni exclusiones pueden recibir el anuncio y descubrir el Kerigma. También hemos de concebir y trabajar el anuncio como un ofrecimiento gozoso y como un servicio a los demás, nunca como una obligación o imposición. 

Por ello, vemos que la clave fundamental es el otro. El gozo que deriva de nuestra experiencia vital de encuentro con Jesús no es para deleitarnos; es para compartirlo y ofrecerlo a nuestros compañeros de vida. Hemos de ser capaces de comprender que el centro está en los demás, no en nosotros.

A tal fin, la escucha es una actitud imprescindible y el diálogo una herramienta fundamental para el primer anuncio, siempre desde la apertura al otro, sintiéndose interpelado por él y, al mismo tiempo, haciendo que el otro se sienta amado y querido. Para hacerlo posible hemos de conocer muy bien, hemos de querer a la persona a la que anunciamos a Cristo. No es una escucha genérica o anónima, sino personal, porque cada uno tiene una historia que hay que respetar y acompañar (personas en búsqueda, con fuertes deseos de verdad, otras quizás marcadas por heridas o que han crecido en contextos no creyentes) y todos necesitan sus tiempos.

Por ello, como actitudes necesarias a la hora de poner en práctica el primer anuncio no nos pueden faltar la alegría, la acogida, la esperanza, la valentía, la gratuidad o la humildad, y la mirada contemplativa y misericordiosa hacia las personas y la realidad, actitudes que estamos llamados a ir trabajando en nosotros desde el encuentro personal con el Señor y desde la asunción personal de la misión.

Como tampoco nos puede faltar un lenguaje adecuado para que se entienda lo que anunciamos (es importante lo que decimos y también cómo lo decimos). Nuevos lenguajes, nuevos métodos, nuevas formas de estar presentes en los nuevos areópagos, pero siempre buscando el encuentro con el otro. El primer anuncio debe provocar un primer encuentro.

Junto con todo lo anterior, es necesario conectar catequesis con primer anuncio, en un doble sentido: de un lado, dar un carácter más kerigmático a nuestros procesos catequéticos; de otro, cambiar la inercia de muchos años de una Iglesia que pone el énfasis en la administración de los sacramentos, a una Iglesia evangelizadora, centrada en el primer anuncio, en la que la recepción de los sacramentos sea una consecuencia de ese primer anuncio y no una rutina pastoral. En definitiva, el primer anuncio ha de traducirse en procesos de aproximación y de iniciación cristiana que favorezcan el encuentro con Jesús. 

Son muchas más las claves que han aparecido, ciertamente. Son muestra de un hecho evidente, y es que este proceso nos interpela: hemos descubierto que el primer anuncio ha de ser el centro de nuestra acción pastoral y de nuestra vida. Cada cual ha de vivir la vocación a la que ha sido llamado desde sus circunstancias concretas, a nivel personal y comunitario, pero con el primer anuncio como centro de su vida y de su misión. 

En cualquier caso, lo anteriormente señalado requiere ser muy conscientes de que todo es obra del Espíritu, que precede, realiza y consolida la experiencia de encuentro con Jesús vivo y resucitado; lo cual nos debe impulsar y animar a la misión confiando en el poder de su acción; y a la vez para realizar un discernimiento adecuado…

Por ello, conviene reiterarlo, la premisa de todo es la conversión, algo que no podemos dar por supuesto, como la Iglesia nos ha enseñado: ecclesia semper reformanda, siempre a la escucha y a la acogida del primer amor. Quizá este sea uno de los desafíos más importantes: cómo hacer para que cada uno de los bautizados pueda vivir su vocación a la santidad y la misión con el ardor y el fervor que da el Espíritu Santo. Sin conversión (personal y comunitaria) no hay conversación que toque los corazones. Lo señala muy bien el Papa Francisco: “El elemento fundamental es la pertenencia a Cristo (…) todo el resto es secundario”.

