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Por tí, por mí, trabajo decente

El día 8 de marzo se celebra el Día de la Mujer, día en que las mujeres y, junto a ellas, la sociedad está convocada a participar en el compromiso por lograr una mayor igualdad, justicia y reconocimiento de la mujer en todos los ámbitos de la vida. La Iglesia se une a esta celebración a través de congregaciones y de instituciones de inspiración católica como Cáritas, CONFER, HOAC, JOC y Justicia y Paz. Todas ellas, agrupadas en la iniciativa Iglesia por un Trabajo Decente (ITD), tienen como objetivo sensibilizar, visibilizar y denunciar una cuestión esencial para la vida de millones de personas como es el trabajo decente.

Reducir la brecha entre hombres y mujeres en distintos aspectos de este ámbito, debe ser uno de los grandes retos de nuestra sociedad. Según el Observatorio de Igualdad y Empleo, la tasa de paro es un 3, 06% mayor entre las mujeres que entre los hombres, la tasa de actividad, un 9, 14% menor en ellas que en ellos, el número de afiliados a la Seguridad Social, un 5, 39% menor también en las mujeres. Como denuncia en su manifiesto la ITD, “las mujeres están más golpeadas por el desempleo, la brecha salarial, la temporalidad, la parcialidad, y su participación en la toma de decisiones de las empresas sigue siendo inferior”.

Además de las cifras, resultan significativos los datos que se refieren a determinados campos. Nos referimos, en primer lugar, al de los cuidados. Este papel se ha reservado tradicionalmente a las mujeres, seguramente porque su aptitud para la empatía, la ternura, el detalle, es mejor que la del hombre. El problema reside en que, en muchos casos, sigue sin valorarse y reconocerse esta aportación femenina a la vida social y familiar. Se ha de caminar hacia una redistribución más equitativa de los cuidados en el ámbito familiar, aunque no se debe caer en el igualitarismo.

El siguiente ejemplo nos puede servir. Cuando en nuestras tierras las minas estaban a pleno rendimiento y prácticamente no había mujeres trabajando en ellas, nadie se escandalizaba, ni reclamaba la igualdad en este ámbito laboral. El hombre y la mujer son esencialmente iguales y tienen la misma dignidad, pero también poseen distintas capacidades físicas, distinta psicología, distinta forma de relacionarse… Es lógico que pueda ser más adecuado para unas tareas la mujer y para otras, el hombre. Lo que no es de recibo es que no se considere ocupación laboral el cuidado en el hogar; tampoco que, haciendo la misma función, el salario sea menor para ella que para él. No es un dato menor: la brecha salarial es también desfavorable a la mujer y alcanza el 18, 7%.

Hemos de tener en cuenta que la igualdad de acceso y oportunidades en el ámbito laboral no sólo beneficia a las mujeres, sino que contribuye al bienestar general de la sociedad. Desde la ITD nos recuerdan los diversos estudios que demuestran que “la diversidad en las empresas y organizaciones es ética y además económicamente rentable, ya que tienden a ser más innovadoras y resilentes”.

La brecha se extiende también a nivel educativo. Mientras que ellas suelen vincularse más a estudios académicos relacionados con los cuidados, la enfermería, el apoyo doméstico, la limpieza, la educación, ellos se centran más en ámbitos lógico-matemáticos como son ingenierías, etc., que suelen aportar un mayor volumen de ingresos económicos y un mayor liderazgo social. Por todo ello, es urgente el compromiso de los gobiernos, las empresas y la sociedad en general. Es necesario el esfuerzo coral de los creyentes para implementar políticas y prácticas que promueven la igualdad entre hombres y mujeres para que el derecho a un trabajo decente llegue a todos.

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