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¡Seamos Pascua!

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,

En este domingo de Resurrección me complace desearos, como padre y pastor, un gozoso tiempo de Pascua. Un tiempo en el que la vida nueva que surge de Cristo resucitado nos impulsa a llegar a ser una familia pascual en medio de nuestra sociedad.

Celebraremos durante cincuenta días la vida, y la Vida en mayúsculas: aquel que nos dice: he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia, porque la vida no ha podido ser vencida. El salmo de la liturgia de hoy nos recuerda: Ensalzad al Señor, porque es bueno; porque es eterna su misericordia. La Pascua es el tiempo de la bondad: el Padre, engendrando a su Hijo Jesucristo, nos ha dado la bondad, y ha pasado por todas partes haciendo el bien, dando la salud, resucitando muertos, curando enfermos, dando serenidad y paz.

Los apóstoles Juan y Pablo nos recuerdan nuestra condición: estamos en el mundo, pero no somos de este mundo; es decir, nuestra manera de vivir nos lleva a la transformación, a la plena configuración con Cristo. Pero, aun así, constatamos la guerra, la división, el conflicto, la agresividad, la desconfianza, la codicia, la mentira, la calumnia, la confusión… Incluso la guerra se presenta como una forma de solución de conflictos apelando a un bien superior. El imperio de mi interés individual hace que la vida siga siendo rechazada y atacada, sin ningún tipo de consideración. En cambio, sabemos que la vida es la piedra fundamental de la construcción del linaje humano, es la piedra puesta por Dios que corona el edificio. Aparentemente, puede parecer que las formas, los signos y los instrumentos de la muerte toman el control de la humanidad.

El evangelio de este domingo nos muestra el sepulcro vacío, sin presencia del cuerpo muerto del Señor: la muerte ya no tiene ningún sentido ni misión; no está la Vida en el sepulcro. La piedra que lo cerraba ha sido apartada porque hay comunicación. El sepulcro está abierto, igual que la sábana y el sudario, que están doblados junto al sepulcro; ya no son necesarios, son únicamente signos de que había alguien y ahora no está: está Vivo. María Magdalena piensa que se habían llevado el cuerpo, pero no es así. No existe el cuerpo muerto; posteriormente encuentran la realidad: un Cuerpo vivo. Por eso el discípulo al que tanto quería entra y ve el vacío de la muerte, se da cuenta y cree que la Vida ha vencido a la muerte: Dios no ha sido derrotado. Ante el mal, sus instrumentos de destrucción y de exterminio no tienen sentido: son obsoletos, necedad y arrogancia humana. Ante esta vida triunfante de la Pascua, ¿qué queda? ¿Qué opción tenemos? La única: la bondad.

Cuidar, acariciar, disfrutar de la Vida, es decir, vivir en pascua (hacer pascua). Este “ser pascua” se realiza en la bondad, pasando y haciendo el bien… liberando. Ante el odio, la acogida; ante la marginación, el rescate; ante el desvalido, el apoyo; ante el hambre, el pan compartido; ante el abuso, la justicia; ante la mentira, la verdad; ante el sinsentido nihilista de la vida, la certeza del bien; ante el cansancio, el desencanto, la frustración y la depresión, la guarda de las ovejas del buen pastor, del cordero inmolado que da la salud a todos. Ante la guerra, la paz; ante la muerte, un sepulcro vacío.
«Lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, reina vivo» (Secuencia del Domingo de Pascua). La Pascua es la verdadera realidad del mundo, el verdadero futuro del mundo y de la condición humana.

Con los mejores deseos de una Pascua llena de vida para todos, ¡feliz Pascua de Resurrección!

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