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¡Cuánta belleza y cuánta riqueza! ¿verdad? Es la riqueza que deriva de la diversidad de vocaciones, de carismas, de “sensibilidades, enfoques y perspectivas a la hora de vivir la fe” – (Guía de Trabajo del Postcongreso). Una riqueza que nos habla del hecho cierto de que entender la complementariedad de las vocaciones nos ayuda en la misión. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos nos acompañamos unos a otros porque nos sabemos miembros de un mismo pueblo, el Pueblo de Dios. 

4.- Todo ello, sin olvidar los otros tres itinerarios 

«La formación tiene que orientarse a la misión; no solamente a las teorías, de otro modo se cae en las ideologías (…). Esta formación nace de la escucha del Kerygma, se alimenta con la Palabra de Dios y los sacramentos, nos ayuda a crecer en el discernimiento, personal y comunitario, nos involucra inmediatamente en el apostolado y en diversas formas de testimonio, a veces sencillos, que nos llevan a acercarnos a los demás. ¡El apostolado de los laicos es sobre todo testimonio! Testimonio de la propia experiencia, de la propia historia, testimonio de la oración, testimonio del servicio a quienes pasan necesidad, testimonio de la cercanía a los pobres, cercanía a las personas solas, testimonio de la acogida, sobre todo por parte de las familias. Y es de este modo que se nos forma para la misión: saliendo al encuentro de los demás».

Nuestro camino compartido nos está llevando a avanzar apoyados en cuatro hitos que, de algún modo, concretan la misión de la Iglesia y expresan el proceso natural de fe que vivimos cada bautizado: primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y presencia en la vida pública. Todos los itinerarios están conectados y, aunque estemos poniendo el foco de atención en el primer anuncio, tenemos muy presentes los otros tres. 

El primer anuncio es innovación y renovación. Innovar es mudar algo, introduciendo novedades; renovar es sustituir una cosa vieja por otra nueva. Sin embargo, ambas acciones tienen una acepción común: devolver algo a su primer estado, es decir, recuperar y afianzar lo esencial. Efectivamente, sería un error entender que hemos de reformar las cosas porque es momento de hacerlo, porque el mundo ha cambiado, porque la Iglesia ha de adaptarse a los tiempos. La innovación por la innovación es un error. La renovación nunca puede ser un fin en sí misma. Lo que estamos tratando de hacer es redescubrir la centralidad del primer anuncio en nuestras comunidades y en nuestras vidas, como lo vivieron los primeros cristianos. Y eso lo cambia todo.

Es evidente que estamos sumergidos en un contexto de rápida transformación social y cultural, fuertemente marcado por la secularización, donde crecen la increencia y la indiferencia y en el que se derrumban certezas que parecían inamovibles… Y podría ser hasta cierto punto comprensible una tendencia entre los miembros de la comunidad eclesial a replegarse. En cambio, la conversión misionera a la que estamos llamados nos exige romper muros, inercias, costumbres, seguridades, explorar nuevos espacios, promover (en palabras del Papa Francisco) la cultura del encuentro. También reclama de toda la comunidad cristiana una buena dosis de imaginación, creatividad y audacia; nos sobra prudencia y nos falta una buena dosis de audacia. 

El anuncio y la recepción del Kerigma es la puerta de acceso a la fe. Pero no basta para formar discípulos. Si ayudamos a quienes están a nuestro lado a nacer a la fe pero no les acompañamos, no les integramos en la comunidad, no fomentamos su formación y no les animamos a ser testigos ellos mismos, estamos dejándolos, en cierto sentido, huérfanos. Tenemos métodos, y funcionan. Estamos empezando a crear estructuras y espacios de primer anuncio que están dando fruto. Pero necesitamos avanzar para dar la importancia que merecen al  acompañamiento y al proceso de discipulado. 

Al situar en el centro el primer anuncio estamos, sencillamente, redescubriendo nuestra misión, volviendo nuestra mirada creyente y nuestra vida cristiana a su origen. Hemos nacido a la fe para salvarnos y para ayudar con nuestro testimonio de palabra y de obra, con nuestro acompañamiento, a que otros encuentren el sentido profundo a sus vidas desde su encuentro con el Señor y la asunción gozosa de su proyecto de fraternidad universal. 

