Queridos hermanos:
Muchos motivos para compartir se acumulan al principio del curso pastoral para caminar juntos y ponernos en sintonía con toda la Iglesia: la catequesis, la vuelta a los colegios, la recolección de la aceituna, la Jornada del turismo, el próximo sínodo, el tiempo de la creación… Entre todos ellos, no quisiera que nos pasasen desapercibidas dos fechas que coinciden esta semana: la CIX Jornada del migrante y del refugiado y la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, patrona de la pastoral penitenciaria.
No son cuestiones aisladas entre ellas. Basta fijarse en los datos de nuestro país para darnos cuenta de su interrelación: los extranjeros suponen un 12,9 % de la población española total; en cambio, entre la población reclusa, son el 30%, y en algunos territorios incluso el 50%. Con las frías estadísticas, un migrante tiene más del doble de probabilidades de acabar preso. Estas cifras revelan una diferencia de oportunidades, una injustica de fondo.
En el camino de la vida, todos conocemos a personas que se van quedando en la cuneta, que no consiguen salir adelante o que están en situaciones de riesgo. Y no depende solo de que unos sean mejores y otros peores, sino que realmente hay quien lo tiene más difícil. Si nosotros estuviéramos en sus circunstancias y tuviéramos sus dificultades, quizás no lo haríamos mejor. Vivimos en un mundo que señala, que vive de estereotipos por el origen, el sexo, la religión, la ideología, la trayectoria vital… que muchas veces condena antes de que uno cometa un delito. Y todo esto genera barreras, prejuicios, división, rechazo, prevención, que dificulta la acogida y la comunión. Algunas personas viven en los márgenes de la sociedad, como si tuvieran una enfermedad contagiosa.
Jesús cuando predica el evangelio no solo nos habla de Dios como Padre nuestro, también nos habla del prójimo y nos enseña a llamarlo hermano. Y así como no se puede amar a Dios al que no vemos sin amar al prójimo al que vemos, así tampoco se puede amar al prójimo en abstracto, al que vive en otro país, lejos de nosotros, donde no nos importuna. El amor al prójimo se practica con aquel que vemos cada día en nuestras calles, sobre todo con el que necesita nuestra ayuda, se practica en la hospitalidad con el que viene fuera, en la misericordia con el que se yerra.
En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel, peregrino y nómada por el desierto, aprendió que a veces recibiendo al forastero algunos hospedaron a ángeles sin saberlo. En el Nuevo Testamento, Jesús nos ha dado la certeza de que cada vez que socorremos al necesitado y al pequeño, cada vez que acogemos al migrante o visitamos al encarcelado, es al mismo Cristo a quien se lo hacemos.
No vienen a robarnos lo nuestro, vienen a buscar lo que es suyo, la justa oportunidad de dignificar su vida, de vivir en libertad. A veces, aunque lo queramos evitar, funcionamos con la convicción interior de que el hombre es un lobo para el hombre. Y solo este recelo interior nos convierte a nosotros en lobos porque nos hace ver a los demás como contrincantes y adversarios. Los “corderos” son las personas débiles y vulnerables, los que están en riesgo de ser víctimas. Y nosotros, aunque pretendamos inocentemente defendernos, nos podemos volver sus verdugos. Nuestra indiferencia los deja solos, a la intemperie, excluidos, para que otros –¡no nosotros!–, se aprovechen de ellos, los exploten, los utilicen… Los “corderos” no solo son víctimas; son también inocentes. Y los inocentes reclamarán siempre justicia. Jesús se identificó con el cordero inocente llevado al matadero, y nos invitó a seguirle como como ovejas en medio de lobos.
El próximo domingo día 24, celebraremos la eucaristía en el centro penitenciario de Cáceres y en Coria tendremos el encuentro de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz con motivo de la CIX Jornada Mundial del migrante y del refugiado que terminará con la misa en la Catedral.
Con mi bendición,








