Hace más de ocho siglos, en 1218, nacía en Barcelona, la Orden de la Merced de la mano de san Pedro Nolasco con el fin de rescatar a los cristianos cautivos de los musulmanes. Bajo la protección de la Virgen de la Merced, Nolasco quería imitar a Jesucristo redentor. Desde sus orígenes, los mercedarios hicieron de la defensa de la dignidad de la persona y de su liberación de la esclavitud un signo concreto de la misericordia de Dios.
Los tiempos han cambiado. Hoy no solo encontramos las formas de cautiverio de antaño; existen además otros cautiverios, como son las adicciones, la trata de personas, la violencia y tantas otras situaciones de esclavitud. Por eso, el carisma de la Orden de la Merced conserva una extraordinaria actualidad, que hoy se pone al servicio de la redención y liberación de las personas que sufren cualquier tipo de cautividad física, moral o espiritual.
Entre ellas ocupan un lugar especial las personas privadas de libertad en la cárcel. Tras los muros hay personas que han cometido delitos y han de asumir las consecuencias de sus actos. Pero estas personas siguen siendo hijos e hijas de Dios, portadores de una dignidad sagrada que los delitos no pueden eliminar. Allí, la Iglesia está llamada a hacer presente a Cristo que les ofrece la liberación de sus esclavitudes morales y espirituales, que suelen estar detrás de muchos delitos.
La presencia de la Iglesia en las prisiones a través de mercedarios, capellanes y voluntarios nos recuerda que la persona no puede quedar marcada para siempre por sus delitos. Cristo y el Evangelio abren caminos de redención y liberación allí donde parece que todo está perdido. El arrepentimiento es su comienzo, la reconciliación con Dios y las víctimas es siempre posible, y la esperanza puede renacer en la cárcel. La pastoral penitenciaria es una auténtica obra de misericordia. Supone escuchar sin prejuicios, acompañar con paciencia, anunciar la Palabra de Dios, llevar al encuentro redentor y liberador con Cristo vivo, celebrar los sacramentos, sostener a las familias y ayudar a quienes cumplen condena a descubrir que su vida puede tener un horizonte nuevo. Y supone también acompañar a las víctimas y sus familias promoviendo el perdón y una justicia que busque la reparación y la reinserción.
Este jueves, 24 de septiembre, celebramos la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de instituciones penitenciarias. La Merced nos invita a acercarnos a quienes viven en las periferias, a reconocer las nuevas esclavitudes y a ser una Iglesia servidora de la dignidad de toda persona y de su verdadera libertad.





