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Victoria Montaner: «No es que los medios no quieran mirar a los misioneros, sino que tienen miedo de hacerlo mal»

La periodista presenta media temporada de «Misioneros por el Mundo» en TRECE, con reportajes en Togo y El Salvador, en un estreno que coincide con el inicio de la campaña del Domund.

«Misioneros por el Mundo» vuelve a TRECE. La periodista Victoria Montaner presenta media temporada del programa, que TRECE produce junto a Obras Misionales Pontificias, y firma los reportajes grabados en Togo y El Salvador. El primero se rodó en el «hospitalito» donde mataron a monseñor Romero mientras celebraba misa. Montaner, formada en la Universidad CEU San Pablo y en el Máster de Radio de la Fundación COPE, había seguido el programa durante años como espectadora. Ahora habla de cómo se prepara un rodaje, de los testimonios que la «desarmaron» y de por qué los medios generalistas casi nunca miran a los misioneros. El estreno llega justo cuando empieza la campaña del Domund.

–¿Cómo llegaste a «Misioneros por el Mundo»?
–Desde muy joven ya quería dedicarme al cine documental. Encontré en la unión de las carreras de Comunicación Audiovisual y Periodismo el lugar de encuentro para conseguirlo. Siempre me han apasionado los relatos, los viajes, la fotografía… toda esa parte de aventura y de descubrimiento del mundo a través de una cámara. De pequeña, mi padre me enseñó algunos programas de Justine Shapiro, de Lonely Planet, y pensaba: «yo quiero hacer algo así algún día». Incluso, durante mi Erasmus en Londres, me presenté en la sede de Lonely Planet para pedir una oportunidad. No me hicieron ni caso… fue muy gracioso. 

Lo bonito es que, con el tiempo, todo eso se fue uniendo con mi fe. Durante mis estudios, en la Universidad CEU San Pablo, y luego cuando cursaba el Máster de Radio en la Fundación COPE, seguía con mucho interés «Misioneros por el Mundo», que me encantaba. Me parecía que tenía todo lo que me apasionaba: viajes, historias reales, imágenes cuidadas… pero con un fondo que iba mucho más allá de lo que se veía en la pantalla. No se trataba sólo de enseñar lugares lejanos, consistía en contar vidas entregadas y mostrar, literalmente, el Evangelio en acción. Ahí todo hizo «clic».

Por eso, cuando el año pasado me confirmaron que iba a presentar media temporada del programa, que tantas veces había visto y que tanto me gustaba, me costó asimilarlo de la emoción. Ha sido un sueño cumplido y he vivido esta oportunidad como un auténtico regalo de Dios: poder dar voz a sus misioneros, a esas personas que lo dejan todo y que nunca buscan que se hable de ellas porque sólo pretenden hablar de Dios.

–¿Cómo se eligen los destinos y los misioneros de cada temporada? ¿Cómo es un rodaje por dentro?
–El programa nace de la colaboración entre TRECE y Obras Misionales Pontificias (OMP), que hace una labor maravillosa apoyando y cuidando a los misioneros españoles repartidos por todo el mundo. OMP conoce las misiones en profundidad, cuántos misioneros hay en cada lugar y qué proyectos desarrollan, así que es lógico que oriente la elección de los destinos en las reuniones de coordinación que mantenemos.

Normalmente se escogen cuatro países: uno en Asia, otro en América, un tercero en África y un cuarto que se repite en alguno de esos continentes. Pero en la elección influyen muchos factores: las condiciones y la situación del país, las facilidades o dificultades para grabar, el tipo de proyectos que se llevan a cabo. Por tanto, son muchas las circunstancias que se tienen en cuenta.

¿Y un rodaje por dentro? ¡Es muy intenso, y más exigente de lo que parece! Un reportaje es el fruto de la planificación: el «antes» y la preparación son fundamentales. Estudiamos cada lugar, cada proyecto y a cada misionero, y dejamos pensadas las preguntas, los planos y la logística. Pero, una vez allí, lo que más cuenta es la flexibilidad y la disposición, porque hay mil imprevistos que pueden pasar: un camino que no es el que esperabas, un horario que cambia, una persona que no puede atenderte o, al contrario, una puerta que se abre sin que la hayas llamado. Y en eso he tenido muchísima suerte porque en cada viaje he contado con un equipazo: con Cristina y Vero en Togo y con Santi y Jaime en El Salvador. Cuando las jornadas son largas, hace calor, el cansancio aprieta y todo se complica, tener a tu lado un equipo comprometido, que sabe adaptarse, que cuida cada plano y que se emociona con las mismas historias que tú, lo cambia todo.

En muchas ocasiones, lo mejor del reportaje es justamente lo que no estaba previsto. Me acuerdo en Togo, donde un misionero navarro, que llevaba casi sesenta años en el país, de repente se arrancó a cantar una jota de su tierra y se emocionó. No estaba en el guion ni en ninguna escaleta, y fue uno de los momentos más emotivos de todo el viaje: ver a un hombre que lo ha dado todo lejos de casa y que sigue llevando su tierra en el corazón. Si nos hubiéramos ajustado demasiado a lo que teníamos planeado nos habríamos perdido ese momento tan emocionante.

