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Tristeza

Tristeza. La caída de uno más –no será el último– sepultado bajo la dureza del discurso que profirió contra otros, casi todos lo que no eran ellos, y la probable falta de vigilancia sobre la propia vida, si superamos los discursos ideológicos, nos retan a vivir más despacio y a tomar en serio el examen frecuente.

Tristeza porque el mal, aunque deje en evidencia a tu adversario, nunca es motivo de alegría. Sobre todo, porque causa víctimas con nombre propio y porque desfigura la imagen de aquél que lo comete. 

Buscamos interminables causas. Yo tengo la mía: nos dejamos ganar. Se aceptó reducir la fe a opciones privadas de vida, a la búsqueda de un mero bienestar social reservado para bien-pensantes. Apabullados por un mundo con el que deseamos dialogar mientras nos asfixia, hemos escondido la bondad, la verdad y la belleza de la antropología cristiana y hemos asumido postulados tan ajenos a nuestra doctrina como extraños a la naturaleza humana. Como adolescentes en el patio del colegio, por no quedarnos solos preferimos hacernos pasar por lo que no somos. 

No hay vida cristiana sin lucha personal frente a la propia fragilidad. Mientras algunos condenan sin piedad las caídas de otros sin reparar en las olas que amenazan los castillos de arena desde los que se erigen en jueces universales, los cristianos sabemos (aunque a veces se nos olvide) que a esa batalla no es que sea mejor ir acompañados, sino que es imposible librarla sin la gracia de Dios que recibimos en los sacramentos y sin la mano tendida de quienes tenemos alrededor.

Ojalá cada vez que veamos a alguien caer bajo la propia incoherencia, en vez de lanzar piedras, seamos capaces de parar y retomar la lucha contra el mal: primero el que se ceba con uno mismo para luego, humildemente, poder ayudar a otros. Lo nuestro no es sacar pecho sino tender manos. 

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