La vuelta ha estado marcada por sentimientos de gratitud y recuerdos de la tragedia. La escuela, que perdió a una estudiante de 11 años y a varios familiares de alumnos, sale adelante con unión, fe y amor, pilares de una identidad diocesana trabajada durante años
Es el primer día de colegio en toda España. La algarabía se eleva como un enjambre compacto, con el gozo de los abrazos, el relato atropellado de las vacaciones y los llantos de los más pequeños. La rutina cumple su promesa y devuelve las caras de los amigos al doblar el Cabo de Hornos del verano. Un pequeño, moreno como el hollín, protesta por el uniforme tras meses de esa libertad tan natural de vivir sin camiseta.
Las emociones, compartidas por los niños y llamadas a dejar huella en cada adulto, son especialmente intensas en el colegio Nuestra Señora del Socorro, de Benetúser. Dentro de poco, se cumplirá un año de la furiosa dana, que arrasó la escuela por completo —la nueva sala de Secretaría está presidida por un cuadro con la leyenda «Hasta aquí llegó el agua» a dos metros de altura— y segó las vidas de una alumna de 11 años y un padre del colegio, además de otros muchos familiares.
Cuesta encontrar a alguien que resista al llanto rememorando aquellos días. «Fue algo muy difícil. Cuando vi cómo estaba el colegio desde mi balcón, no me lo creí. Subí y bajé la persiana 40 veces. Mi hija mayor, que estaba en 1.º de la ESO, no paraba de llorar», explica Laura, una de las madres de Nuestra Señora del Socorro. Mario Márquez, alumno de 1.º de Bachillerato, recuerda que «había llegado a casa un ratito antes; escuché mucho jaleo en la calle y me asomé a la ventana. Vi toda la calle inundándose, la gente sacando coches y gritando. Fue muy caótico, estaba asustado». El por entonces gerente Juan Pla —jubilado a principios de septiembre—, el sacerdote Jesús Cervera y los jefes de estudios de Primaria y Secundaria Laia Primo y Kiko Páez, respectivamente, fueron los primeros en acudir al centro, junto con otros profesores y familias. Pese a la sorpresa por la magnitud de la tragedia, a media mañana ya estaban planificando la reconstrucción.
En la vuelta al cole de Benetúser —con un millar de alumnos—, la alegría y los afectos de todos los años tienen hoy el brillo trascendental de la comunión y la gratitud. En su bienvenida a las familias, Bárbara Torregrosa, directora pedagógica de Infantil y Primaria, remarca el «crecimiento, la ilusión y el trabajo compartido» en este resurgir de las aguas. Sin caer en lo sentimental, pone el foco en la «unión» entre colegio y familias. Podría ser el discurso sobrio y profesional de cada año, pero las palabras tienen esa vibración como de cuerda de guitarra de cuando expresan la verdad.
La propia directora se quiebra al contar su historia: «A nivel personal, perdí mi casa. Lo perdí todo y casi pierdo hasta mi empleo, porque cuando ves el colegio así, completamente destruido…». En Nuestra Señora del Socorro, la riada se llevó seis aulas, el comedor, el gabinete psicopedagógico, la secretaría, la cocina… incluso aparecieron coches dentro de las clases de Infantil. Los patios donde Bárbara recibe a los niños quedaron arrasados y los muros que delimitaban el perímetro colapsaron. En las instalaciones deportivas que escuchan de fondo, se improvisó un campamento para el Ejército. «Aparte del nivel del agua, lo importante fue la fuerza. Más que una inundación, aquello era una gran ola», explica un padre.