El viaje exige una mezcla curiosa: tienes que ir lo mejor preparada posible y, a la vez, estar dispuesta a que todo cambie en cualquier momento. En el fondo, creo que esa disposición es también una forma de escuchar: dejar espacio para que el misionero y las personas a las que sirve te cuenten su historia a su manera, y no a la que tú tuvieras pensada de antemano.

–¿Qué es lo que más te impacta del ritmo de vida de los misioneros? ¿Hay alguna historia que te siga acompañando después de apagar la cámara?
–Lo que más me impacta de su ritmo de vida es su entrega total, sobre todo la de quienes viven en las condiciones más extremas: en poblados donde no tienen agua, con personas olvidadas de las que ellos son, muchas veces, las únicas visitas que reciben. Personas ciegas, ancianos, enfermos de sida… Los misioneros están ahí, día tras día, dando a conocer el amor de Dios en sitios que pueden parecer olvidados.

Te confieso que acabé llorando en casi todas las entrevistas que hice a los misioneros. Son testimonios que desbordan. Vas con preguntas preparadas, en tu papel de periodista, y en un momento te cuentan algo con tanta sencillez y tanta profundidad a la vez que te desarman y te das cuenta, de golpe, de que en nuestro primer mundo llevamos unas vidas un poco absurdas.

Me conmovió especialmente la forma como miran: sus miradas llenas de ternura. Porque los misioneros ven a Jesús en el prójimo. Sin prisas. Cuando curan a un enfermo, cuando se sientan junto a un anciano que lleva años solo, cuando reparten lo poco que tienen, saben que están tocando a Cristo. Por eso no se agotan ni se desaniman. Para ellos, el que sufre no es «un proyecto» ni «un caso», no es sólo un alumno o un enfermo, es Jesús mismo. Y eso cambia por completo la manera de estar, de escuchar y de servir. Y, como digo, de mirar al otro.

Y más que preguntarme qué historia me acompaña, casi tendría que decirte qué historia no lo hace. Estos dos viajes, Togo y El Salvador, me han revuelto por dentro e interrogado mucho. Me han sacudido por completo; han sido experiencias transformadoras, tanto en lo profesional como en lo personal.

Recuerdo, por ejemplo, a un hombre de unos cincuenta años al que conocimos en Togo. Tenía las piernas paralizadas y, desde que asesinaron a sus padres cuando era joven, se desplazaba arrastrándose por el suelo. Su vida cambió radicalmente cuando conoció a las hermanas combonianas, que le consiguieron una silla adaptada a su discapacidad. Con el tiempo se han convertido en su familia. Ahí lo ves clarísimo: ellas vieron en él a Cristo, y él encontró en ellas «el hogar». 

En El Salvador, un sacerdote nos contó que estaba con una madre cuyo hijo, de 14 años, había sido asesinado por las maras y que, poco después, llegó otra y le dijo que las maras habían reclutado a su hijo y que él había matado a un compañero de clase… que era, precisamente, el hijo de la madre a la que acababa de atender. Dos madres, dos dolores, delante de una misma puerta, y un sacerdote que tuvo que acoger a las dos. Es un hecho desgarrador.

En Togo me impresionaron muchísimo las historias de conversión. Este país es la cuna del vudú, y allí están muy acostumbrados al poder del mal, a la brujería y a los castigos. A que cualquier acto tiene consecuencias negativas. Cuando se les da a conocer a un Dios misericordioso, a un Padre amoroso y se topan con la historia de salvación del Evangelio… descansan, se sienten perdonadas y el sentido de su vida cambia por completo. Se convierten en personas nuevas.

También me ha marcado visitar a familias enteras que vivían hacinadas en una sola habitación, una realidad tan distinta a la nuestra. Hay tantas historias que me llevo conmigo… y creo que esa es la mayor responsabilidad que siento: servir de puente para que lleguen al corazón de los espectadores.

–La temporada arranca en El Salvador, en el «hospitalito» donde asesinaron a monseñor Romero mientras celebraba misa. ¿Qué se siente al grabar en ese lugar? ¿Qué queda hoy de Romero entre la gente?
–Para un católico, estar allí es algo muy significativo. Estamos hablando de uno de los grandes santos de nuestro tiempo, un hombre que sabía que estaba muy cuestionado por una parte del país, por el poder, y que, pese a ello, continuó dando un testimonio diario. Pensar que miró a los ojos de su asesino mientras estaba en el altar celebrando la Eucaristía me conmueve muchísimo. Supuso la entrega de la propia vida mientras celebraba la entrega de la vida de Jesús. 

Y de monseñor queda mucho. Romero asumió el riesgo, el compromiso, sabiendo que podían matarlo, y el «hospitalito» es hoy un lugar de testimonio, de expresión de una fe comprometida y fuerte, de peregrinación espiritual para los salvadoreños, un sitio en el que se ha cimentado la fe de ese pueblo. Tanto su vida como su muerte fueron un testimonio de preocupación por la gente. Supuso la concreción de cómo la Iglesia se preocupa por su pueblo sin hacer cálculos y asume así todos los riesgos.

