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Preparando su venida

El pasado domingo, día 3 de diciembre, daba comienzo un nuevo año litúrgico, en el que, de forma condensada, nos disponemos a celebrar los momentos más significativos de la vida de Jesucristo y, al mismo tiempo, de la historia de la salvación. El primer período del año es el adviento, tiempo de vigilancia, de esperanza y de compromiso activo, de preparación para la venida del Señor.

Nuestra mirada va a tomar tres direcciones. Las últimas semanas nos acercarán al Jesús que vino y cuya figura más plástica y popular la tenemos en el Belén ideado por San Francisco de Asís. Dirigiremos también nuestra mirada hacia el Señor que vendrá en gloria al final de los tiempos. Precisamente los primeros domingos de este tiempo se pone el foco en esta venida. Y, finalmente, contemplaremos al Dios que viene en cada momento. Descubrir su cercanía, su presencia, podríamos decir que es el reto que enfrentamos durante todo este período litúrgico.

Realmente, Cristo ha venido ya, pero en el aire queda una pregunta: ¿Ha venido de verdad a cada uno de nosotros? No es éste un hecho intrascendente, todo lo contrario, es un acontecimiento trascendental que nos compromete. Entramos en un tiempo especialmente propicio para detener el reloj y dirigir la mirada hacia nosotros mismos, para comprobar cómo va nuestra vida de fe. De vez en cuando hacemos una revisión médica, especialmente cuando la suma de años crece, para comprobar si nuestro cuerpo funciona bien o presenta algún problema. Pues bien, también tenemos que tomar el pulso a nuestra vida espiritual. Con frecuencia, los propios acontecimientos nos van empujando a priorizar cosas que no son las más importantes y a dejar en segundo plano lo esencial. Comprobarlo a la luz del Evangelio, nuestro libro guía, nos vendrá muy bien.

Tres son las actitudes que queremos destacar para este tiempo: la vigilancia, la esperanza y el compromiso con nuestra tarea. Adviento es, en primer lugar, un tiempo de vigilancia. A ella nos invitan las palabras de Jesús en lenguaje parabólico, tal como nos refiere el evangelista San Marcos (cf. Mc 13, 33-37). Un hombre se fue de viaje, dejando encargados a sus sirvientes de las distintas tareas. En el señor está representado Jesucristo que se ausentó subiendo a los cielos y nos encargó de la tarea. Además, para protegernos del desaliento, nos encargó estar vigilantes, porque desconocemos el día y la hora en que volverá y nos pedirá cuenta de lo que hemos hecho o dejado de hacer.

El adviento es también tiempo de esperanza. Lo debe ser para aquellos que no han querido o no han podido contemplar su rostro y están dispuestos a abrirse a su presencia y a su mensaje, y lo es para quienes lo han visto y siguen fielmente sus pasos. Sabemos que ese Dios cuya última venida esperamos no es un Dios al que tengamos que tener miedo, puesto que es padre (cf. Is 63, 16). En cambio, es normal que desconfiemos de nosotros mismos y de nuestra disposición a ser fieles a la tarea encomendada. Siguiendo el relato parabólico de San Mateo, el Dios que nos juzgará al final de los tiempos respeta el ser de cada uno: oveja o cabra (cf. Mt 25, 31 ss). Después de ofrecernos su gracia y dejarnos libertad para elegir, lo único que hace es poner en evidencia nuestra opción vital. Por lo tanto, su venida no es motivo de temor, sino puerta para la esperanza.

Finalmente, el adviento es tiempo de compromiso con la tarea que el Señor nos ha encomendado, un compromiso que comienza abriendo nuestra vida a la presencia de Dios, y cultivando la oración y la celebración de la fe, pero que se debe complementar también con las obras de misericordia. Decía el P. Mamerto Menapace que, cuando el Dios de la historia venga, nos mirará las manos o, como dice San Juan de la Cruz, nos examinará del amor. Cristo nos espera en los pobres y excluidos, no le defraudemos.

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