«Yo vivo en Valencia y cuando vi la magnitud de la dana, lo primero que hice fue intentar llegar hasta Benetúser», cuenta Amparo Sánchez, directora de las etapas de Secundaria y Bachillerato. «Costaba muchísimo, pero estabas pensando en los alumnos, en las familias y en los compañeros que vivían ahí y estaban pasando algo terrible», prosigue. «Cuando conseguimos llegar al colegio, fue devastador, algo muy triste. Pero después dijimos: “Venga, esto hay que levantarlo. Pongámonos manos a la obra, vamos a recibir cuanto antes a los niños”. Queríamos dar una respuesta, acogerlos y que tuvieran un lugar para pensar: “Estoy en el cole y estoy bien, puedo estar tranquilo. Ha pasado una cosa muy grave, pero vamos a arreglar todo lo que se puede arreglar”. Lamentamos profundamente las pérdidas humanas en torno a la comunidad educativa del colegio, acompañamos, queremos y acogemos a las familias, pero había que dar una respuesta a todos los niños, porque así, además, liberábamos un poco a los adultos para que pudieran gestionar sus propias pérdidas. ¿Y qué hicimos? Organizarnos, movernos, seguir adelante», concluye. «Se trataba de dar a los niños una rutina, un lugar donde ellos, durante un espacio de tiempo, dejaran de ser conscientes y de estar sumidos en esa realidad tan caótica que tuvimos que soportar bastantes meses», añade María José Rodríguez, actual gerente del colegio.
La respuesta no se hizo esperar: se movilizó todo el pueblo y el colegio se llenó de voluntarios. «La implicación del profesorado fue total», asegura José Vicente Martínez, profesor de Educación Física. «Muchos compañeros, a pesar de tener sus propias casas destrozadas, acudían al colegio desde las seis o siete de la mañana en bicicleta, pues no se podía circular en coche, y se quedaban todo el día limpiando barro», recuerda. Para Amparo no fue una sorpresa, porque «los profesores formamos una familia, somos comunidad, nos apoyamos unos a otros, tenemos sesiones de convivencia entre nosotros…». «En nuestra profesión, es fundamental sentirnos parte de algo más grande, y ese algo aquí es una familia», retoma José Vicente. Este sentido de pertenencia se extiende del claustro a las familias, que, según Sánchez, «valoran nuestro ideario católico, nuestra visión de la vida y nuestros valores, esa riqueza extra para sus hijos».
Los alumnos, como no podía ser de otra forma, también colaboraron en este renacimiento, ayudando a limpiar, arreglar y organizar. «En Secundaria, los mayores ayudaban a los pequeños, y todos se sentían partícipes de la reconstrucción», recuerdan los tutores.
Menos de un mes después, Nuestra Señora del Socorro era el primer colegio en retomar la actividad de todo Benetúser, gracias a la ayuda de los benefactores y al trabajo desinteresado de gerencia, profesores, alumnos, familias, vecinos y la propia Iglesia. «Para mí, lo hicieron súper rápido, fue asombroso, impresionante todo», comenta Laura. «Hubo mucha confianza por parte de las familias», reconoce María José, para quien «es muy reconfortante saber que cada uno se ha volcado como ha podido y con lo que ha podido. Y esa es una parte positiva que sacamos de esta situación tan compleja que nos tocó vivir», agrega.
«Hasta el propio ayuntamiento nos pedía que les mandáramos voluntarios», revela don Jesús, el párroco. «Había colegios sin limpiar y nos pidieron gente. Ese fin de semana les mandamos más de veinte voluntarios, que venían de la Universidad Católica y del movimiento Regnum Christi». Incluso, Nuestra Señora del Socorro acogió a niños de otros centros que permanecían cerrados y a familiares de alumnos, «porque había abuelas que tenían a los cinco nietos en su casa, y a todos los traían aquí».
Una de las claves de esta comunión es la identidad diocesana del colegio: «Aquí, tratamos de manera individual a cada alumno, teniendo muy presente toda la parte evangelizadora», detalla la directora de Infantil y Primaria. En palabras de su homóloga de Secundaria y Bachillerato, «nosotros siempre contemplamos la competencia espiritual, que es el aprender a ser más allá del aprender a aprender». Como reconocen Laura, Bárbara y José Luis, «el colegio ya estaba muy unido desde antes de la dana», lo cual fue clave en la respuesta a la tragedia. «Era todo como en una familia, desde lo global hasta el cole, la Iglesia, los voluntarios… Todo», sentencia Laura.