Colocar el primer anuncio en el centro de nuestras vidas y de nuestra acción pastoral nos ayuda a resituar los demás itinerarios. Acompañamiento (cercanía), procesos formativos (formación), presencia en la vida pública (testimonio) han de partir y deben dirigirse a la misión de anunciar a Jesucristo a los hombres y mujeres de hoy, desde nuestros ambientes, conociendo claves, formas, actitudes que nos ayuden a ello y acompañando a quienes están a nuestro lado. 

Desde esta lógica, se aprecian con claridad las conexiones entre el itinerario “primer anuncio” y el resto de itinerarios del Congreso de Laicos. 

En primer lugar, es imprescindible la pertenencia e integración en la comunidad cristiana, en un doble sentido: el anuncio ha de partir de la comunidad, desde la que somos enviados; al mismo tiempo, ha de volver a la comunidad, no sólo para compartir experiencias, sino también para integrar en ella a las personas que descubren a Cristo. El primer anuncio requiere del acompañamiento como complemento indisociable, un acompañamiento que ofrezca la posibilidad de integración en una comunidad de referencia. Dicho sencillamente, el primer anuncio no funciona sin acompañamiento. 

Efectivamente, el primer anuncio tenemos que hacerlo nosotros, pero conduce a la comunidad. Tras el primer anuncio ha de haber un primer acompañamiento. Ser acompañante es ser buena compañía; un acompañante es un cómplice en el camino de la vida. Sentimos que somos instrumentos del Señor y que el servicio es un don que no nos pertenece. Por eso, a la hora de acompañar, la oración es fundamental. 

En segundo lugar, siempre es necesaria la formación, no solo de los laicos, sino también de religiosos y sacerdotes, en torno al primer anuncio –sus contenidos, sus métodos, sus espacios, sus procesos–; una formación que nos ayude a anunciar fielmente a Jesucristo, porque no hay una única propuesta para situarse en clave de primer anuncio, sino que cada parroquia, cada asociación o movimiento, cada persona, ha de encontrar su particular forma de anunciar la Buena Noticia de Jesús en los ambientes en los que se integra. En definitiva, se detecta una necesidad de formación básica –común– para todos desde la que partir para adaptar los procesos de primer anuncio a cada realidad concreta. 

La formación es un proceso, integral y permanente. Formarse es darse forma, siguiendo un modelo. En nuestro caso, el modelo de Jesucristo. En definitiva, se trata de adquirir un modo de ser, de pensar, de sentir, de actuar profundamente cristiano que nos lleva, con naturalidad, a anunciar a Jesucristo, a hacernos presentes en la vida pública, a profundizar en nuestra unión con Él, a buscarlo en los demás. Pero no podemos esperar a estar completamente formados para empezar a anunciar. Siempre seremos discípulos, pero siempre hemos de ser también misioneros. 

En definitiva, la formación ha de ser significativa, es decir, no pura teoría. Debe transformarnos, tocar el corazón, hacerse experiencia. 

En tercer lugar, vivimos en una sociedad secularizada, en un mundo globalizado y digitalizado y esto afecta al modo cómo nos relacionamos, al sentido del espacio-tiempo. Son transformaciones que pueden provocarnos inseguridad e incertidumbre, fragmentación y riesgos… Estamos llamados a salir al encuentro de este mundo, a encarnarnos en los ambientes, inculturar la fe, ofrecer un testimonio transformador de la realidad desde los valores del Evangelio, prestar una atención preferencial a pobres y excluidos, tener una presencia activa y participativa en los diferentes ámbitos en los que se desarrolla la vida de los hombres y mujeres de hoy es premisa imprescindible para el anuncio de Jesucristo; en definitiva, para hacer presente a Dios en el mundo hemos de estar en el mundo. La presencia en la vida pública es también cauce de primer anuncio y hemos de animarla y acompañarla debidamente. 

