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«Compartir es nuestra mayor riqueza»

Este domingo 9 de febrero, la Iglesia celebra el lanzamiento de la Campaña contra el Hambre en el Mundo de Manos Unidas. El Papa Francisco, en este año jubilar de la Encarnación, ha puesto el foco en el hambre en el mundo. La lucha contra el hambre y sus causas es un gran signo de esperanza.

Con una expresión muy franciscana, el Papa dice que la esperanza se genera poniendo paz donde hay guerra, vida donde reina la cultura de la muerte, amor donde hay odio, libertad donde hay esclavitud y opresión, cuidado donde hay enfermedad y fragilidad, acogida donde hay rechazo, compañía donde hay soledad, reparación donde hay víctimas… Y concluye la lista de motivos para la esperanza diciendo: “Pienso de modo particular en aquellos que carecen de agua y de alimento. El hambre es un flagelo escandaloso en el cuerpo de nuestra humanidad y nos invita a todos a sentir remordimiento de conciencia. Renuevo el llamamiento a fin de que «con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares, constituyamos un Fondo mundial, para acabar de una vez con el hambre y para el desarrollo de los países más pobres, de tal modo que sus habitantes no acudan a soluciones violentas o engañosas ni necesiten abandonar sus países para buscar una vida más digna» (Spes non confundit, n. 16). Este llamamiento no va dirigido solo a los estados y a las naciones más ricas, sino a todos nosotros: “Esforcémonos –dice el Papa– por remediar las causas que originan las injusticias, cancelemos las deudas injustas e insolutas y saciemos a los hambrientos”.

Estas palabras del Papa ponen en el candelero a Manos Unidas, que este año pasado ha celebrado su 65 aniversario, desde que unas mujeres intrépidas creyeron posible acabar con el hambre en el mundo entero y erradicar las causas estructurales que la producen. En 1959 fue la primera Campaña contra el Hambre de pan, de Dios y de cultura. Con motivo de esta efeméride, el Papa Francisco recibió a una delegación de Manos Unidas destacando “la sensibilidad y fortaleza del genio femenino” de aquellas pioneras por las que se dieron cuenta de que era imposible creer en Dios Padre y Creador de verdad sin reconocernos como hermanos y preocuparnos los unos por los otros.

En estos últimos 66 años, la riqueza mundial ha crecido exponencialmente, pero sólo ha beneficiado a una mínima parte de la población mundial. La prosperidad y la opulencia de algunos contrasta con la pobreza y la necesidad de muchos. Cada año se da alguna cifra significativa para hacernos ver gráficamente la inequidad reinante en el mundo. Este año Manos Unidas pone de relieve que las 26 personas más ricas del mundo poseen tanta riqueza como la mitad de la población mundial. Algo no funciona en el sistema actual. Quizás nosotros no seamos de esas 26 personas, pero sí que nos tendría que remorder la conciencia porque, con lo que a nosotros nos sobra, podemos acabar con el hambre en el mundo.

El lema de este año «Compartir es nuestra mayor riqueza» nos invita a cambiar el chip, a modificar nuestra idea de riqueza: tiene más valor lo que compartimos que lo que atesoramos; lo que invertimos que lo que acaparamos. No es fácil liberarnos de la tiranía del dinero. El Papa Francisco está impulsando una nueva forma de organizar la casa común con un sistema económico que se mide por los últimos, no por los primeros, por la riqueza que se reparte y no solo por la que se genera. Una economía que pone a los pobres en el centro, solidaria, con alma, fraterna, guiada por esa justicia, en la que no prevalezcan formas de egoísmo e intereses, que asegure que las personas vivan dignamente y que evite desigualdades escandalosas.

A lo largo de esta semana se han celebrado diversos actos solidarios y de concienciación, como la presentación en rueda de prensa o el día del ayuno voluntario. Y este domingo día 9, recogeremos la colecta en todas las parroquias.  Es verdad que para acabar con el hambre en el mundo y con sus causas estructurales no bastan colectas y campañas solidarias, pero también es verdad que lo que hacemos es sumarnos a un proyecto común en el que cada uno comparte lo suyo, aunque sea poco y entre todos podemos mucho. El Señor multiplica lo poco que ponemos en común.

Agradezco de corazón a la presidenta, Dª Carmen Muro, y a los miembros de Manos Unidas en nuestra diócesis su magnífica labor de difusión y sensibilización, así como su generoso compromiso personal para contribuir a la promoción y al progreso de los países empobrecidos del Sur Global. Os invito a colaborar con los proyectos de Manos Unidas y también a quienes lo deseen a ser voluntarios de Manos Unidas. Y, por supuesto, animo a los cristianos, y también a los no cristianos, a no quedar indiferente ante, como son la pobreza, la falta de trabajo, de tierra y de techo, el vacío de derechos civiles, sociales y laborales, las guerras y los conflictos. Son muchas las iniciativas que estos días se organizan para hacernos solidarios en la lucha contra el hambre.  No podemos quedarnos al margen.

Con mi bendición

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