Pese a las urgencias materiales, en el abrazo de la comunidad nunca se perdió la perspectiva de que lo primero y principal era el cuidado humano. Ante las trágicas muertes que golpearon al centro, el equipo de Orientación actuó con rapidez, contactando a las familias y visitando sus casas. En las aulas, se impulsaron dinámicas y actividades para que los niños pudieran expresar sus sentimientos, activando el apoyo de una psicóloga y voluntarios del Centro Diocesano de Escucha —dependiente de la Universidad Católica de Valencia y de los Camilos de Madrid—, que intervinieron con los alumnos de las clases más afectadas. Don Jesús, desde su lugar, se mantenía cercano y accesible, «muy implicado», y se abrió un centro de escucha para profesores y familias.
Como resultado, los alumnos encontraron al volver al centro un espacio de normalidad pero también de apoyo, un refugio no solo físico, también emocional. «Los primeros días, obviamente no empezamos: “Venga, vamos a dar clase”. La idea era que ellos pudieran expresarse», revela Amparo. Cayetana y Mario, alumnos que, por entonces, finalizaban la Secundaria, recuerdan que se hicieron «corros en clase y ahí hablábamos, empezamos a contar la experiencia de cada uno, cómo lo habíamos vivido, qué nos había pasado, lo que habíamos perdido…». Los estudiantes también destacan el apoyo espiritual del sacerdote, siempre «disponible para hablar y dar ese apoyo».
—¿Se hace más difícil su papel ante catástrofes así?
—Alguno ha preguntado dónde estaba Dios, otros han preguntado el porqué… Pero sin rebeldías ni rechazos. Alguien dijo también que Dios se había ahogado con nosotros —afirma don Jesús.
Aunque en el momento de la tragedia, la prioridad era —en palabras de María José— el «modo supervivencia y emergencia», sin tiempo para honduras mayores, la gerente intuye que durante este curso, con la normalidad ya asentada, brotarán más preguntas, dudas y reflexiones sobre lo vivido.
Don Jesús, asimismo, destacó por su participación activa en las tareas de ayuda en el colegio y en la parroquia, donde se recogían colchones nuevos, mantas y ropa. Desde un colegio no afectado se cocinaba y ofrecía comida caliente, que los voluntarios del centro y la parroquia llevaban a las casas. «La capilla era uno de los pocos lugares del pueblo donde había luz, gracias a un concentrador de baterías que teníamos y que sirvió para que la gente cargara sus móviles y pudiera llamar a sus familias. Yo, cada vez que alguien entraba a preguntar si podía usarlo, le decía: “Sí, pero acuérdate que aquí está el Señor y reza algo”. Un día entró un chico, era musulmán pero yo no lo sabía, y le dije que podía cargar la batería, pero que tendría que rezar un padrenuestro. Me confesó que era musulmán y yo le dije que, entonces, como ya había anochecido, debía realizar el Maghrib —oración correspondiente a esa hora—. Estuvo orando, cargó su teléfono y luego vino los cuatro días siguientes a limpiar el templo».
De manera silenciosa y discreta, la labor de los colegios diocesanos —más de 300 repartidos por todo el país— se ha convertido en una parte fundamental de la educación en España. Una realidad que, además, es creciente, puesto que las diócesis están asumiendo directamente la gestión de muchos de los centros de los que las congregaciones religiosas ya no pueden hacerse cargo. Su labor es una pata fundamental de la misión de la Iglesia, junto con los colegios de religiosos o de iniciativa laical surgidos en los últimos años.
