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Testigo de la verdad y del amor

El domingo 29 de septiembre, la diócesis de Astorga se vestirá de fiesta. Será un día grande para Gonzalo, joven seminarista y diácono, que se ha visto agraciado por el amor de Dios que le ha elegido y llamado a formar parte de sus discípulos más cercanos y a ser prolongación de su presencia y ministerio pastoral en medio del mundo; un día grande puesto que va a dar un sí definitivo a la llamada que Dios le ha dirigido. Será también un día muy importante para nuestra Iglesia particular que va a ver crecer el número de los trabajadores de una mies muy necesitada. Son tres largos años los que han tenido que pasar para celebrar una nueva ordenación; la distancia en el tiempo, acrecienta sin duda nuestra alegría, pero, al mismo tiempo, enciende una luz de alarma que remueve nuestra conciencia.

Lo decimos siempre: Dios sigue llamando, pero no encuentra a muchos dispuestos a escucharlo y hacer camino con Él. La escasez de ordenaciones ha de ser, sin duda, un aguijón que active nuestra respuesta a los retos que el tema vocacional nos presenta. Uno de ellos es la cultura en boga. El pensamiento moderno, queriendo poner en valor al hombre, ha ido desplazando progresivamente a Dios del centro de la vida, del mundo y de la historia, sin caer en la cuenta de que, expulsando a Dios terminaría por anular a la criatura. En esta misma línea, vienen trabajando los avances de la ciencia y de la técnica y, por supuesto, la escisión entre fe y vida.

La actual crisis vocacional no sólo es fruto de causas culturales y ambientales, no sólo se debe a la baja natalidad o al estilo de vida, también está causada por elementos internos de la Iglesia. El dualismo es el gran riesgo de nuestra forma de ser cristianos en este cambio de época: la vida temporal tiene fines temporales modelados por la cultura dominante, la vida cristiana tiene fines sobrenaturales situados fuera de la realidad y encerrados en los templos y en los días marcados en rojo.

La responsabilidad alcanza, en primer lugar, a los propios jóvenes. El Papa Francisco detecta que las elecciones generosas son frenadas frecuentemente por las dudas y los porqués, la fiebre del consumismo, la obsesión por la diversión y por los propios derechos, la ilusión del amor que se conforma con las emociones. Alcanza también a muchas comunidades cristianas, aquellas a las que les falta un fervor apostólico contagioso, que no inspiran entusiasmo ni atracción. Está demostrado que, donde hay vida, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas, el deseo de consagrarse a Dios y a la evangelización.

El mensaje parece claro: A través de la crisis vocacional que padecemos, el Señor nos llama a la conversión, a la comunión y a un testimonio confesante. Su llamada nos compromete a cultivar la vida como vocación para que surja una cultura vocacional basada en una antropología cristiana que asegure la preeminencia del amor de Dios sobre nuestras propias opciones: “soy amado-llamado, por eso existo”. Nos compromete a cultivar la conciencia de ser Iglesia, asamblea de llamados, y a promover la identidad bautismal y la pertenencia comunitaria. Nos urge también el compromiso de anunciar el evangelio y edificar la Iglesia desde la vocación particular de cada uno.

Y que no falte la oración. Para que surjan y cuajen las vocaciones de especial consagración, hemos de orar al Dueño de la mies. No dudemos de la eficacia de la oración que, además de ofrecer un espacio adecuado para la escucha de la llamada divina, nos llevará a valorarla como se merece.  Agradezcamos al Señor el don del sacerdocio, hecho realidad en Gonzalo quien, configurado con Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor, será cauce de la gracia divina para nuestra Iglesia. Demos gracias a Dios. Amén.

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