«En el corazón se juega todo». Puede sonar a frase apta para decorar una foto de Instagram, pero tiene toda la profundidad de las verdades sencillas. Fue el último concepto devaluado que quiso rescatar nuestro papa Franciso en la encíclica que cerró su magisterio. Y es que, aunque mentar el corazón en la época de los emoticonos suene a hueco o cursi, es ahí donde está el quid de la cuestión de esta existencia extraña y maravillosa.
Entendido como el «núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo», en el corazón se da cita todo lo que nos hace ser y lo que nos da sentido. Allí, el trozo de miocardio y la emoción que nos adviene conviven con la inteligencia, la voluntad y la libertad. Solo ahí el amor echa raíces. En un mundo donde vivimos cada vez más disgregados —os demás o yo, lo que hay en mi pantalla o lo que vivo, la verdad a palo seco o la belleza como simple deleite—, Francisco se fue —como vivió— resaltando aquello donde todo se unifica. La paradoja es que esta sociedad profundamente emotivista —con razón, porque no hay nada más a lo que agarrarse— no presta atención al corazón como noción originaria. Solo conoce la caricatura, al igual que los nuevos estoicos o los que acumulan doctorados y escepticismo. Por eso, la Dilexit nos me parece un punto final inconfundible de Francisco, cálido y revulsivo. «Cuando no se aprecia lo específico del corazón perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, perdemos el encuentro con los demás, perdemos la poesía».
Reunido ya con el amor de su vida, el Santo Padre nos dejó apuntando hacia el único lugar donde vamos a encontrarnos. Y nos dejó mirando a Cristo, particularmente, en su Sagrado Corazón. Porque nos amó, y ahí debe estar todo.