Los centros diocesanos tienen ciertas peculiaridades, como explican Amparo y Bárbara, una naturaleza propia que demanda colaboración estrecha entre colegios, además de la pertenencia a otras plataformas educativas más grandes. «Tenemos un Plan de Acción Tutorial más allá de los contenidos, que recoge cada semana todo lo que trabajamos en relación con lo que nos mandan desde la Fundación Colegios Diocesanos. Tenemos, por ejemplo, un proyecto que se llama Virtudes, otro de Emociones y uno propio de Mediación. Digamos que lo que hace un poco la diferencia es esa parte de tratar y formar a la persona no solamente en cuanto a saberes, sino en lo trascendente», explican. En este sentido, el intercambio de proyectos con la red de colegios diocesanos es bidireccional: se acogen las propuestas que llegan de arriba y se elevan las experiencias que han cosechado buenos resultados.
La mayoría de los centros educativos diocesanos que funcionan actualmente surgieron en lugares donde las parroquias asumieron la tarea de educar a los más necesitados, en ausencia de otras posibilidades. «El carisma de los colegios diocesanos es universal, de abrirnos al mundo entero», asevera don Jesús. «Esto se traduce en que en nuestros centros acogemos alumnos de diferentes creencias, incluyendo evangélicos y musulmanes, manteniendo una mentalidad bastante… católica, con una actitud de apertura y diálogo», añade. En Nuestra Señora del Socorro se ofrecen los sacramentos de la Confirmación y la Primera Comunión —con una alta participación—, y no son raros los casos de adultos que se acercan a la fe en momentos de intensidad vital, experimentando lo que el sacerdote define como «la atracción de Jesús». La pastoral del colegio es transversal a todas las asignaturas y cursos y, aunque está en manos de laicos, el sacerdote está en continuo contacto con la dirección y es un punto de referencia para todos.
Con el paso del tiempo, la identidad tan particular de este tipo de escuela se ha ido diluyendo en la mayoría de los centros. Por ello, hace cinco años, la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura vio necesario «recuperar el espíritu fundacional católico —explica Juan Luis Cerdá, delegado diocesano de Ibiza—. Su presidente, monseñor Carrasco Rouco, lo asumió como un reto y puso en marcha una red de colegios diocesanos».
Lo primero que hicieron desde la Comisión, cuyo secretariado dirige Antonio Roura, fue contactar con los titulares de algunos centros diocesanos más grandes o con mayor relación con el obispado, para más tarde poder llegar a todos. Así surgieron unos encuentros que se celebran bianualmente: uno de tres días en el mes de noviembre y otro de un solo día en mayo en Madrid, en los que participan una media de 80 personas de centros y fundaciones de toda España.
En la Comunidad Valenciana, por ejemplo, los equipos directivos de los casi 70 colegios diocesanos mantienen reuniones todos los meses, en las que siempre destaca un punto en el orden del día: «Buenas prácticas». «Aquí es donde compartimos lo que hacemos para que otros puedan adoptarlo», afirma Bárbara. Como el proyecto de Mediación de Nuestra Señora del Socorro, implementado desde los cursos inciales hasta Bachillerato. «Pertenecer a un grupo tan grande te permite compartir experiencias, resolver problemas del día a día y tener el apoyo de otros colegios diocesanos, lo que nos permite trabajar con más tranquilidad y seguridad», señala Amparo.
En el encuentro nacional celebrado en Palma de Mallorca en 2024, se crearon tres grupos de trabajo que se están encargando de elaborar una serie de documentos marco en los ámbitos de gestión, pedagógico e identitario.
Se trabaja sobre aspectos como la evangelización de alumnos y familias o el cuidado pastoral del profesorado. Concretamente, en Nuestra Señora del Socorro se busca un profesional «muy alineado» con la misión del colegio, que quiera «educar y, más allá, enseñar los valores» que recibió. José Vicente Martínez reconoce que, en el claustro de Benetúser, «todos vamos a una», subrayando el «acompañamiento» y la «proximidad con el alumnado». Al igual que otros colegios diocesanos, cimentados en la visión cristiana del ser humano, este centro se yergue como un espacio «donde se aprende a integrar la fe con la cultura y la vida cotidiana».