Para todo ello existe un espacio vital básico: la comunidad. Efectivamente, la comunidad –y, especialmente, la parroquia– ha de verse como espacio necesario para el primer anuncio, como comunidad de acogida y acompañamiento, como centro de formación y como fuente de envío para la misión. Una comunidad que no puede permanecer aislada en sí misma en ningún caso, sino que ha de abrirse a las demás. Somos Iglesia universal. 

Hemos estado hablando en todo este tiempo de que nuestra misión está en llevar a Cristo a los demás. Pero hemos descubierto en las paradas que debemos cambiar la mentalidad. No llevamos a Cristo, porque Cristo ya está allí. Ayudamos al otro a descubrirlo. Esto tiene una segunda derivada: mi conversión se basa en el encuentro con el Señor en el otro. No solo evangelizamos, sino que también somos evangelizados cuando descubrimos al Señor en el otro. La necesidad del otro me urge, me llama a evangelizar. No solo viene de mi (del bautismo), ni de la comunidad (la Iglesia a la que pertenezco), sino que también procede del otro, porque también desde ahí Cristo me está llamando para que me encuentro con Él. 

5.- Con una llamada especial al laicado

“Los laicos son hombres y mujeres «de Iglesia en el corazón del mundo» y hombres y mujeres «del mundo en el corazón de la Iglesia». (…) Los laicos están llamados a vivir su misión principalmente en las realidades seculares en las que están inmersos cada día”

Sabemos que la llamada a la misión, a anunciar a Jesucristo, procede del Bautismo y nos afecta a todos los cristianos, con independencia de nuestra vocación específica. Pero no podemos dejar de remarcar en esta ponencia final el importante papel que, en un contexto de Iglesia en salida, estamos llamados a jugar quienes somos la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. 

Nosotros especialmente estamos convocados a “hacer camino con la humanidad y la realidad del mundo, a salir de nuestros espacios de confort” (Guía de Trabajo del Postcongreso), siendo capaces de no juzgar, sino de acoger y de discernir lo bueno que hay en el mundo, en la sociedad y en las personas.

Debemos ser conscientes de la llamada común que supone el Bautismo. Todos los bautizados somos enviados, desde la complementariedad de nuestras vocaciones específicas, a la misión del Anuncio. En este aspecto, los laicos, con nuestra presencia en el mundo, jugamos un papel fundamental para que la Buena Noticia del Evangelio llegue a las periferias de nuestro mundo. Compartir las dificultades con los destinatarios del anuncio aporta cercanía y credibilidad al Anuncio. No puede haber sinodalidad sin subsidiariedad. Hemos de ser plenamente conscientes del papel fundamental del laicado en nuestras comunidades, en parroquias y en nuestros planes pastorales y, a tal fin, fomentar su autonomía y corresponsabilidad.

De hecho, en los trabajos preparativos de este encuentro surgió con fuerza la idea de que el liderazgo laical es imprescindible en la promoción y desarrollo de la misión de la Iglesia. Pero, para ello, primero hemos de ser plenamente conscientes de qué es y qué significa la vocación laical. 

Quienes estuvimos en el Congreso recordamos que el primer aplauso colectivo espontáneo por parte de los más de dos mil asistentes surgió cuando uno de los participantes pronunció estas palabras: “No somos laicos por defecto, porque Dios no nos haya llamado a ser sacerdotes ni religiosos o religiosas; somos laicos por vocación, porque Dios nos quiere así, en coherencia con la llamada transmitida el día de nuestro bautismo. Dios nos quiere laicos y laicas presentes en medio del mundo”. Efectivamente, nos sentimos llamados, con nombre y apellidos, por el Señor, a través de nuestro bautismo vivido plenamente, a hacernos presentes en medio del mundo. Sabemos que somos el corazón de la Iglesia en el mundo y el corazón del mundo en la Iglesia. 

