La experiencia del resucitado rompe cualquier esquema que los apóstoles y los discípulos hubieran podido realizar con anterioridad. Cristo, aun siendo lo mismo con quien ellos convivieron y compartieron tantas jornadas, conversaciones y experiencias, es todo otro, y los discípulos, como aquellos dos que hacían camino hacia Emaús, no lo reconocen a primera vista. La experiencia del resucitado es una experiencia que nunca deja indiferente, como los once y los que estaban con ellos que, reunidos también, quedaron sobrecogidos y llenos de miedo, creyendo que veían un espíritu.
La perspectiva para reconocer a Jesús ha cambiado, ahora hay que mirar a Jesús con los ojos de la fe para reconocerle. Es cuando les habla, cuando les abre el sentido de las Escrituras y cuando toma el pan, dice la bendición, lo parte y se lo mujer, que sus corazones se abrusan. Dos reunidos en su nombre, la Palabra, la tradición con la que ésta ha sido transmitida por la Iglesia y la mesa de la Eucaristía, aparecen ya en aquellos primeros días de la Iglesia como rasgos definidores para reconocer la presencia de Jesús entre nosotros.
Éstos siguen siendo, también hoy, los signos que deben identificar la presencia de Cristo en la Iglesia. Vivimos la fe en comunidad, sea ésta más pequeña o mayor, la enriquecemos y la alimentamos con la Palabra que nos viene de Dios y que a lo largo de los siglos la Iglesia ha meditado a través de su magisterio, especialmente por medio de los Padres de la Iglesia, y tenemos el centro de la celebración de nuestra fe en Jesucristo, en la participación de la mesa del Eu.
Estos son los medios que hoy tenemos a nuestro alcance para hacer llegar a Cristo a través del Evangelio, para llegar a la fe. Hacerle llegar a quienes buscan a Dios, a quienes buscan respuestas sin saber que las encontrarán en Dios ya quienes se han alejado de Dios o muchas veces de su Iglesia, por muchas razones que nos deben hacer reflexionar siempre, sobre cómo llevamos la buena nueva de Cristo en estas frágiles jarras de barro que somos nosotros.
«Ellos también contaban lo que les había pasado por el camino, y cómo le habían reconocido cuando partía el pan.» (Lc 24,35). Nosotros somos invitados a contarlo también hoy, ya transmitir ese mensaje de Cristo resucitado: «Paz a vosotros.»
Cristo resucitado nos viene a llevar la paz; pidámosle que se quede también con nosotros para darnos aquella paz que Él nos da y que el mundo no sabe dar (Cf. Jn 14,27); porque a menudo en el mundo destrozamos la unidad y la paz, no sabemos amar, somos temerarios y llenos de suficiencia, rechazamos el plan de Dios y nos empeñamos en implantar el nuestro. (Cf. San Bernardo de Claraval, Sermón III sobre la Pascua).
En palabras del papa León XIV: «Anunciar con palabras y obras la Pascua de Cristo significa dar nueva voz a la esperanza, que de otra forma sería sofocada en manos de los violentos. Cuando es proclamada en el mundo, la Buena Nueva disipa toda sombra, en cada época.» (6 de abril de 2026).







