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Reparar los pecados contra la Eucaristía

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

Es una bendición que, en nuestras parroquias, van surgiendo, aquí y allá, nuevas iniciativas de adoración eucarística, en las que participa un buen número de fieles. La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11), y “los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

Nuestra santidad personal y nuestra vitalidad apostólica dependen de nuestra relación con la Eucaristía celebrada y adorada. Si ponemos la Eucaristía en el centro, tendremos vida y la tendremos en abundancia (cfr. Jn 10,10); en cambio, si descuidamos nuestra vida eucarística, tendremos anemia espiritual. Será muy difícil que podamos vencer las tentaciones y el cansancio, y nos iremos precipitando inevitablemente en la mediocridad y la tibieza.

Por otra parte, causa mucho dolor que la Eucaristía sea tratada con poca reverencia, o lo que es todavía peor, que se cometan sacrilegios contra la Eucaristía. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que “el sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente sustancialmente” (n. 2120). El sacrilegio contra la Eucaristía es tan grave que el Código de Derecho Canónico señala que “quien arroja por tierra las especies consagradas o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae, reservada a la Sede Apostólica” (c. 1367). La pena latae sententiae es automática, es decir, que no hace falta un decreto que especifique la sentencia de excomunión, además de que solo el Papa puede levantar esa excomunión. Es la pena canónica más rigurosa que existe, porque la Eucaristía es lo más santo que tenemos.

Cristo nos ama tanto que, en la Eucaristía, se expone y se hace vulnerable a los posibles sacrilegios que puedan cometerse contra la misma. Nuestra respuesta debe ser la reparación, poniendo más amor y delicadeza donde otros han puesto su odio o su desprecio. En el siglo XVII, Santa Margarita María de Alacoque recibió las confidencias del Sagrado Corazón de Jesús, que le pedía reparación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento del altar, mediante la comunión reparadora y la hora santa. Para explicar el sentido teológico de la reparación, en 1928, el Papa Pío XI escribió una preciosa encíclica titulada Miserentissimus Redemptor, que deberíamos leer con más frecuencia. En ella, se explica la reparación como nuestra humilde asociación a la pasión de Cristo, que redimió sobreabundantemente todos los pecados del mundo (cfr. Col 3,13).

¿Pueden nuestros actos de reparación consolar a Cristo, que, dichosamente reina en los cielos? El Papa Pío XI responde a esta pregunta con una expresión de San Agustín: “Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo” (In Ioan. Tr. XXVI, 4). Con las palabras del salmo, Cristo continúa diciéndonos: “La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro” (Sal 68,21).

El Venerable arzobispo estadounidense Fulton J. Sheen, en proceso de beatificación, fue pionero en la evangelización a través de los medios de comunicación. Llegó a ser tan famoso que ganó dos veces el premio Emmy y fue portada en la revista Time. Unos meses antes de su muerte, fue entrevistado por un periodista que le preguntó: “Señor Obispo, miles de personas de todo el mundo se inspiran en usted. Y usted ¿en quién se inspira?”. El Obispo Sheen respondió que su mayor fuente de inspiración había sido una niña china de once años. Y contó esta historia: Cuando los comunistas se apoderaron de China, encerraron a un sacerdote en su propia rectoría, cercana a la parroquia. El sacerdote, desde su ventana, contempló horrorizado cómo los comunistas invadían el templo y profanaban el Sagrario, derramando las hostias consagradas por el suelo. No se percataron de que, al final de la iglesia, había una niña rezando.

Durante treinta y dos días, tantos como formas consagradas habían quedado en el suelo, aquella niña, por la noche, burló la guardia de los soldados para ir a la iglesia, hacer una hora de adoración reparadora, y después, con la lengua, porque no estaba permitido a los laicos tocar las formas consagradas con la mano, las fue comulgando una a una. Después de haber consumido la última hostia, un guardia la descubrió, la agarró y la golpeó hasta matarla. Este acto de martirio fue presenciado por el sacerdote desde la ventana de su casa, convertida en celda. Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, quedó tan conmovido que prometió a Dios que haría una hora santa de oración al Santísimo Sacramento todos los días de su vida. Hasta de los más brutales sacrilegios, Dios saca frutos de santidad.

Recibid mi saludo y mi bendición.

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