Esa presencia en la vida cotidiana también transforma la realidad. Es esa presencia de la que el Señor se sirve para tocar los corazones de quienes están a nuestro lado. 

6.- Y, siempre, en comunión 

“El camino que Dios está indicando a la Iglesia es precisamente el de vivir de manera más intensa y concreta la comunión, y caminar juntos. La invita a superar los modos de obrar autónomos o como las vías paralelas del tren, que nunca se encuentran: el clero separado de los laicos, los consagrados separados del clero y de los fieles, la fe intelectual de algunas élites separada de la fe popular, la Curia romana separada de las Iglesias particulares, los obispos separados de los sacerdotes, los jóvenes separados de los ancianos, los matrimonios y las familias poco implicadas en la vida de las comunidades, los movimientos carismáticos separados de las parroquias, por citar sólo algunos. Esta es la tentación más grave en este momento. Todavía queda mucho camino por recorrer para que la Iglesia viva como un cuerpo, como verdadero Pueblo, unido por la única fe en Cristo Salvador, animado por el mismo Espíritu santificador y orientado a la misma misión de anunciar el amor misericordioso de Dios Padre”.  

El Espíritu Santo es fuente de comunión. En las conclusiones del Congreso de Laicos presentadas por la Comisión Ejecutiva y aprobadas por nuestros Pastores, se insistía mucho en la importancia de la comunión, particularmente en la necesidad de crear comunión desde todas las estructuras de la Iglesia, estructuras que deben situarse al servicio de la misión y desde la corresponsabilidad. Una comunión que es expresión de la colegialidad en la Iglesia en todos los niveles y, al mismo tiempo, seguimiento fiel de las enseñanzas del Señor. Hemos sido convocados por el mismo Señor: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (Mt 1, 17).

No en vano, como señala el Papa Francisco: “vemos en Jesús mismo, que desde el comienzo se rodeó de un grupo de discípulos, hombres y mujeres, y vivió con ellos su ministerio público. Pero nunca solo. Y cuando envió a los Doce a anunciar el Reino de Dios, los mandó “de dos en dos”. Lo mismo vemos en san Pablo, que siempre evangelizó junto a otros colaboradores, también laicos y parejas de esposos; nunca solo. Y así fue en los momentos de gran renovación e impulso misionero en la historia de la Iglesia. Pastores y fieles laicos juntos. No individuos aislados, sino un Pueblo que evangeliza, el santo Pueblo fiel de Dios.”

Como Iglesia, somos comunión y estamos llamados a crear comunión en nuestras comunidades eclesiales. Y esta vida de comunión es un potente medio de evangelización. Pero no son suficientes las estructuras como nos recordaban los jóvenes en su Sínodo: “no basta (…) con tener estructuras, si no se desarrollan en ellas relaciones auténticas; es la calidad de estas relaciones, de hecho, la que evangeliza” (DF 129).

Pero, al mismo tiempo, como Iglesia en el mundo, hemos de ser capaces de generar comunión en los ámbitos en los que vivimos, nos movemos y existimos. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos con los otros”. Un amor, una comunión, que ha de proyectarse en el seno de la comunidad eclesial, pero también fuera de la Iglesia, en el corazón de la comunidad social.  

Una comunión que ha de estar, siempre, al servicio de la misión.  Comunión y misión, las dos palabras clave del lema de nuestro encuentro. Pueblo de Dios unido en la misión. Es la misión la que da sentido a todo lo demás.

III.- SOMOS ENVIADOS A SEGUIR CONSTRUYENDO UNA IGLESIA ORIENTADA A LA MISIÓN 

“Quisiera que todos nosotros tuviéramos en el corazón y en la mente esta hermosa visión de la Iglesia: una Iglesia orientada a la misión, donde las fuerzas se unifican y caminamos juntos para evangelizar; una Iglesia donde lo que nos une es nuestro ser cristianos bautizados, nuestra pertenencia a Jesús; una Iglesia donde se vive una verdadera fraternidad entre laicos y pastores, trabajando cada día codo a codo, en todos los ámbitos de la pastoral, porque todos son bautizados”.

