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Santos que siembran esperanza en el mundo

Queridos hermanos:

Comenzamos noviembre con dos celebraciones destacadas: Todos los Santos, el día 1; y los fieles difuntos, el día 2. Y luego tendremos todo un mes para rezar por nuestros familiares y seres queridos que ya han pasado al Padre.

A principios de otoño, mientras a nuestro alrededor la naturaleza entera completa su ciclo vital, perece y renace de nuevo, el mes de noviembre nos recuerda que también nuestra vida es pasajera y caduca. La misma ley que vemos en la naturaleza, la experimentamos en nuestro cuerpo: morir para resucitar, perder para ganar, perdonar para convertirnos, y transformarnos en una criatura nueva.

En la tierra estamos en tránsito, somos peregrinos, no tenemos habitación permanente, caminamos con esperanza hasta que lleguemos al cielo, nuestra patria definitiva, santos entre los santos del cielo. La llamada a la santidad no es para unos pocos privilegiados. Todos podemos. De hecho, es nuestra vocación y nuestra meta, porque fuimos creados por Dios para ser santos e inmaculados ante Él por el amor. «Deja que la gracia de tu bautismo fructifique en un camino de santidad» (Gaudete et exultate, 15), nos decía el papa Francisco

Deberíamos cambiar de mirada para vernos a nosotros y a nuestros prójimos de otra manera: no por lo que somos ahora, sino por lo que podemos llegar a ser. Como Jesús miró fijamente al publicano Mateo en el banco de los impuestos y descubrió en él al apóstol que había de ser; en el joven rico descubrió unas posibilidades impresionantes; y, en Zaqueo, vio a una persona generosa sin media. También entre nosotros caminan futuros «santos» y no sabemos verlo. Quizás nunca aparecerán en el calendario, pero sus nombres quedarán escritos en el libro de la vida. Abramos los ojos para ver lo bueno de los demás, y no solo las pajas.

El número de santos no se limita a aquellos a quienes la Iglesia venera públicamente. También incluye a muchos hombres y mujeres que en sus vidas buscan sinceramente a Dios y aman a los demás sin esperar nada a cambio, siguiendo las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Estamos rodeados de personas buenas, cerca de nosotros, que tratan de vivir de acuerdo con el estilo de vida de Jesús, que interpelan nuestra vida y nos ayudan en el camino de la vida infundiéndonos esperanza. Con muchos de ellos quizás estamos compartiendo una parte del camino y nos pasan desapercibidos.  Es lo que Francisco llama «la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (GE, 7).

En nuestro corazón tenemos a muchas personas queridas, desconocidas para el mundo, que han dejado huella en nuestros corazones. Son santos no canonizados, que han marcado un camino, no de éxito, sino de honradez, de bondad… el camino de la salvación.

San Pablo llamó a los primeros cristianos santos (tanto a los vivos como a los difuntos), es decir, personas que han experimentado la misericordia de Dios y la practican en su vida cotidiana. Dios nos ha hecho a todos capaces de amar sin medida, de dar sin condiciones, de ser felices incluso en medio de las pruebas de la vida, de tener esperanza contra toda esperanza, de perdonar sin límites… La santidad cristiana es perfección del amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

Los santos siembran esperanza en el mundo, van delante abriendo camino, dejando la senda que lleva al cielo más transitable. Hay personas que son famosas y conocidas por mucha gente por sus cualidades, por sus éxitos, por su dinero. Pero tras unos años en el candelero pasan y no dejan huella, no hacen camino

El amor que es más fuerte que la muerte nos permite rezar por nuestros difuntos, padres, familiares, amigos, miembros de la comunidad, no solo con lágrimas, sino con la esperanza de volver a encontrarnos con ellos.

Con mi bendición,

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