La Iglesia celebra este domingo la memoria de todos los fieles fallecidos. La muerte es algo presente en la vida de todos nosotros, no hay ni rico, ni pobre, ni sabio, ni inculto, que pueda vencer esa realidad que nos llega a todos en un momento u otro. A pesar de esta realidad insalvable, tendemos a considerar la muerte como algo excepcional, como una fatalidad que ahora sacude a unos y mañana a otros y lo vivimos a menudo con la falsa esperanza de que a nosotros no nos llegará y nos entregaremos. La muerte así vivida es vivida con temor, con negación, con inquietud. Es cierto que si fuéramos llamados a escoger, no encontraríamos el momento de afrontarla; por eso nuestra reacción ante la muerte de nuestros amados es, como no podría ser de otra forma, de dolor y añoranza.
Una realidad que hemos vivido de una manera concreta acaba por desaparecer y la ausencia de los queridos nos llena de vacío. Detrás de esta realidad, si la miramos con los ojos de la fe, no existe tan sólo una apariencia. Por la fe sabemos que hemos sido hechos hijos de Dios por Jesucristo, y que participamos también de la resurrección de Jesús, y esta certeza nos llena de esperanza. Nos llena de esperanza, cierto, pero no elimina nuestra tristeza, nuestra añoranza de aquellos que han compartido un tramo más o menos largo de nuestra vida, de aquellos que nos han amado y que hemos amado, y que, por muchos años que pasen, siguen presentes en nuestro recuerdo y en nuestra oración.
La celebración del día de Todos los Santos, ya continuación la de los fieles difuntos, vienen a ser complementarias. Si un día celebramos a todos aquellos que ya disfrutan de la gloria eterna y de los que no tenemos conocimiento cierto, al día siguiente se lo encomendamos a todos los difuntos para que esa gloria la vivan también ellos. Certeza a los ojos de la fe que ya son muchos los que viven en el Reino, oración por quienes pedimos que vivan allí. Los primeros son los santos no reconocidos todavía por la Iglesia y que han pasado por la vida de forma discreta pero de los que Dios está cierto de su santidad y de la honradez de su vida. Son los santos de la puerta de al lado, tal como les llamaba el papa Francisco, gente que quizás hemos conocido y de los que también a nosotros nos ha pasado desapercibida su santidad, o los hemos considerado simplemente como buenas personas porque nos han hecho el bien y guardamos un grato recuerdo. Por los segundos, todos los difuntos, pedimos al Señor su misericordia con la esperanza de que les acoja también al Reino. A unos ya otros los tenemos muy presentes y nos sentimos bien unidos en la oración. Lo hacemos por la comunión de los santos que proclamamos que forma parte de nuestra fe.







