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Santos

La celebración de Todos los Santos, unida a la de los Fieles Difuntos, es una de las que más ha entrado en la cultura y en sentir popular de nuestra tierra. Incluso la importación y casi imposición de la secularizada Halloween, con toda la propaganda cultural (y comercial) que la acompaña, no logra borrar de nuestros pueblos la necesidad de reunirnos en los cementerios en torno a aquellos que nos han precedido. Y no lo hacemos en una fiesta de ánimas irredentas y pululantes, sino en el amor y la memoria agradecida que nos une a nuestros seres queridos en el deseo de volvernos a encontrar después de nuestra muerte.

La celebración de estas dos fiestas es el reconocimiento de la unidad de la Iglesia más allá de la muerte: aquellos que aún caminamos en este tiempo histórico, aquellos que participan ya plenamente de la visión de Dios, y los que esperan, mientras van siendo acostumbrados por la luz y el amor de Dios, a este encuentro definitivo. Con la terminología tradicional: Iglesia militante, Iglesia triunfante e Iglesia purgante. En el fondo, una sola Iglesia, en diferentes estados, a la espera de que, tras la muerte, al final de la historia, todos seamos resucitados en la carne y vivamos en ella la vida plena de Dios. Hay un deseo grabado en nuestro corazón: volver a mirar a esos ojos que amamos.

Los santos y los difuntos nos acompañan en este tramo de la vida. No como almas vagabundas que asustan, sino como compañeros de camino. Los primeros nos alientan y acompañan. Sus historias, sus enseñanzas, sus obras, muchas de las cuales aún siguen vivas entre nosotros, son testimonio de la acción de Dios en la historia. Son hombres y mujeres que han vivido enamorados de Jesucristo. No con vidas fáciles, pero sí con vidas plenas de amor. A muchos de ellos los conocemos y tenemos sus imágenes en los altares de nuestras iglesias. Les encomendamos nuestras necesidades, los sentimos a nuestro lado, les agradecemos su enseñanza y compañía. Unos forman parte de una amistad única y personal, debida a algún encuentro o por herencia de nuestros padres y abuelos; otros son patronos de nuestros pueblos y nos unen dándonos protección, unidad y sentido de Pueblo cuando nos reunimos en las celebraciones en torno a ellos; otros se cuidan de algún trabajo o cualidad particular y la dignifican, dándonos un modelo para vivirla, como san Cristóbal para los trabajadores del transporte, san Isidro para los agricultores o santa Águeda para las mujeres.

Pero junto a estos santos conocidos, están también aquellos que el papa Francisco llamó “los santos de la puerta de al lado”. La santidad no es algo individual; Dios ha querido llevarnos a él como Pueblo. El amor de Dios nos entrelaza a través de lazos humanos que nos hacen estar abiertos a la búsqueda del bien. Es la bondad de una madre que atrae a su hijo al bien, un gesto amable en la calle que nos saca de nuestra tristeza o una pequeña heroicidad anónima que nos libra de algún mal. Como dice santa Teresa Benedicta de la Cruz: «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente iluminados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles son las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».

Todos estamos llamados a unirnos a esta corriente de búsqueda del bien. No nos dejemos llevar por el maniqueísmo de dividirnos en buenos y malos. Todos somos capaces de hacer el bien, todos somos capaces también de errar y transitar los caminos del mal. El amor de Dios viene a nosotros en los santos y nos une a los difuntos en un río de comunión que nos arrastra libremente en la búsqueda de una vida plena.

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