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«Quien quiera ser más importante debe ser su servidor (Mc 10, 43)»

Cristo no vino a ser servido sino a servir. Nos lo dice Él mismo en el Evangelio (cf. Mc 10,45). Jesús nos llama al servicio, y uno de los primeros servicios es la evangelización. Hacer llegar la buena nueva por todas partes debe ser siempre la prioridad de la Iglesia. La evangelización no siempre es fácil: puede ser un primer anuncio en muchos sitios, y deberá ser cada vez más, en otros muchos lugares, un segundo anuncio. Hablamos de una evangelización dirigida a quienes no conocen a Cristo y, también, a aquellos que lo han olvidado o incluso lo han arrinconado de sus vidas. Para nosotros, creyentes, la prioridad debe ser siempre hacer llegar el Evangelio, proclamar la Palabra de Dios, insistiendo cuando sea oportuno y cuando no lo sea, retomando, interpelando, exhortando, como aquél que tiene mucha paciencia y sabe enseñar, cómo escribía el apóstol san Pablo en Timoteo (cf. 2Tm 4,2).

Ser suelo de misión ha dejado de ser un hecho exclusivo de determinadas zonas geográficas. Durante décadas podían unirse el concepto de religiosidad y el de desarrollo. La fe va mucho más allá de una determinada situación social, económica o histórica. La fe se expresa fundamentalmente como un don para los demás, un don que nos hace solidarios, capaces de amar, venciendo las limitaciones que nos empujan a la soledad, que siempre entristece. Conocer a Dios es un proceso que se lleva a cabo a través de la fe. No es sólo un proceso intelectual. Es un proyecto vital. Es el conocimiento de Dios, que es amor, gracias a su mismo amor, un amor que nos abre los ojos y nos permite conocer toda la realidad, más allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo que desorientan las conciencias, en palabras de Benedicto XVI. El conocimiento de Dios es siempre experiencia de fe, una experiencia que implica también emprender un camino intelectual y moral, movidos siempre por la fuerza del Espíritu, que nos impele a superar nuestros limitados horizontes y nos mueve a abrir a los verdaderos valores de la existencia humana como obra de Dios.

Evangelizar es transmitir una experiencia vital, integral, que abarca toda la dimensión humana y la acerca así a la divina. No podemos resignarnos a perder la fe o que otros la pierdan. Nunca podemos dejar de evangelizar. Debemos luchar día tras día para que el Evangelio llegue allí donde todavía no está presente o donde ya ha sido olvidado. En palabras del papa Francisco, necesitamos «un compromiso concreto desde la fe para la construcción de una sociedad nueva, vivir en medio del mundo y de la sociedad para evangelizar sus diversas instancias, para hacer crecer la paz, la convivencia, la justicia, los derechos humanos, la misericordia y así extender el Reino de Dios en el mundo» ( Christus vivit , 168). Un compromiso, en definitiva, por evangelizar.

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