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Sembradores de esperanza

El evangelista san Marcos nos cuenta que, en una ocasión, y después de unas jornadas de intenso trabajo, Jesús ofreció a sus discípulos un retiro para la convivencia y el reposo. Pero, al llegar al lugar previsto, se encontró una multitud desorientada y hambrienta, de la que dijo que estaban como “como ovejas sin pastor”; sin dudarlo un instante, se puso a enseñarles con calma y les dio de comer (cf. Mc 6, 30-44).

Son muchas las necesidades que acucian a nuestros contemporáneos: la tasa del paro llega al 25%, la vivienda se ha convertido en un bien imposible, el precio de los productos de primera necesidad ha crecido por encima de los salarios, la soledad parece imparable… Estos y otros muchos problemas pueden parecer irresolubles, lo que está disparando las enfermedades mentales, las depresiones y el consumo de ansiolíticos y, lo que es peor, ha convertido el suicidio en la principal causa de muerte no natural.

Al hambre física de aquella gente, Jesús respondió dándole de comer. Pero estaba también desorientada, y le habló con calma. Ciertamente, aunque encontráramos respuesta a todos los problemas materiales, el ser humano seguiría necesitando razones para vivir y, en consecuencia, precisaría de guías, de personas que lo acompañaran en la búsqueda de un fundamento seguro para su esperanza. Este fundamento no es otro que Jesucristo puesto que, como afirma s. Lucas: “no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos ser salvados” (Act 4, 12).

Ahora bien, Cristo ha querido que el amor que fluye de su corazón traspasado llegue hasta el hombre de hoy a través de su cuerpo que es la Iglesia y, particularmente, a través de aquellos que Él ha elegido como sacramento suyo en medio del mundo: los sacerdotes. Al santo Cura de Ars le gustaba repetir con frecuencia que “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Y el Papa Benedicto XVI subrayaba esta frase diciendo: “Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no solo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma”.

Pues bien, el próximo domingo, 16 de marzo, la Iglesia española celebra el Día del Seminario, y lo hace bajo el lema “Sembradores de esperanza”. En efecto, los sacerdotes siembran esperanza en el ejercicio de las tres dimensiones de su ministerio. En primer lugar, a través del ministerio de la Palabra de Dios, una siembra que ofrece un aliento vital que nace de la raíz apostólica, que provoca al mundo, que interpreta auténticamente el Mensaje divino.El sacerdote regala esperanza también a través de la función de santificar, sobre todo, a través de la presidencia de la Eucaristía, en la que alcanza la forma más intensa e inmediata de representar a Jesucristo. Y, en fin, ofrece asimismo esperanza a través del ministerio pastoral, como servidor del pueblo fiel al que ama, por el que intercede, al que guía.

Acojamos, pues, con gratitud, el don del sacerdocio y de los seminaristas que se preparan a recibirlo, oremos por las vocaciones al ministerio pastoral y creemos condiciones favorables para que resuene la llamada de Dios y encuentre la respuesta fiel de los llamados.

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