Los relatos evangélicos de la pasión nos proporcionan, a la par que la descripción de los hechos, un amplio abanico y un retrato de las diversas actitudes humanas. De la traición a la indiferencia, del miedo a la hostilidad, todo juega su papel, en este relato, y nada está de más. La liturgia nos propone escuchar cada año un relato diferente de la pasión de Cristo, y así el Domingo de Ramos, verdadera lleva a la semana clave del año litúrgico, escuchamos alternativamente los relatos de san Mateo, san Lucas y san Marcos, y el Viernes Santo escuchamos siempre el relato, particularmente profundo, que hace san Juan. Cada uno de ellos con su particularidad y con sus acentos y matices, y todos ellos complementarios para hacernos llegar no ya el relato de lo que por entonces tuvo lugar en Jerusalén, sino de cómo interpretar aquellos hechos con los ojos de la fe, por parte de quienes experimentaron el contacto con Cristo resucitado.
La pasión según san Mateo y su sentido más profundo, fue maravillosamente captado por Johann Sebastian Bach en uno de sus oratorios más famosos. El compositor entendió muy bien que en aquellos hechos hubo quien tomó parte activa, quien fue capaz de vencer el miedo y de acercarse a Jesús, quien fue espectador pasivo y quien se alejó para tomar distancia. Todo ello actitudes muy humanas, que nos acompañan y se repiten en cada momento de nuestra historia personal y colectiva.
«Lavarse las manos» se ha convertido en una expresión de uso habitual, aunque seguramente muchos hoy no sean conocedores de su origen: una frase hecha que indica cuando queremos desentendernos de un problema, habitualmente ajeno, y también cuando nos sentimos incómodos con una situación y creemos que nos conviene distanciarnos antes no toma; un mal que creemos que no nos corresponde recibir. Pilato intentó no involucrarse en ese proceso en el que no acababa de ver la culpabilidad del supuesto criminal; sabía que le habían entregado por envidia, y al ver que no sacaría nada positivo, y que más bien estaba a punto de empezar un alboroto, se lavó las manos con agua ante la gente y trató de desentenderse de la sangre inocente de aquel hombre. Era una inocencia en la que él creía, pero que no fue capaz de defender a pesar de tener los medios para ello. Una sangre que pronto se derramaría ampliamente en nuestro bien. Cristo aceptó voluntariamente su pasión por asumir el sufrimiento humano. Detrás de su sufrimiento está el sufrimiento del mundo, de un mundo por el que Jesús dio su vida. Nos podemos involucrar, alejarnos o desentendernos. El Señor nos invita a no lavarnos las manos ante el sufrimiento del mundo, que es el suyo, porque todos, de una u otra forma, somos responsables.
«No os conmueve
el dolor de su alma
y la vista de tal tormento?
Ay, tiene un corazón
que como la columna del martirio
y aún más duro debe ser.
¡Apiadeos, detenos!»
(Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach.)







