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Un año para crecer en paz, fraternidad, amistad y concordia

El día 1 de enero celebramos la Jornada Mundial de la Paz. Este año, con tantos países en guerra, cobra una relevancia especial que pidamos al Señor por la paz en todo el mundo y el entendimiento entre las naciones.

La única vía posible es el diálogo, pero el diálogo requiere su propio método, que es diferente al de las armas. Las armas son más eficaces cuanto más ruido hacen, cuanto más atronadoras y ensordecedoras son, cuanto más destructivas; se rigen por la ley del más fuerte y buscan la confrontación. El diálogo, en cambio, busca el encuentro; requiere silencio para poder escuchar, comprensión, ponerse en el lugar del otro, decir la verdad… El problema es que, a veces, usamos las palabras como dardos, como si fuesen armas que nos lanzamos unos a otros para herirnos y para imponernos sobre los demás. Y eso no es diálogo, sino guerra de palabras, de insultos, de mentiras.

Parece mentira que avancemos tanto en la ciencia, en la tecnología, que podamos curar enfermedades antes mortales, que seamos capaces de viajar por el espacio y conocer cada vez más las leyes de la naturaleza… y luego nos enfrentemos unos a otros como los hombres de neandertal. En el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, el Papa pide que todos los adelantos en internet, en redes y medios digitales, en inteligencia artificial, contribuyan al respeto y al entendimiento entre las personas y los pueblos, y a la resolución de conflictos, de las guerras y de las injusticias.

Hace unos años, en una catequesis (23 de diciembre de 2020), el Papa Francisco contó que había tenido un encuentro con científicos sobre inteligencia artificial, ordenadores, robótica… y sus múltiples aplicaciones. El Papa les preguntó si había algo que los robots no podrían hacer nunca por más que quisieran. Se quedaron todos en silencio pensando y comenzaron a decir cada uno una cosa diferente. Pero al final se pusieron de acuerdo en que las máquinas no podrán nunca sentir ternura. Así es, los sentimientos no crecen con la ciencia y la técnica, tenemos que cultivarlos aparte, por otros caminos. El crecimiento en ternura requiere no sacrificar lo bello por lo útil, ni la verdad por el interés, ni lo bueno por lo cómodo. Eso se aprende en la escuela de la familia, de la amistad, de la colaboración. Si no avanzamos en amor, la técnica y la ciencia pueden servir para multiplicar el odio, para hacernos más daño y causar más destrucción, en lugar de para construir un mundo mejor.

El portal de Belén, la Sagrada Familia, los Reyes Magos… nos ayudan a crecer en ternura, a hablar el lenguaje del amor que nos trae Dios que ha querido venir al mundo como un niño pequeño, débil, indefenso… tierno. “Hoy necesitamos mucho la ternura, tenemos mucha necesidad de caricias humanas”, comenta el Papa, frente al egoísmo y al afán de lucro… “Jesús, en el pesebre, nos muestra el camino de la ternura para estar cerca, para ser humanos”. Desde el principio de su pontificado el Papa Francisco ha acuñado la expresión de “la revolución de la ternura”.

Que la Navidad nos haga crecer en fraternidad, en amistad, en concordia.

¡Feliz Año Nuevo 2024!

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