Toledo, próximo encuentro
El próximo encuentro organizado por la CEE se celebrará en Toledo en noviembre. Jesús Torres Molina, de esta diócesis, adelanta a ECCLESIA que serán tres días de trabajo por grupos, con un coloquio con monseñor Carrasco y la visita a dos centros diocesanos —uno de Educación Especial en Talavera de la Reina, y otro, en Toledo, que tiene un proyecto iconográfico innovador de utilización de los espacios comunes para transmitir saberes de historia, geografía, etc. desde una perspectiva católica—.
Será el octavo encuentro en cinco años. Un camino corto, pero que sin duda ha dado ya muchos frutos; el primero de los ellos, como señala Juan Luis Cerdá, el de «conocernos y encontrarnos», tomando conciencia de una misión compartida.
Estos lazos creados, a día de hoy, van mucho más allá de los dos encuentros bianuales. Desde Toledo, por ejemplo, han trabado una relación muy intensa con los centros de Córdoba, puesto que las fundaciones que gestionan los colegios de ambas diócesis son muy parecidas. De esta relación han surgido visitas entre ellos, como las de Miguel Ángel Coello, quien gestiona la fundación más grande de España, la ya mencionada de Valencia, a Málaga y Ávila. Cuando explotó la dana, su teléfono empezó a sonar con llamadas desde fundaciones y colegios de todo el país para ofrecer una ayuda concreta. Varios centros de Zaragoza, Canarias, Ávila, Granada, etc. se han hermanado con los de la zona cero de la tragedia.
En el Socorro de Benetúser se recibieron multitud de tarjetas de solidaridad, amistad y vídeos de colegios, como los colegios San José y las Esclavas de María de Valencia, de Bilbao, Valladolid y otros muchos lugares.
Según relata el propio Miguel Ángel, esto ha sido gracias al trabajo en red, porque «conocerte te hace más sensible a la realidad, y se han producido hermanamientos desde el nivel cole a cole hasta colaboraciones más oficiales a nivel institucional».
Para Amparo, «el hecho de pertenecer a un grupo tan grande te permite compartir experiencias y vivencias, resolver problemas que surjan del día a día, conflictos, temas con familias, etc. Cuentas con el apoyo de Colegios Diocesanos porque, al ser tantos, sabes que aquello que te preocupa a alguien ya le ha pasado, y que seguramente te van a dar un buen consejo para resolverlo».
Con el embate de la dana, la Fundación creó un grupo de whatsApp con los centros más afectados y una hoja de cálculo para coordinar las donaciones de material. La solidaridad trascendió las fronteras diocesanas: «Muchos colegios de toda España —también no diocesanos— nos han hecho donativos, han mandado regalos para los niños… Muchísimas cosas», explican las directoras. Llegaron mochilas con material escolar, juguetes, libros, dispositivos electrónicos, y partidas económicas de todas partes de España, también del extranjero. Incluso, desde San Juan Bautista, el párroco José Limorti invitó y financió la iniciativa «Un día sin barro», en la que tres autobuses llenos de alumnos viajaron hasta Beneixama con todos los gastos pagados, en lo que supuso un día de convivencia y respiro, con comida y un regalo para cada uno antes del regreso.
María José concluye que «la reconstrucción —con Juan Pla— no fue solo para recuperar lo perdido, sino para mejorar». «Todo lo que se nos ha roto lo hemos hecho mejor para que los niños y sus familias estén mejor», añade. Los patios, antes destrozados, se han reconstruido con césped de caucho; las aulas de Infantil ahora cuentan con baños dentro, una mejora significativa para el bienestar de los pequeños. El contrapunto se encuentra lejos de miradas curiosas, en los despachos de Dirección, donde no hay mesas tan nuevas como en el resto de salas: «Yo no quiero un escritorio nuevo, quiero el que me donaron en lo peor de la dana, cuando no teníamos nada, y lo voy a conservar, valorándolo cada día», revelan.
A dos calles del colegio, en el escaparate de una óptica cerrada, todavía luce un «¡GRACIAS!» escrito con fango seco.