Hemos vivido algo muy grande estos tres días. Pero hemos de seguir caminando. 

Antes hemos señalado que estamos convencidos de que cada realidad ha de marcar su propio camino, partiendo de lo discernido conjuntamente durante el bienio. Por eso nos consideramos enviados y debemos “volver” (nos reenvían) a nuestras realidades eclesiales para transmitir lo vivido e impulsar la prioridad del Primer Anuncio en la vida de cada uno de los bautizados y de nuestras comunidades. Todos los bautizados tenemos la responsabilidad de la transmisión del kerigma, de la buena noticia, y, nosotros, aquí presentes, asumimos, además, el compromiso de la transmisión de lo vivido este fin de semana. 

Quienes aquí estamos no hemos venido a título personal, sino enviados por nuestras comunidades de referencia. Por esta razón, tenemos una misión específica, que se traduce en tres grandes tareas. En primer lugar, en compartir lo vivido. A partir de esta tarde, nuestra responsabilidad es compartir, tanto entre las personas que hemos venido juntas, procedentes de una misma diócesis, asociación o movimiento, como con las demás que integran nuestra comunidad. En segundo lugar, animar a otros a unirse al proceso. Nuestro camino es abierto y todos están invitados a unirse a él. En tercer lugar, potenciar lo mucho y bueno que estamos haciendo en nuestras realidades y tratar de aplicar lo que hemos descubierto en estos días. 

Hemos visto cómo, poco a poco, vamos recorriendo nuestro camino. En este fin de semana hemos compartido nuestras propias experiencias con personas que, aunque no conocemos, sentimos como hermanas, porque lo son. Somos miembros de una misma Iglesia, discípulos de un mismo Maestro, hijos de un mismo Dios, iluminados por un mismo Espíritu. Ese mismo Dios, su Hijo, nuestro hermano y maestro, desde la Iglesia por Él fundada y a la que pertenecemos, nos envían, con la ayuda de su Espíritu, a salir al mundo. 

Hemos experimentado claramente la complementariedad de carismas y la fuerza de la acción comunitaria puesta al servicio de la misión. 

En definitiva, basta con echar la vista atrás para comprender que hace cuatro años teníamos verdaderamente ante nosotros una página en blanco por escribir. Todo lo que acabamos de compartir evidencia que estamos escribiendo esa página. 

Pero debemos seguir haciéndolo. El “cómo” hacemos las cosas nos construye y nos renueva. Asumir la condición de bautizados, a la vez que de siervos inútiles, y sabernos llamados por nuestro nombre, nos hace crecer interior y exteriormente, resituar prioridades en cabeza y corazón, madurar, asumir corresponsablemente la parte de la tarea que nos corresponde.   Trabajar desde el discernimiento y la sinodalidad nos cambia. Apostar por la comunión nos devuelve más comunión y nos proyecta hacia la misión. 

La conversión a la que nos lleva el primer anuncio nos ha de transformar en una Iglesia en misión, que sale a las periferias de nuestro mundo, que hace presente el Reino de Dios en una sociedad llena de dolor y sufrimiento y necesitada de la esperanza y salvación que solo Cristo puede ofrecer. 

Anunciar a Jesucristo es cambiar vidas, porque Jesucristo nos enseña el arte de vivir. Detengámonos un momento para contemplar y valorar la obra maravillosa que Dios está haciendo en nuestra Iglesia y en nuestras propias vidas. 

Os damos las gracias por ello, a todos y cada uno de vosotros. Gracias a vuestras comunidades de procedencia, por unirse al camino que estamos recorriendo juntos. Pero, sobre todo, demos gracias por tener al Señor como compañero de camino y por haber situado a nuestro lado a tantos y tantos hermanos que caminan junto a nosotros. Demos gracias al Espíritu por marcarnos la dirección correcta, la dirección del Reino. 

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