Es un referente en Centroamérica y su figura se ha extendido a muchas partes del continente, porque es un santo con el que la gente conecta porque compartió sus mismos problemas y vivencias. Por eso, creo que queda mucho más de lo que parece y que la huella de Romero es bien fecunda.

–Muchos de los protagonistas llevan décadas fuera de España, como Rodrigo Cuesta, que lleva medio siglo en Centroamérica. ¿Hay relevo? ¿Os encontráis con misioneros jóvenes o la misión española está envejeciendo?
–La respuesta varía según el sitio en el que he estado, porque hay mucho contraste entre ellos. En África, los misioneros suelen ser más jóvenes, porque es un continente más exigente, en el que hay muchas cosas por hacer, todo es más difícil, las infraestructuras son peores, el idioma predominante es el francés… Ademas, en estos países se están produciendo muchísimas vocaciones internas. Jóvenes que reciben la consagración o la ordenación y que ejercen sus ministerios en sus propias comunidades. Por eso, allí entrevistamos a misioneros de edades y experiencias muy diversas: desde quienes llevaban toda una vida entregada hasta gente joven que estaba empezando el camino.

En El Salvador, en cambio, no encontramos tanta variedad, y ahí sí se notaba más el peso de los misioneros veteranos, que son quienes han sostenido la misión durante décadas.

Cuando les preguntaba a los misioneros por las vocaciones, la respuesta era casi siempre la misma: que el Señor sigue llamando, que Él hace las cosas perfectas y que no hay que perder la esperanza. Y todos, con muchísimo cariño, me decían algo parecido a esto: «Hija, reza por las vocaciones y dile a los jóvenes que sean valientes. Reza, hija».

Eso es lo que hago, cada día, desde que volví del viaje, con más fuerza todavía. Porque creo que el relevo no es sólo cosa de ellos: es cosa de todos. Y si algo he aprendido es que detrás de cada misionero hay alguien que un día dijo «sí» sin saber muy bien adónde le llevaría. Ojalá más jóvenes se atrevan a dar ese paso. Pero también muchas otras personas corrientes que, en sus realidades cotidianas, les apoyan con sus recursos y con sus oraciones.

–El estreno coincide con el arranque de la campaña del Domund. ¿Por qué cree que los medios generalistas casi nunca miran a los misioneros? ¿Qué le diría al espectador que termina el programa con ganas de hacer algo?
–Creo que hay varias razones que lo explican. Una de ellas es que estas historias, en realidad, no «venden». Ellos quieren hablar de éxito y triunfo mundano, instantáneo y emotivo. El triunfo del que se habla en estos programas es lento y callado. Se abordan historias de personas que están en situaciones de mucha dificultad, con vivencias muy duras. En muchas ocasiones, no se produce el «final feliz» tal y como ellos lo esperan, y eso no encaja con las exigencias de la actualidad informativa.

Otra es muy práctica: Es difícil acceder a la realidad de los misioneros, que están en sitios recónditos, muchas veces en situaciones muy complicadas. Contactar o llegar hasta ellos exige tiempo, recursos y una logística que no siempre es sencilla. Pero no se trata sólo de una lejanía física. También lo es existencial. Creen que sus vivencias les quedan muy lejos, que son de otros mundos que no tienen nada que ver con los suyos, cuando en realidad están más cercanos de lo que parece.

Por último, creo que no es que los medios no quieran mirarlos, sino que tienen miedo de hacerlo mal. Les debe imponer respeto no saber tratar bien sus realidades, no conocer del todo los contextos, hacer juicios apresurados o equivocados. Los misioneros no trabajan para simples ONG. Pienso también que, en ocasiones, la dimensión espiritual que sustenta las misiones les puede provocar cierto rechazo. 

Sin embargo, es precisamente ese fundamento el que explica por qué hacen lo que hacen. Sin él, no se entiende por qué alguien deja su país, su familia y su comodidad para vivir cincuenta años en otro continente, dando a conocer a Dios y dejándose la vida en ello. 

–¿Y qué le diría al espectador que termina el programa con ganas de hacer algo?
–¡Que lo haga! Que no lo deje en un «qué bonito» o en un «qué pena» y apague la tele. Los misioneros hicieron justamente eso: dar el paso. Asumieron riesgos, confiaron en Dios y se pusieron en camino sin tenerlo todo claro.

Ellos necesitan nuestras oraciones, y también ayuda económica y todo lo que cada uno pueda ofrecer. La misión requiere acción, cada uno en su medida, desde allí y desde aquí. No todos estamos llamados a irnos a Togo o a El Salvador, pero todos podemos sostener la misión: con la oración, con la colaboración económica, con la difusión de lo que hacen, con el voluntariado… Y la campaña del Domund es una oportunidad preciosa para ponerse en marcha, para iniciar el camino.

Oración y acción, las dos juntas. Así que le diría que no lo deje pasar, porque ese deseo que ha nacido al terminar el programa puede ser también una llamada a ponerse en misión.


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