José María Albalad Aiguabella es director del Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia de la Conferencia Episcopal
«Prisas, ruido, pantallas, compras… Todos queremos encontrar la felicidad en nuestra vida, pero a veces buscamos en el lugar equivocado». Nos lo recuerda la campaña Xtantos del Día de la Iglesia Diocesana, que este año nos formula una sugestiva pregunta: «¿Y si lo que buscas está en tu interior?». Ciertamente, vivimos rodeados de estímulos exteriores, y las dosis de dopamina que recibimos sin descanso a través de los teléfonos móviles no consiguen colmar el anhelo de plenitud que habita en nuestros corazones.
España es el país del mundo con mayor consumo de tranquilizantes, según datos de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. El consumo diario de ansiolíticos ha aumentado diez puntos en la última década y son frecuentes los casos de ansiedad y depresión. Tanto, que la salud mental ha dejado de ser un tema tabú y comienza a cobrar protagonismo en el debate público y en las conversaciones cotidianas.
Más allá de la necesaria respuesta médica y de la reflexión colectiva que exige esta realidad, la Iglesia pone sobre la mesa en este Día de la Iglesia Diocesana un aspecto que, antes o después, resulta inevitable en la vida de cualquier persona: la cuestión del sentido o, como dicen las nuevas generaciones, del propósito, tan presente ya en el ámbito empresarial y en quienes buscan salir de una crisis existencial o de esos sentimientos vitales de vacío que van consumiendo poco a poco el espíritu.
¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué sentido tiene todo esto? La Iglesia nos ofrece un canto a la esperanza con un mensaje que, como muestran los testimonios del Día de la Iglesia Diocesana, puede transformar toda una vida. Cada uno desde su propia vocación, sabiendo que todos hemos sido creados por Dios con una misión y que somos únicos e irrepetibles. Descubrir y responder a esa llamada resulta revolucionario e invita a vivir con autenticidad, compromiso y plenitud.
Esa sana revolución, no exenta de dudas e incertidumbres, la ilustran Pilar, Montse, Litus, Pedro, Diego, Carmen y Alberto en la campaña Xtantos. Ellos respondieron con un «sí» al plan de Dios, abrazando una vida llena de sentido desde sus respectivas vocaciones. Antes, de una u otra forma, experimentaron que lo que da la felicidad a ojos del mundo —un trabajo destacado, dinero, fiestas, una buena posición social, etc.— no acababa de llenarles, como a esos cien exalumnos de la Universidad de Harvard —jóvenes triunfadores en distintos aspectos— que confesaban en una encuesta no ser felices porque su vida carecía de sentido.
Pilar, Montse, Litus… cambiaron de verdad cuando se abrieron a escuchar la voz de Dios y se dejaron guiar por él. De esta forma, lograron lo que el filósofo Alfonso López Quintás define como «una vida bien orientada», dirigida hacia su «verdadero ideal». En este proceso, resulta de especial importancia adquirir consciencia de que hemos sido creados por amor con unos talentos —regalo divino— que estamos llamados a cultivar y poner a disposición de los demás. Este aspecto es trascendente, porque la corresponsabilidad surge de la gratitud: la conciencia de lo mucho recibido y el deseo de compartir con otros parte de esos dones. Es participación en el ser y en la misión de la Iglesia, con un impacto directo en la sociedad: es estilo de vida —testimonio— y es tiempo, cualidades, oración y apoyo económico.
Precisamente, el papa Francisco invitaba a rezar el pasado mes de octubre por un «estilo de vida sinodal, bajo el signo de la corresponsabilidad», en la que se promueva «la participación, la comunión y la misión compartida» entre todo el pueblo de Dios. Como se ha puesto de manifiesto en el Sínodo, «caminar juntos como bautizados, desde la diversidad de carismas, de vocaciones, de ministerios, es importante no solo para nuestras comunidades, sino también para el mundo».
Frente a recetas mágicas y fórmulas prefabricadas por gurús e influencers que venden la felicidad, pero que, a menudo, solo generan más insatisfacción, la Iglesia ofrece la luz de Cristo como fuente para una vida lograda. Los testimonios de Pilar, Montse, Litus, Pedro, Diego, Carmen y Alberto y tantas otras historias anónimas ponen de manifiesto que hay muchas vidas vacías cuando Dios puede llenarlas todas.







